Anteponer la buena literatura, la buena pintura o la buena música, a la intranquila cercanía de las malas personas, de las personas antipáticas, de las personas estúpidas.
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Soy perfectamente consciente de que cultivar el orgullo tiene su trasfondo depresivo. Pero con estricto conocimiento de causa, puedo decir que más deprimente es no cultivarlo en absoluto.
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Estaba triste, estaba siempre triste porque se había negado a contemplar la Sombra. Sombra que no era exactamente una fuerza plena de tristeza. Sombra que era siempre miedo. Le faltaban valor y rabia y puede que conciencia de su propio dolor para mirar de frente a la Sombra. Y por eso estaba triste. Por eso estaba siempre triste.
Tras la máscara demoníaca, aquel horrible rictus de dolor.
Quién soy yo para juzgar las sombras más oscuras.
No quisimos sopesar en la conciencia las humanas intenciones de las víctimas a las que un espectral rencor transformó en verdugos sin un resto de blancura.
Verdugos que vengaron en nosotros su dolor.
Verdugos en los que nos convertiremos para vengar así nuestra humillada inocencia.
Puede que sea esa la verdadera perversión del espíritu que subyace dentro de cualquier poema. La de querer dotar de un influjo estético a nuestro dolor.
Si no existe el infierno, tampoco existen la justicia divina ni la justicia poética. Solo, la inexacta justicia de los hombres. La cual es ciega y despreciable. Si solo existe esa tenebrosa forma de justicia, la muerte solo puede dar como respuesta la inocencia que ya todos perdimos para no perdernos como niños en el bosque de la noche. Yo nunca fui bueno por naturaleza. Pero por amor aprendí a negar toda crueldad y todo infierno que no fuera verdadero. Y ahora, como único protagonista de esta soledad sin fuerzas, pienso en lo difícil que puede llegar a ser vencer sobre el dolor que tú mismo has infringido.
Si hay algo más doloroso que la locura, posiblemente sea el tener que pelear constantemente contra la locura desde la suposición interior de una cordura que no existe.