
Exigimos perfección.
Ni el menor atisbo de mediocridad.
No encuentre ya la sombra destructiva
compasión en nuestros brazos.
La presencia debe de ser recta.
Innegociable, el deseo de ser Dios.
Cada vez más difícil el fracaso,
más lejana la sabiduría del error.
Más esquiva la manera
de reconocer, a tientas y en el barro,
que impartimos como furias
las mezquinas e insondables
enseñanzas del dolor.