29 dic. 2006

Si a tus ojos diezmados por la incertidumbre
pudiera yo ofrecer algo más perfecto, algo así
como un recodo caliente o minutos de luz precisa,
incluso el sosiego sucesivo de los mares sin luna.

Oh, si acaso supiera yo el amor devolverte,
el amor y el aspa viviente del molino encontrado,
la fuerza imprescindible de tu propio recuerdo,
devolverte a ti, su dueño, padre mío que amaste
el canto implacable de tu hermosa contienda.
Oh, si yo supiera, si hubiera sabido entenderte.
Todo ocurrió sin preguntas solemnes,
como un capricho que a la muerte obedece.
Así ocurrió tu muerte a tu muerte.
Azotando la noche llega un viento de furia,
inconsciente preludio de lo que ha de perderse.
Así tu muerte a mi vida, a mi razón de temerte.

Todo sucede cuando el tiempo se anuncia
como el gran vencedor de una renuncia inminente,
de un opaco sentir que se expande
como el hecho más vil por las calles vacías,
por aquel mundo difícil que tantas veces hollaste.
Así fue tu muerte a la muerte de otros,
como un turbio malestar que fecunda la duda,
como el verbo marchito de un poema inconcluso
al que debemos dejar su abatido silencio inerte.

Oh, si a tus ojos diezmados pudiera volverme.

25 dic. 2006

Abrí los brazos llenos de futuro,
los orígenes inasibles de la música,
el tiempo entumecido, su belleza,
el faro inextinguible de la noche abatida.
Abrí los brazos hasta sus límites dolientes,
coronando la materia de lo extrañamente humano
con espinas cercanas a lo vivo.
Fui confundido por la plenitud,
por lo que hay de ficción en lo indecible
y que conlleva discernir la claridad
hasta descifrar todas sus preguntas.
¿Puede ser esto la vida ahora, la luz
tergiversada de un páramo inservible,
el hondo aseverar de una conciencia única?
Este es mi rasero, a partir de aquí comprendo
las cavilaciones infinitas de la lluvia. Este
mi mudo predicar sin ocio,
mi valija llena de absurdos acertijos.
A partir de aquí siento y pregunto
con los brazos abiertos llenos de futuro.

22 dic. 2006

Así como eres en mis manos
flor y ceniza. De viento y ala.
Así como en las encrucijadas absolutas,
que la contradicción encarna,
eres todo y también nada. Así,
por ser el trémulo preludio; sola, distanciada
bajo un sauce marchito serás acaso la palabra.
Y así acuda el silencio o la noche invertida,
serás la voz en los albores, el brío, la risa:
el tiempo que vacía su dominio
para cedernos la vida contemplada.

21 dic. 2006

He mirado muchas veces con vergüenza
el elevado altar dramático.
En él deben entremezclarse, cada nuevo día,
la noche y el ansia junto al verdadero sacrificio.
He llevado la cuenta de las notas expiradas
por cantores y amantes y tristes borrachos.
He seguido con cautela la sombra invertida
que ciegamente me ha seguido hacia arriba.
Y tras observar todas estas cosas
un niño quiso preguntarme por la risa
la risa que redime a los cansados,
luz que contagia a los perdidos.
Juego que amansa y desnuda al ofendido.
He reído muchas veces por cosas vacías,
que aún me parecen peores que la muerte.
Por actos que obedecen al amor inmerecido,
he reído vulgarmente.

Y por eso sé que la risa muestra,
no lo que el hombre piensa cuando juzga:
sino lo que el corazón esconde al conmoverse
.

18 dic. 2006

Para las costumbres serenas
viste tu amor de razones,
contén la raíz violenta,
piensa las negras pasiones.
Pues si las aguas remueves
y la corriente alimentas,
piensa que la muerte piensa,
en lunas, amores, e inercias.
Sabe, que si el juego es juego,
la regla es la duda. Y el triunfo,
sería entender sin premura
los vanos dolores que acechan.
Mas si el juego es la lucha,
hoy caerán de su altura las torres.
Por defender sin razones
el mal uso de aquello
que debería hacernos mejores,
el amor toma en su puño el aliento
que pueda engendrar destrucciones.
La pasión ha de trabajar el sencillo arte
que concilie razón al cálido exceso.

Pues sin excesos el amor se vacía.
Y sin razón, bastará un día.
Un día para ser devorados
por la insoportable agonía
de las verdaderas pasiones.

15 dic. 2006

Tú y yo no somos nosotros.
Somos tal vez un tiempo firme
que se funde en un letargo
de ansiosas mariposas.
No somos; no, lo que vemos.
La fuerza maternal,
el ser dionisiaco; no.
Todo eso son disfraces, nombres:
miles de retazos inservibles
proyectados contra la noche.
La realidad es siempre otra.
El solo hecho de mirarte
implica tantas cosas; amarte
sí; pero sólo por no saberte,
por creerte siempre sombra.
Verme en ti como en los días
decididos a tornarse, y así
verte en mí, como la brisa,
capaz de apaciguarme.

Tú y yo no somos este enigma,
ni el perfecto corazón de la rosa.
Tú y yo buscamos entre sombras.

