Esa horrible vanidad no quedaba plenamente justificada por sus capacidades como lector ni como escritor.
Aun así, todos le adoraban como a un dios.
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Era como tú y como yo, una criatura mediocre, y lo único que podía alejarla de esa infecta condición que trataba siempre de ignorar, era el sufrimiento interior que en algún momento aparecería a través de la contemplación de esa misma mediocridad.
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Gracias a su ejercicio, conseguí que la imposibilidad de salvación apenas me importara.
Por lo demás, ella, la ironía, jamás me salvó de nada.