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6 sept 2011
12 abr 2010
La otra cara de la venganza
Nuestra generación, como las generaciones anteriores, no cree en el respeto. Esto será así hasta que la siguiente hornada de jóvenes salvajes empiece a tratarnos como si no sirviéramos para nada. Entonces, no les quepa duda, nosotros también empezaremos a urdir complejos universos morales en los que el más fuerte no podrá tener nunca la razón.
Un joven respetuoso es para sus semejantes un joven que se niega a dar la cara por la libertad. Está bien que así sea. Nunca me he sentido más esclavo de mí mismo que cuando tenía diecinueve o veinte años. Entonces pensaba que ese yugo formaba parte de todos los condicionantes sociales que nos impone el vivir en ciudades atestadas de individuos que ignoran qué es lo que les conviene. Ahora me doy cuenta de que esos condicionamientos eran y son parte de una personalidad que no siempre resulta ser como los demás quieren que sea. Lo que quiero decir es que a los veinte años era un completo estúpido. Pero un estúpido que creía en la libertad total del ser humano.
Ahora considero que mis temerosos límites son parte esencial de lo que soy. La experiencia directa con la violencia o con la burla despiadada, han devastado mi entereza idealista. Y no creo que tener miedo sea tan malo. Puedo decir que la vida me ha enseñado que peor que el miedo son las cosas que nos hacen comprender nuestra angustiosa fragilidad. Peor que tener una visión azorada del mundo, será siempre ese mundo en sí. Dirán que soy un revolucionario fracasado y algo resentido. Pero para que el individuo sea libre sin morir en el intento, la única manera ha de ser profesándose a sí mismo el mayor de los respetos. Respeto que, viéndolo otra vez desde los ojos de un joven recién salido de la adolescencia, no sería más que ese antiquísimo temor hacia lo que somos. Temor hacia el daño que podríamos causar a los demás y a nosotros mismos.
El valor es una cosa extraña. Muchas veces tengo la impresión de que se trata de la simetría invertida de un espejo en el que estuviese reflejándose la crueldad humana. Ser valiente ante la maldad, implica actuar coherentemente, convencidos y del mismo modo… Pero siempre desde el lado contrario, respondiendo con la justificación sagrada del que ha sido provocado.
11 abr 2010
El genio desaprovechado
No creo que ser alguien racional tenga remedio. La razón obra en la psique de algunos constantemente, incluso cuando esas personas no están haciendo esfuerzo alguno por desentrañar ningún enigma. Hasta la prodigiosa intuición mística, esa por la que somos capaces de saber algo sin saber cómo lo sabemos, podría ser un proceso racional inconsciente por el que procesáramos mucha más información de la que abarcamos al esforzarnos en obtener una respuesta por las vías “convencionales” de pensamiento. Lo cierto es que hay un baremo que alude a cuánto puede presumir la inteligencia del individuo corriente. Este, no sé si es necesario aclararlo, está muy presente en nuestra sociedad de un modo que yo consideraría negativo. Los que nacen con cierto potencial intelectual —y acaso todos nazcamos con grandes capacidades—, deben ser estimulados y hasta entendidos del modo adecuado. Personalmente me parece evidente que ser inteligente en un entorno en el que todo tendiera a la más estricta normalidad, podría ser contraproducente a nivel social para el niño o el adolescente que pueden ir un poco más allá que el resto.
No resulta complicado imaginar lo que pasa cuando un potencial queda adormecido. Pero, ya lo he dicho, no creo que el ser alguien racional tenga remedio. Otra cosa es que los que tienen que pasar por dicho problema, no se decidan a cultivarse en un determinado sesgo cultural. Bien por miedo o por esa desconfianza aprendida hacia su propio potencial, habrá quien mantenga su inteligencia enfocada hacia conflictos puramente vitales. Pero también creo, arriesgándome ya a formular una hipótesis difícil de corroborar, que este tipo de individuos serían aquellos que pudieran observar el mundo de un modo más certero, y digo certero hablando de comprensión directa de la realidad y sabiendo que ese mismo término se ha relativizado, precisamente por aquellos que sabemos más inteligentes, hasta la saciedad en el entorno tan moderno que hemos diseñado.
