Critican mordazmente
la situación de alguno
que aún no identificas de tu parte.
No soy yo, piensas.
Pero es verdad que llevas
un tiempo ya de lucha
concentrando tu mirada sobre un mal, el tuyo, que bien podrían resolver mejor que tú
aquellos semejantes que no entiendes.
Ni eres tú, ni es tu herencia
la que sale amenazada en el entuerto.
Sin embargo,
después de haber buscado tanto,
no hay modo de ignorar la tentación
de hallar ardiendo en todas partes
el fruto incuestionable de tu esfuerzo.
Míralos. Ante ti, los libertinos. Su único consuelo es dejarse arrastrar por los rescoldos de la escoria. Su dudosa ley será siempre la del cuerpo. El exceso los convierte en héroes de la frágil fantasía que alimentan. No tienen rostro alguno, ni conocen máscara que desvíe su conducta del desprecio. Tan solo un sexo sórdido, capaz de concebir millares de generaciones enfermas.
Míralos bien. Detente a hablar con ellos un segundo, y continúa luego como siempre. Amarlos supondría traicionar la luz más provechosa.
La misma que te guía hacia el hogar si has perdido tu camino en la intemperie.
Asomado al balcón desde que es niño, piensa: el mundo será así cuando yo también desaparezca. Silencio. Todo juega a consolarnos con espejos que dilatan nuestra ausencia.
***
¿Que con qué parte debería de quedarme? ¡Y a mí qué me dices! La vida es demasiado larga. Y el corazón, caprichoso. Además, ni siquiera estoy seguro de saber decidir correctamente qué cosas han de hacerme mal y cuáles deberían elevarme.
Dadme solo lo que necesite, solo cuando lo requiera.
Así, para cuando volváis a herirme, no tendré por qué enfocar el siguiente golpe hacia mí mismo.
***
No te preocupes, querida, ya me enamoraré de otra, y también me dirá que no.
Y no. No se trata de ningún fantasma del inconsciente, aunque casi. La imagen ilustra un texto de Calvino. De Italo Calvino. Grafito, lápiz de color y dos días de trabajo. Guste o no, es lo que hay.