
Sobre el primer plato de la balanza,
expuse las nociones de mi inteligencia.
Sobre el otro dejé caer mis sentimientos,
que de ningún modo semejaban
la debida condición
de un adolescente enamorado.
Pesaron mis miserias
mucho más que mi errático intelecto.
Para llenar después mi infierno de sentido,
le negué al alma la cavidad de su silencio.
Así me convertí en poeta.