He inventado una técnica para abrazar a la muerte. No ha sido fácil, cada vez que me mira de reojo, la reprendo como a una niña, digo su nombre en voz baja, me acerco, la contemplo y la abrazo. Pero es complicado, ella es mayor que yo. Mucho mayor. Aun así, por una razón se relaja: sabe que ante ella siempre somos niños asustados, niños de los que siempre se ríe el mismo dios cobarde, el dios dueño del silencio y de lo innombrable. Imagen: el almuerzo, acrílico, din a2