Oféndeme, hazme reaccionar mal, para que así, airado, pueda demostrar mi dignidad ante ti y ante todos los demás. Que yo también participe del soberbio juego, que yo también demuestre quien manda aquí, en la vana oscuridad de mis arterias.
No somos más que niños cuando el poema más oscuro nos conmueve. Aleja lentamente cada página de ti, no fuimos todavía más que ayer. Y he aquí — en tus ansias, en tus manos — que la vida, como un reloj absurdo y detenido, retrocede.
Los libros nunca han hecho libre a nadie. Los libros, lo máximo que pueden darnos, es casi todo lo contrario: la noción de que no somos libres y de que por algún tipo de derecho natural deberíamos serlo.
Aunque otra vez tenga sentido el sabor de la aceituna y la alborada de la urbe nos transforme en frío, ni mapas ni cortejos fúnebres podrán decir lo siento por nosotros. Ni mapas, ni espejismos, ni cortejos fúnebres. Debería darte entonces, cuando todo pase, otra confesión vertiginosa que trajese aire a aquellos pájaros quietos. Que las campanas rompan a volar cuando nos crucemos por la calle y acudan nuestros nombres a nombrar nuestras miserias. Qué importa. Nada se confiesa hasta que se ha huido.
La herida es un estado perceptivo. Sangran los ojos y la sangre es luz. Y la luz es el sexo de los ángeles. Estar herido exige de mucha pasividad para curarse. El erotismo de la herida seduce con ironía, rechaza con aflicción, devora los restos de la noche con un susurro bien intencionado. La herida y el sexo más intenso son casi la misma cosa, la herida, el sexo más intenso y la locura de la amante que reclama un papel en tu agonía. Guarda silencio. Aléjate. Haz de la soledad un gran vicio. Pero no ames, no seduzcas, no forniques a través de la herida.
Porque tu sangre es luz.
Porque la luz es ciega.
Ceguera que será siempre un grito de belleza inexplicable.
Introvertido desde niño, guiado por el influjo del silencio, por un cauce anterior al poema. El refugio era dentro. Llegó la adolescencia, delirio puro, ruidos, niebla. Demasiada gente en las calles, en mi mente, en mi agenda. No era eso ni ese, el refugio era dentro, donde se burlaban ellos. Divinidad. Caos. Locura. La gracia entre los otros no, sólo un destello solemne.
Yo fui un niño introvertido, interrogado luego por el alcohol, sometido a la ley del más fuerte.