14 dic. 2006

Tan sólo para callar vive el alma.
De la voz que me destinas,
del eco lejanísimo que guardas,
se desprenden mil promesas:
todas para alejar al alma.
Gritos implacables,
músicas terráqueas:
basta con escuchar sin decir nada.
El alma, por sí sola,
sabe responder al alma.
De su intención se guarece
en los verdores que calla;
si actuara acaso su palabra
una brisa fría soplaría hasta matarla.
Para callar vive como muere
porque en todo cuerpo todo habla.
Y si tu cuerpo dice para amar,
para soñar dice el alma.
Para soñar tu imagen,
aunque tu imagen diga todo
cuando todo quiere decir nada.
El sueño es un relámpago,
el amor, una palabra.
Si tu alma dice para soñar
la verdad dice cuando calla.

12 dic. 2006

Tanto he reflejado a esta mujer de nadie
que ya sus enigmas me resultan familiares.
Si ella emplaza una cruz en la ventana,
yo pienso: hacia la noche impasible. Hacia la noche
se llenará de cuervos el árbol retorcido de la tarde.
Luego, cuando todo suceda,
la cruz se llenará de un óxido prodigioso
hasta que un perro solitario aúlle desde lejos.
Y si en otra ocasión ella limpia las paredes
hasta que en éstas resalta un azul caleidoscópico,
la contemplo envejecido y con un ademán le digo:
es el color de tus ojos. Mírame como siempre ha sido,
aunque me avergüence de no haberme dado cuenta nunca.
También puede pasar que se siente sobre un tigre
acariciando la sien del animal ofuscado.
Entonces, lo más probable es que me sienta aliviado
de no ser yo un domador temerario,
capaz de discernir entre un rugido amable y uno más terrible.

Pero si por cualquier cosa ella desiste
y entorna taciturna la puerta de su cuarto,
me da por pensar lo que ella piensa.
-Este hombre solitario es tan cambiante
que me resulta difícil contentarle del todo.
Aún así, jamás podré cansarme de él:
me gusta verle cada día de manera distinta.
Pero si él quisiera retomar desde algún punto
el instante imprevisible que pasó como un augurio,
no podría complacerle aunque quisiera.
Tendría que idear un argumento para demostrarle
que desde hace mucho he desistido:
yo tampoco soy la misma
aunque nunca fui de nadie.
Pues de tanto reflejar a este hombre solitario
se me han ido pegando casi todas sus manías.

11 dic. 2006

La perfección, el arte de los vencidos,
la luz del sufrimiento que ignorábamos.

El arte de equivocarse para renacer intacto.

Comenzamos a cruzar la noche,
comenzamos a escribir la vida
sin tener en cuenta las palabras precisas
ni el encuentro imborrable.
De la nada rehacemos un reflejo
idéntico a este mundo. Idéntico
hasta que comprendemos que morimos,
que a costa de los ojos se crea un enemigo.

La muerte, la voraz pasión que no elegimos.

El fuego consumado que nos llama a la vida
a través de difíciles preguntas.
Debemos aprender a morir.
Pero antes a descifrar la vida.

Así caemos y caemos, lentamente,
en lugares remotos de nosotros mismos.
En lugares remotos que ni nosotros mismos
llamamos a existir a fin de realizarnos.

Y no sabemos hasta cuando erraremos,
ni por qué debemos nuestro corazón a una mentira.
Pero todo esto,
esta dulce imposición del peso prometido,
es la perfección, el arte de entender nuestro camino.

8 dic. 2006

Sucede el hambre y la tristeza; allá, en otro mundo.
Sucede. Sucede aquí también. Aquí. En este mundo.
La muerte también es un suceso en todas partes.
Algunos miran desde lejos entornando los párpados
porque acaso buscan la inútil expresión de lo moderno.
Algunos se conmueven firmemente viendo la miseria.
Hay quien no dice nada y se abstrae mansamente
en un juego tenaz que conduce a la palabra.

Pero sucede el hambre y la tristeza, los ojos desolados,
el rostro ennegrecido de tanto preguntar al hombre.
Sucede a todas horas que la vital gloria del hombre
depende muchas veces de un objeto. O de alimento.
O de algo que no se atreve a confesarse. Sucede.

Queda lejos para muchos el infierno,
para muchos ni siquiera existe ese lugar injusto
en que las almas vociferan hacia un dios que ya no existe.
(Es complicado. No existe. Aún así sucede en todas partes.)
Sucede que el hombre es a veces egoísta
creyendo que el daño repercute sólo en uno mismo.
Y no es difícil consolarlo. Basta con decirle una mentira
que el hombre reconoce y repite hasta saciarse. Sucede.
Y a quién le importa lo que a otro le sucede
mientras cada uno pone su felicidad a salvo.


6 dic. 2006




Érase la noche, su expresión distante,
el alcázar vacío de todas mis muertes.
Érase mi voz una cadencia oscurecida
que temblaba enrarecida de deseo e ignorancia.
Tiempo para describir todas las causas,
el érase sin que en verdad fuera era sólo la primera.
La primera de las causas; venidera noche:
érase tu nombre la verdad que se abandona
antes de que llegue la mañana.












Veo mi interior igual que un difícil laberinto
en el que se oponen indistintamente los caminos.
Sé, por cada vez que pienso y siento,
que lo más fácil es andar desde uno mismo.
Procurando no estudiar pregunta alguna,
me entremezclo con la luz y los sonidos
que en días como éste se agitan suavemente en torno mío.

Entiendo que la vida es un solo pasillo
de todos los que cruza el laberinto.
Un pasillo que conduce a la salida,
al mundo que aseveran los sentidos.

Sin embargo, evito este sendero con ahínco,
pues más allá del laberinto sé que habita
una bestia perfecta, un hombre vacío,
capaz de persuadirme de que jamás habré vivido.