De los muertos sí reconocemos su dolor.
No así el de los desatentos animales.
Tampoco el de los viajeros clandestinos.
Nadie nos forzó a discriminar
lo que era digno de piedad
— que era la totalidad de lo existente —,
de lo que era despreciable por su falsa inferioridad.
Ignoramos así a los que ya solo podían
silenciar su sufrimiento.
Ese silencio es el gran Silencio
de nuestro propio e indecible sufrimiento
de nuestro propio e indecible sufrimiento
y de nuestra irrevocable soledad sin alma.