ya había sufrido un ingreso psiquiátrico,
ya había continuado emborrachándome
mientras me trataban con antipsicóticos,
ya me había visto involucrado
en algún altercado de carácter violento,
ya había invocado la imagen de la divinidad
con todas mis maltrechas fuerzas
por no tener a qué aferrarme.
Pero para muchos de mis compañeros de generación,
esa tesitura demencial
ya había continuado emborrachándome
mientras me trataban con antipsicóticos,
ya me había visto involucrado
en algún altercado de carácter violento,
ya había invocado la imagen de la divinidad
con todas mis maltrechas fuerzas
por no tener a qué aferrarme.
Obviamente, también había intentado suicidarme.
Ya había destrozado voluntariamente
mi detestable y compleja existencia
a los veintiocho años de edad.
Pero para muchos de mis compañeros de generación,
esa tesitura demencial
hacía de mi persona
una figura sencillamente interesante.