Luego, el viejo drama de conocer a alguien.
Ir abriendo puertas y espejismos
y ojos y sombras y abrazos en la calma.
Descubrir quién era quién
y desde qué lado se rompía
la imagen ideada.
Observar también qué hizo quién
de quién, qué margen fuimos retorciendo
para que obedeciera,
para que también se traicionara
en la vana pretensión de nuestros actos.
Así, sin prisa, que todo se diluya.
No quede ruido ni máscara callada.
Solo, la horrible costumbre de pensar
bajo el dictado de los otros,
complacientes y tranquilos ante su ignorancia.
Luego, rostros y más rostros
moldeados por la espera convenida del adiós,
aguardando ya la última palabra.
aguardando ya la última palabra.