30 abr. 2011

Desde dentro

Hicimos un pacto. Enciende cuando quieras la llama del hogar, y habla. No sé si es necesario, pero aún tienes mi permiso.

29 abr. 2011

Testamento

Para ti, madre,
sembré rosas blancas
y algún cataclismo.

No los cambies por nadie,
ni interpretes su signo
tras la ocasión del recuerdo.

Logré ser feliz
― lo prometo ―
invocando casi a diario
el mal de la inconsciencia.

Legaré mi talento a ella,
la que me hizo entender,
tras abrir un grifo oxidado,
el rumor de aguas salvajes.

A los demás dejo el brío
de esas calles tediosas
que inventábamos juntos.

Si me necesitáis para algo,
estaré donde siempre:
jugando a ser alguien
en el confín más secreto del mundo.

28 abr. 2011

Teoría sobre las enfermedades mentales





Sucede en muchos procesos degenerativos de la psique, que la personalidad, el “yo”, para entendernos, de algún modo se revuelve contra sí mismo, se desdobla o se ve abocado a la infinitud. Puedo decir que he padecido, y acaso padezco, una enfermedad de este tipo, con lo que, aun sin haber leído lo suficiente al respecto, espero puedan permitir que formule una pequeña teoría sobre el trasfondo de las enfermedades mentales.

Decía Unamuno, no recuerdo ya bien la totalidad del planteamiento, que llegó un momento en su vida en que no sabía qué “yo” era más real: si el que los demás creían que era, el que el creía ser o, esto ya lo añade un servidor, el que era en soledad. Supongo que aun sin haberlo formulado de ese modo, a todos nos sonará familiar esta divergencia. Estos tres terrenos parecen enfrentados, y son a priori irreconciliables. Bien, pues este que está aquí, pondría la mano en el fuego apostando que la actitud más sana mentalmente, pasa por depositar la fe que debemos profesar por nosotros mismos, en el “yo” que, tarde o temprano, siempre acaba quedando en soledad. ¿Que por qué? Muy sencillo. De otro modo podemos caer, casi sin darnos cuenta, en un peligroso culto hacia una determinada faceta de nuestra personalidad.

Creo que ya es sabido que nuestra identidad tiende a diversificarse en sociedad. Es bien sencillo. Cuando estamos de paso en alguna parte, lo lógico, para no acabar confundidos o dañados, es asumir una actitud educada o reservada, por poner un ejemplo, pues hay quien prefiere ser el centro de atención en esa y otras circunstancias, lo cual también está muy bien. Esta “actitud” es en sí una faceta, y yo lo denominaría así porque en cualquier otro momento de nuestra vida, dicho aspecto de nuestra personalidad puede entrar en contradicción con otra forma de actuar que ha de ser necesariamente opuesta a la mencionada. Pues bien, si consideramos que desde hace más de un siglo se ha extendido, peligrosamente en mi opinión, el culto a la personalidad en todas partes del globo, lo lógico es que el individuo de a pie a menudo acabe preguntándose ante estas contradicciones qué “yo” es el más real, cuál le representa más dignamente ante el mundo.

Ahora bien, sucede que por medio de esta concepción, determinados sujetos llegan a elaborar con especial ahínco una determinada faceta ante los demás, la cual, si los cálculos no me fallan, a veces evoluciona casi obsesivamente en un entorno circunstancial. Esta obsesión por el “yo”, no sería en principio patológica, o no tendría por qué ser eminentemente narcisista, pues bien podría progresar como una proyección adaptativa.

Llegados a este punto, mi teoría es la siguiente: por ser dicho entorno “circunstancial”, siempre puede suceder que este endeble territorio se desmorone, se rebele contra nosotros o nos rebaje. ¿Y qué pasa entonces con aquellos que han depositado toda o buena parte de su autoestima como individuos en el “yo” que solo puede mostrarse contextualizado en esas circunstancias? Todo depende entonces del temperamento del sujeto. Si posee la madurez necesaria, dejará atrás esta parte de su identidad, y rehará su vida en mejores circunstancias.
Pero puede suceder que no posea esa madurez o que, aun poseyéndola, las cosas empeoren todavía más. Y en caso de que el individuo no lograra adaptarse, empezaríamos a hablar de los primeros signos de enfermedad mental. Pues puede suceder que el sujeto permanezca confusamente aferrado a la faceta que le permitía ostentar cierto poder sobre los demás, aunque fuera de un modo sutil.

De ese modo, nuestro desafortunado individuo, comenzaría a “representar” de un modo descontextualizado el rol del que era cuando disfrutaba en su vida de unas circunstancias que se negó a considerar perecederas.

Este anclaje en el pasado, de llegar a ser obsesivo, podría provocar estados extremos de confusión, de ira, incluso de autodesprecio, ya que nuestro individuo portaría una herida tan profunda en su autoestima, que no podría racionalizar correctamente lo sucedido. Y, aunque lo logrará, luego tendría que depositar ese amor propio en una parte de su identidad que estuviera a salvo de los desmanes del destino.

