De los muertos sí reconocemos su dolor.
No así el de los atentos animales.
Tampoco el de los viajeros clandestinos.
Pero observamos como si observáramos a Dios
a los que sufren por amor
y a los que sufren por una noble causa.
Nadie nos forzó a discriminar
lo que era digno de piedad
— que era la totalidad de lo existente —,
de lo que era despreciable por su falsa inferioridad.
Ignoramos así a los que ya solo podían
silenciar la razón de su dolor.
a los que sufren por amor
y a los que sufren por una noble causa.
Nadie nos forzó a discriminar
lo que era digno de piedad
— que era la totalidad de lo existente —,
de lo que era despreciable por su falsa inferioridad.
Ignoramos así a los que ya solo podían
silenciar la razón de su dolor.
Ese silencio es el gran silencio
de nuestro propio e indecible sufrimiento.
de nuestro propio e indecible sufrimiento.
De nuestra irrevocable soledad sin alma.