Las redes sociales no son tan distintas de la vida real como algunos piensan. En dichas aplicaciones tienes toda la simpatía de mentira, la amabilidad de mentira y el buen gusto de mierda y de mentira que necesitas para sentirte bien. Y todo esa ignorancia, ese odio y esa vanidad que nos acompañan desde hace siglos como especie, y que algunos preriríamos no volver a ver ni a experimentar jamás.
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Imaginar — tan solo imaginar — que existe algo tan sublime como la Verdad mayúscula, y que en algún momento se alzará por encima de nuestras cabezas como un ángel recién nacido.
Imaginar algo así para trascender de tarde en tarde nuestras pequeñas y mezquinas verdades personales, y hacer también que de una vez desaparezcan la discordia y la infinita incomprensiión hacia nuestras recónditas miserias.