Sí, ser inteligente suele ser un tormento también a nivel personal. No son pocos los genios que viven con la constante desazón de sentir próxima una realidad más terrible de lo que la mayoría se atreve a reconocer ante sí mismo o ante el resto de los mortales. No sería de extrañar, pues, que hubiera más de un Borges intentando hacer una vida de lo más normalita, fingiendo, si es que eso es posible, que no comprende nada más allá de lo que todos asienten con convicción dudosa. Pero, debo repetirlo, ser inteligente no tiene remedio. Así, si como dicen algunos, a mayor capacidad de adaptarse al medio, mayor es la inteligencia del individuo, no sería de extrañar que hubiera más de un genio tratando de pasar desapercibido en un entorno reacio a considerarse digno de todo brillo intelectual.
5 abr 2010
Objetos
Habrá más días en los que prescindir de los enseres que apreciamos. Los espejos que muestran la penúltima ternura, la verdad, tu nueva blusa pintada de inocencias; las mismas cosas que guardáramos del tiempo, perderán el valor ingenuo que hace que las merezcamos… Hay tanta pobreza en el acto de atesorar objetos que luego pensaremos nuestros para consolarnos.
Y el juguete mudo de la soledad son los cuerpos. Poseer uno es dubitar entre la vida y la identidad que queramos adjudicarle a la materia. La realidad es esa broma de lo físico, que a nadie pertenece cuando ama. Y estamos llenos de violentas partículas eternas. Envejecemos. Hoy he visto en el espejo a un niño contrariado por los años, vestía tras sus ojos un mundo irrepetible de canciones estivales. El cuerpo que ahora soy, es tan solo la materia latente que añora lo invisible, que sueña con el alma inaprensible del silencio.
Reconozco que estaba equivocado: la soledad, esa sombra que irradia nuestra esencia, no pertenece a lo que somos. Es ella la que nos posee. Como el muñeco favorito de un niño condenado.
9 mar 2010
Paraíso para un amigo imaginario
No eres ángel, ni bestia. El poeta se contentaría explicándote la carga sutil de los acomodados, de esos niños que no aprendieron a ser niños. Viejos que nunca le temieron a la muerte. No eres ángel. Si en tu frente brillara el blanco candor de los infantes, te sabría derrotado por la lluvia incesante de las revoluciones o por algún cuerpo de insoportable belleza. Si fueras tú la bestia, nadie lloraría frente a tu tumba lágrimas de sentida vergüenza.
No; no eres ángel, ni bestia.
Pareces, más bien, un producto del progreso, un cruce intranquilo entre maquinaria para la guerra y pintura depresiva vendida al último impostor insobornable. Llevas la negrura del amor en la alegría que disfrazas de inocencia. Pero a mí me gustas así. Inútil. Hermoso. Con esa normalidad tan poco frecuente en la mirada. Extraño para todos en este mundo hipócrita.
Ah, si te conociera, hablaría bien de ti, rendiría pleitesía a tu poca importancia. Pero eres solo un producto de escaso valor literario… Un hombre corriente. Nunca se ha hecho tanto daño con un solo adjetivo. Los hombres, y esto se sabe bien desde el diecinueve, son ángeles o bestias. Simios o superhombres. O ambas cosas fundidas hasta la náusea sobre la tierra. Pero déjame suponer que existes, que en algún lugar próximo a esta noche, yo también puedo ser tan normal como la desnuda idiosincrasia del objeto más irrelevante. Porque en realidad, yo tampoco existo fuera de estas sombras tamizadas de impotencia. Sueño conmigo mismo desde el atronador silencio de mi nombre. Alguien me escribe, y sabe que rezuma soledad su testimonio. Todos sabemos que ese producto tan corriente que aparentamos ser, se suicida durante la madrugada pensando en su verdadera belleza, esa que nunca podrá demostrar en este tiempo de sueños improcedentes.
Amigo, no creas que miento: en mis ojos se destila el llanto alegre de los que se saben comprendidos. Véngate del mundo aprendiendo a ser feliz con un ritual de amores sin secreto. Ten por seguro que este barco naufragará tarde o temprano. Todos saben que el progreso es un dragón imperturbable, y en alta mar tal vez seamos bienvenidos por el cielo ilimitado de la noche.
Soñemos, compañero imaginario, que aún no es tarde para reconocernos.
Soñemos, compañero imaginario, que aún no es tarde para reconocernos.