De ahí que siempre sea preferible considerar más auténtico y más hermoso, a aquel desconocido que somos en soledad.

27 abr. 2011

Resumiendo



Ya no sé muy bien qué eres. Al principio, parecías un lienzo de sedas luminosas, y eras prácticamente rubia, y no sabías domesticar correctamente el piano del silencio. Luego... no sé, te sentí a lo lejos, diezmando la soledad y sus temores. Brillabas, pero yo aún debía llorar el aullido del suicida.

Entonces, sin saber por qué, te llamé a destiempo, y al cuarto día hablaste. Me hablaste como se habla uno por dentro.

Después pasó todo aquello. Y si la realidad fuera lo que vemos, ya debería estar llamando en otras puertas o jugando a los médicos. Pero a eso iba cuando te decía que ya no se muy bien qué eres. Resulta que estás en todas partes, y por eso te confundo con ese dios-espejo que todavía nadie ha visto. Tanta costumbre es lo que tiene...

Supongo que debería hablar con un psicólogo para razonar todo esto, pero es que aún estoy buscando al monstruo que el sueño de la razón engendra. Y parece que ni rastro: lo más parecido al ser de mi demencia que he visto hoy, ha sido a esa mujer gorda de la cafetería, la que devoraba celosamente un bocadillo de pollo con demasiada mayonesa.

26 abr. 2011

Amoral

Todos luchan sin descanso,
acelerando con violencia
el fin de lo existente.

Solo los amantes cruzan
las verdes colinas de la noche.

Solo allí, al otro lado,
la realidad ofrece otro sentido.

25 abr. 2011

Clarividencia

“Cuando el alma exige una respuesta,
no hay idioma que pueda cortejarla”





No exijas más respuesta, corazón,
ni vengues al llegar el daño
de tu propia incoherencia.
Aguarda, que ya tu niñez abarca
el juicio de la luz inestimable,
y toda tu importancia ignoras
si enardeces el ruido de la tarde.

Asume que esta entrega
es ya tu solo cometido,
y que solo amor profesas
cuando exiges la respuesta
que ya sabes.

Presente incansable

Tenían razón los parques:
el amor carece de pasado.
Su unidad es el día y sus hallazgos.
Su estructura es la del arte
casual, de irrepetible fórmula.

Amor tan solo abarca su futuro,
y el presente afronta solo
como íntimo espejo de blancura.

23 abr. 2011

Luz invisible


Sutil misterio, el de tu ir y venir por la trenza que nos une. Cada escena que tejemos, sugiere un coloquio con tu ausencia. Ya solo intento tener fe en las luces que no queman, rojizas impresiones sobre el fondo de mis párpados, de este inhóspito escritorio o de esa máquina de afeitar eléctrica. No es para menos... El alumbrado naranja de la calle, me recuerda que debo sonreír ante los astros. Y tú aún no lo sabes, pero eres heredera de Blake, de sus bodas entre ángeles y bestias.

Sutil misterio que la palabra no revoca, el de tus labios cardinales, el de llamarte siempre por tu azaroso nombre...

El muro

Tanta seriedad, tanto "yo mismo", y resulta que también había que jugar a ser otro para hacer disfrutar a los demás.

21 abr. 2011

Distancia

Llega la noche.
Me limito a observar
el qué de las cortinas,
confíando en ti.

El puente

Árboles, frondas, nubes.
Jardín solar, rítmico.
La luz danza en tu lugar,
y en lo demás te busco.

En lo demás o en mí.

La distancia ya te idealiza,
pero, de haber enloquecido,
de haber imaginado
aquel puente luminoso,
no te habría reconocido nunca.

Sea todo
simplemente como es
si me equivoco.

18 abr. 2011

Presentimiento

Hombre o ángel, desnudo en la proximidad de la esperanza. Ángel, charlatán, telépata de luces o de nieblas. En el límite de la materia, la difusa danza. ¿Y dónde tú? ¿Dónde, quién? Aún contemplas a este soñador, llamándole a creer en tu presencia. Y más allá los pájaros, buscándonos, buscándote, sentenciando la inocencia jubilosa de los aires. Ven, la luz apremia en todas partes. Y la noche se reduce al peso de la espera. Acércate... ¿No ves que el tiempo nos reúne en el espejo, en los parques y en el piano que, de tanto jugar a conmovernos, sin querer, se eleva? Ya los siglos susurran nuestros nombres. Ya la tarde podría terminarse. Y más allá, los pájaros, testigos impensables.

Tan solo de este lado, el aire. El aire que se expande fácilmente hacia el mañana.

Poética animal (retocado)

17 abr. 2011

Pertenencia

Cuántas veces creí mía la rosa.

Ahí se presentaba,
deseo indeleble
de carne en la sombra.

Cuántas veces yo ahí,
empecinado,
hambriento de algo
sin presencia ni forma.

Ahí palpaba un loco tesón
de juegos dispares,
y el actor inconsciente negaba,
pese a la furia del tiempo,
la distancia forzosa
entre las aguas y el hecho.

