porque es a mí a quien pertenece
el llanto por lo que nunca he sido.
No siento, ante el océano vespertino,
más que la necesidad de huir del fin
de lo que soy, y, sin embargo,
en mi sombra amanece
la ruta que sólo conduce hacia mí mismo.
Yo sé cómo será mi propio exilio, sé
que el único modo de añorar un nombre,
es cambiar este lugar asignado
por el de toda una multitud
condenada a ser un mismo ser infinito.
He de ser todos los hombres,
derramar mi amor en lo desconocido,
abrirme paso hacia las noches
que esconden la razón en extravío.
He de abarcar la locura y el hambre,
el dolor, la verdad, el olvido:
he de amar y odiar al unísono
para que nadie pueda arrebatarme nunca
el falso privilegio de morir tranquilo.