25 ene 2010
Temer al dolor
He conocido a quienes tratan de vencer su miedo a la crueldad confraternizando con gente de la peor calaña. A quien intenta ser mejor que los demás sin intentar comprender. Entre mis amistades hay gente así, personas incapaces de poner un límite a la ensordecedora voluntad de los demás. No creo que la solución a todo esto pase necesariamente por el enfrentamiento directo contra aquellos indeseables. La cobardía solo es tal cuando no hacemos lo que está en nuestra mano para solucionar un mal determinado. ¿Y cómo concienciar a los crueles para que actúen de un modo distinto al que la vida les ha enseñado, o a obrar de manera contraria a la que podría suponer su propia naturaleza?
Corresponde, llegado el verdadero punto de inflexión en el que debamos actuar como ellos o marcar la diferencia, obrar con cautela. Distanciarse a fin de no ser acusado, ni corrompido. No negaré que admiro a los que se enfrentan a tanta inmundicia, pero el pulso que los héroes le echan a la vida, siempre transcurre en desiguales condiciones. Si nos enfrentamos a un enemigo más débil o, incluso, equiparable a nuestras capacidades, no habrá nada heroico en nuestra lucha. Y puede que ni siquiera se trate de ganarnos el cielo de los valerosos.
Todo consiste en no dañar o, yendo más allá, en tratar de mitigar el dolor de los que sufren. El mal, esa abstracción que tanto se han empeñado en cifrar los filósofos, acaso solo podría definirse como el llevar a cabo un daño más o menos intencionado a quien nunca mereció tal cosa.
No sé si es posible cambiar el mundo, ni siquiera sé si es posible hacer cambiar a una sola persona para convencerla de que llegar a generar dolor físico o espiritual a cualquier otro ser vivo, es tratar, al fin, de evitar un daño que nunca sentiría si, a su vez, el o ella tampoco se obstinase en dar el golpe que lo situara del lado de los más fuertes.
De los que, en definitiva, tratan de ser temidos al punto de no verse nunca doblegados por dolor alguno.
13 dic 2009
Apunte sobre lo poético
No sabría decir si en mi vida hay algo de eso que llaman verdadera poesía. Sí sé que siento nostalgia de una existencia más hermosa que esta que a diario trato de atrapar en versos tal vez demasiado leves. En cualquier caso, si logro observar la realidad desde la perspectiva subjetiva de la belleza, dicha percepción no deja en mí impresión alguna a la que poder remitirme para analizar sus causas o sus límites.
Es de suponer que la realidad corriente y sus alteraciones poéticas, son, dicho del modo más común posible, agua y aceite. Categoría absolutas que, de aparecer alguna de ellas con cierta viveza ante mí, mantienen en mi conciencia la sutil impresión de haber permanecido latentes en ese mismo lugar desde siempre.
En verdad es simple: donde una falta la otra resplandece. Lo más probable es que la realidad corriente adolezca de la poesía, pero solo en la misma medida en que yo adolezco el excelso olvido de estas calles manchadas por la tediosa rutina; de ciertos enemigos vulgares. Incluso de la poesía misma que no logro evocar para salvarme.
3 dic 2009
sobre el yo
Ciertas corrientes artísticas de corte trascendentalista defienden, aun hoy día, la pureza espiritual en la idea de un yo verdadero. Este tipo de planteamientos deberían sernos familiares, por afirmar que ciertos aspectos de nuestra identidad están dotados de una sustancia que afirmamos verdadera en oposición a otros aspectos del yo, que, sencillamente, no parecen correspondernos.
Plantear esto quizá no sea solo una cuestión espiritual, casi se diría que es una argumentación de índole estética. Pero lo interesante del caso estribaría en un planteamiento casi opuesto: en la cómoda posibilidad de que no haya faceta alguna más real que ninguna otra que acaso debiéramos superar. Así, podríamos suponer como cierta la creencia que pretende constatar que siempre somos nosotros mismos, sin mayor posibilidad de error, ni otra tentación similar de pérdida.
El único problema es que el citado argumento quizá sea demasiado hermoso para ser cierto. Para afirmar que la totalidad del yo nos pertenece de algún modo como tal, tendríamos, simplemente, que creérnoslo en la misma medida en que a veces podemos considerar más cierta una determinada expresión del yo que cualquier otra que, por poner un ejemplo, nos parezca menos hermosa por el motivo que sea.
