Cuando al fin pierdes, caes, gritas, no duermes o arrancas con los dientes tus raíces, te das cuenta de que la lealtad del amigo no es exactamente un derecho.
Madre, yo quería portar la luz en los infiernos. Abrir los ojos y entrever el aire en que todo sucede. Busqué así los callejones, soñé ardiendo nuestro aljibe. Y el infierno era blanco, blanquísimo, amable a la razón, balsámico; el páramo celeste al que retornan el vencejo y sus ansias de estar vivo.
Su única seguridad a ciertas horas, se ampara solamente en la sospecha
de que alguien, acaso un allegado o un conocido, comprende cabalmente su
existencia desde lejos.
De ese mismo consuelo, extrae el vano horror de sentirse dirigido.
El colmo de la ironía es cuando al cabo de los años, te das cuenta de
que tuviste cerca a mucha gente -amantes, cómplices, amigos- que
merecían la pena. Me refiero a aquellos y aquellas que recriminaban algo
en tu conducta o actitud, algo que querían que cambiaras por tu propio
bien. ¡Qué extraña sorpresa, la de darse cuenta uno mismo de que aquello que alertaban, se volvía totalmente cierto con el tiempo!
Para el espectador neutral, ebrio, distante u objetivo, la ternura ajena tendrá siempre un regusto estúpido y cargante. Para el que se reconoce interiormente en ella, hay más redención poética que en todos los textos sagrados de la biblioteca universal.