La cuestión es que para creer firmemente en algo, nuestra psique exige que haya alguna premisa opuesta a definir como falsa, en contra de la cual apoyaríamos nuestro concepto de verdad. Este tipo de conflicto filosófico está a la orden del día, y creo que a nadie le será del todo desconocido tal planteamiento dialéctico.
De ese modo, el considerar que todo cuanto somos es, tanto en nosotros mismos como en nuestros semejantes, igualmente verdadero, podría llevarnos, paradójicamente, a la creencia inversa, la cual consistiría, después de darnos cuenta de que no hay argumento contrario frente al que definir esa identidad absoluta, en la negación total del ser, con la única intención de mantener en pie tal categoría absoluta del yo.
Si todo lo que somos es igualmente verdadero, también podremos afirmar que nunca estuvimos presentes en la suma total de nuestros actos, ya que en caso de ser cierta la primera afirmación, el yo sería una unidad tan evidente en nuestras vidas, que pasaría completamente desapercibida toda expresión genuina de la misma. Algo así podría parecer cierto mientras obviáramos el hecho de que no todo en el cosmos de lo humano parece ser igualmente válido.
Al menos, no en la medida en que ciertas actitudes pueden ser superadas por nuestra propia capacidad evolutiva.
Añadir, para terminar, que el yo verdadero es solo una concepción interior y, por tanto, es propia de aquellos que de algún modo pretenden perfeccionarse en la dirección que consideran más cierta frente a un mundo, el nuestro, cada vez más hueco y más confuso en sus apreciaciones cotidianas sobre lo que somos.
1 dic 2009
Tres aforismos para la madrugada
Solo el ingenuo y el descreído se niegan a reconocer la verdad.
A veces me da por leer para intentar recobrar algo, no sé muy bien el qué, que hace tiempo siento perdido entre los pliegues de una felicidad que bien podría ser fingida.
¿Si no me lamento furiosamente por la dignidad perdida, cómo voy a poder defender el otro poco de dignidad que aún me queda?
22 nov 2009
Del error a la conveniencia
I
A veces me permito reconocer mis errores. De ese modo, hay quien se aventura a confesarme que también se ha equivocado, lo cual no creo que sea ni bueno ni malo, pues solo reconforta en la medida en que algún otro soñador perdido se encuentra en el mismo callejón sin salida que uno.
II
De todo lo que me prometí que nunca volvería hacer, voy extrayendo, poco a poco, la triste sabiduría del que tanto se ha traicionado a sí mismo, que de algún modo ya se haya en la tesitura de aconsejar a otro sobre el mejor método para permanecer fiel a sus propios principios.
III
Puede que muy a menudo nos decepcione este modo de complacer al más fuerte. Pero algo me dice que es el vencedor el que sale perdiendo: el único aliado que gana es el que a menudo deseará traicionarlo.
IV
Grandes poetas, os envidio. Mi obra se limita a lo que aprendo de vosotros. Poetas menores, ya podéis insultarme: nunca seré tan bueno como ellos. En esta pretensión desproporcionada hallaré mi merecido.
1 sept 2009
(...)
Cuánta vanidad hay en el corazón de quien formula soberbias hipótesis sobre la muerte. Y es aún peor en quien cree que puede contradecir tales teorías.
27 jul 2009
Las dos caras del recuerdo
Nostalgia es todo aquello que nos reconcilia con el pasado. Añorar, sí, pero con la seguridad de quien sabe que algún día volverá, más sabio y con menos enemigos, a ese tiempo que acaso fue simplemente hermoso. La nostalgia es hermosa en tanto que también nos reconcilia con el presente, pues nos devuelve al mismo punto en el que estábamos, con la convicción de que todo mereció la pena, de que en la vida, aunque no se pueda regresar, sí es posible repetir infinitas veces el método del que obtener la felicidad. Hay quien dice que esa misma vida siempre es una. Para quien no es así, la idealización de cualquier pasado conlleva un interminable desgarro: la conciencia de que siempre hay algo irrecuperable que oscurece nuestro presente, haciendo de todo ayer feliz un terrible paraíso, sombra de un presente que ha de suceder demasiadas veces.
11 jul 2007
Ética y Estética (II)
En todas las cosas que creí bellas está implícita la muerte. Para que el sol brille al amanecer, haciéndonos creer que el mundo está sujeto a la belleza, es necesario que algo muera con delicada resistencia, que un sentimiento distante se apague lentamente mientras la muerte presta su caricia al alma. Es necesario suponer que el mundo es el estado de ánimo que el corazón inventa, y así, observar como las bestias se guarecen en su propia inconsciencia a fin de no temerle al sórdido vacío de la noche. Porque la noche, con su búsqueda hacia lo perdido, le devuelva al hombre su concepción de esa sustancia redentora que es la belleza, que no es nunca un ideal, pues los ideales sólo los conciben las ansias inmortales de los corazones que tratan de perdurar sobre la sangre. Dioses conscientes del tiempo que les queda, los idealistas se aferran a una perfección que saben imposible. Y la belleza sólo es posible renunciando a lo que hay de imposible en el deseo de belleza. Ese juego del alma predilecta; abandonar lo esencial para que lo esencial busque su sitio en los sentidos, hace del ideal una ilusión que se expande en tanto que se aleja. Pues un ideal de perfección no puede ser percibido a menos que renunciemos a éste. Así, poco a poco, éste irá revelando su propia verdad al individuo que tanto ha deseado experimentar dicha perfección, que no es nunca tal y como podría imaginarla.
18 jun 2007
Reflexiones Improbables: Ética y estética
Toda perspectiva es falsa, en tanto que exige de una mirada externa y objetiva. El espectador que contempla la escena es también nosotros, devenidos en conjeturas que devienen otra vez en lo que somos. Contemplar desde fuera no es contemplar, no es posible; salvo para el soñador que cree ser lo que contempla. Y aun para éste está vedado el espacio en que poder reconocerse a través de los ojos de otro. Hasta para aquél que se halle perdido en los rincones más complejos de su propia psique, incluso para aquél otro que ahonde en los misterios del ser — en busca de una perdición secreta que le conduzca a evadirse de sí mismo —, la visión de su propio yo está siempre condicionada por su propia visión. El yo es un recinto cerrado, angustioso diría el solipsista. Pero no para nosotros, que a menudo disfrutamos de estos condicionamientos, de este egocentrismo que posibilita nuestra libertad — no nuestra moral, no nuestro verdadero conocimiento. Nosotros estamos aferrados a algo de tal modo, que llegamos a dudar de si en verdad ese algo existe, ya que algo como el yo sólo es concebible en abstracto. El yo-alma, el yo-interior, el yo-experiencia… ¿qué son para nosotros? ¿No se presenta a menudo la identidad como una impresión poética, como una búsqueda de lo que debería ser una ética que por lo demás no satisface nuestros deseos, ya que nos burla continuamente? Y así es hasta el mismo día en que irrumpimos junto al amanecer con la confianza y alegría de ser lo que somos. Entonces, abatidos los límites, el yo puede optar por su propia existencia, hasta por la decisión lícita de ser otra cosa. Sabiendo que en dicho instante, su naturaleza es tan infinita como incognoscible es la esencia en sí misma.
14 jun 2007

La muerte es un animal dormido, que sueña el devorarnos. Ahora sé que debo evitar su nombre, llamarla sólo cuando esté preparado para temerla, y así abarcar su sombra introspectiva como si consistiera en un enigma racional; acertijo para la filosofía y ensoñación para el poeta. Los nombres de la muerte variarán siempre en consonancia con lo circunstancial, pero a algunos les es dado creer que ésta tiene una sola apariencia oscura, irremediable… Sórdida como la humillación a manos de quien consideremos nuestro amigo, aun cuando dicha relación no pueda ser probada.
Quien nunca consideró que la muerte pudiera ser la única salvación, el cierto descanso al margen de cualquier paraíso, acaso deba atesorar en su interior las mismas fuerzas que conforman a algunos seres mitológicos, cuya sabiduría residiera en el valor con que se enfrentan a las imágenes trágicas del devenir, a las posibles pesadillas cotidianas, o al tormento que da lugar al héroe más audaz: el mismo que no teme a la muerte ni a los muertos. Se me ocurre que dicho tormento sólo pueda equipararse con la despedida definitiva que puedan depararnos nuestros seres más queridos. Quiero decir con esto, que acaso ciertos héroes no teman ya su propia muerte porque a menudo ésta ya les ha privado, de un modo u otro, de aquello que en verdad consideraban más preciado. A veces, cuando hablamos de muerte, hablamos también de la brisa estival, de sonrisas inesperadas, de creación, de vida, de amor a la vida.
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