Ya sé: la rosa no pertenece.

Su aroma se abre tan solo
cuando un niño ciego
se piensa incapaz de cortarla.

15 abr. 2011

Tercera opción

― Y para usted... ¿el miedo es un sentimiento o una emoción?
― Ni lo uno ni lo otro.
― Luego...
― Hablamos de una filosofía, naturalmente.

12 abr. 2011

Ante un posible final o principio

El escenario es cualquier calle.
Mensajeros, los pájaros.
La brisa reconstruye el puente
entre ambos mundos.

No suframos más
de lo estrictamente necesario.

Si este dios aún merece
que adoremos sus nítido espacio,
nos regalará el destino
otro encuentro necesario.

Noche cerrada

Hay un momento para la miseria, el filo, la sombra acristalada del silencio. Un lugar que solo alcanzas tú cuando eres viento y en la noche juegas a asombrarme. Ahí también te pienso. Ahí soy también niño. Niño inconsecuente que no sabe si pretende reencontrarte o dolerte en todos los parajes que el azar devuelve a su apariencia. Imagina que ese niño te contara su secreto y que el mirlo más oscuro consiguiera comprenderlo. Imagina tan solo ese momento, y dime: ¿qué conservas todavía de esos días en que el sol se pone tras de nadie y una fuente se desborda de tanto sostenernos? ¿Y qué sabemos nosotros del amor, dime, de la flecha que, una vez arrojada, debemos perseguir a diario para razonar su movimiento?

Intenta contener la luz que necesita este misterio.

Y ahora dime qué sabemos.

11 abr. 2011

Exigencia

También el corazón, músculo de la impaciencia, llega a exigir la prueba que corrobore de una vez tanta clarividencia. ¿Y qué pueden hacer los otros a partir de ahí, si el cosmos tiene su propio ritmo de ocasiones y respuestas? Por más que uno quiera seguir sonriendo ante el pálpito de la dicha, sucede a veces que la luz choca vertiginosamente contra la materia, de ahí que el corazón, ciego ya de tanto andar sin premisas, se exaspere cada vez más consigo mismo. Sucede que a tanta ingenuidad no da sentido, y hasta la naturaleza que acoge su camino, puede parecerle su enemiga.

10 abr. 2011

Ligera luz

Un gesto mío,
solemne juego de manos,
solicita de ti la franqueza,
verdadera razón de este ascenso.

No es tan difícil, me dices,
sembrar ríos o cielos:
en el amor todo es certeza,
intuición del largo camino
cuya meta seguimos naciendo.

Y no hay más altura, ¿verdad?,
no puede elevarnos el verbo:
mientras jugamos a asirnos,
no necesita el sentir de argumentos.

9 abr. 2011

Anti-poema

Nunca más el héroe, no.
Ese idiota vanidoso
se cree mejor que el resto.
Solo el hombre corriente
que aún pretende comprender
lo que ya sabe.

El otro me tiene harto.

¿Por qué no le habéis dicho
que se calle?

7 abr. 2011

Iniciativa

(Para M., en mi defecto...)


Llamadme estúpido, simio o parapléjico, pero ya es oficial: no sé bailar. Cada vez que empieza a sonar esa empalagosa melodía, vuelve a pesarme el aliento, tergiverso los sueños y las faltas de rigor, y, aunque no lo crean, me arde un caracol en las axilas por cada vez que suena un vals, un tango o una opereta de pies ligeros. Sé seguir el fatídico ritmillo un rato ― solo un rato ―, pero la cosa se complica hasta la náusea cuando el deber me insta a prender por la cintura a mi pareja. Si de mi dependiera, al llegar a ese punto la sentaría aparte, y la sorprendería con una amable charla-coloquio sobre literatura europea del sigo XIX o sobre la épica de las intervenciones de fístula.

Cualquier cosa, repito: cualquiera, menos parecer el amo de la pista.

Es por eso que ya solo bailo con muchachas que, con o sin música, a cualquier hora del día serían capaces de hacer danzar un ejército de sordos tullidos por la duda o en papeles secundarios.

El rostro en el espejo

Hace no mucho tiempo, un joven sin rostro paseaba por una extraña tierra. Dicen que estaba iluminado por una feliz sabiduría y que, de haber tenido un rostro, hubiera sido un joven tremendamente hermoso. Paseando llegó hasta el claro donde se erguía un oscuro almendro, y allí se sentó a ordenar sus impresiones. De la nada apareció entonces una muchacha de aire triste y rasgos delicados. Inmediatamente, el joven se acercó a ella. “Ven conmigo”, le dijo. Pero ella, algo turbada, no reconoció al amante. Tan solo preguntó: “¿quién eres?”. Y después de un silencio de indecible significado, este le respondió abiertamente: “no lo sé, pero ven”.

Esa respuesta hizo que la muchacha, resuelta a averiguar la verdad, decidiera al instante aceptar la proposición del joven.

Durante un año, vagaron por aquellos reinos que solo el joven conocía, y fue tal la belleza de algunos de los paisajes que encontraron, que el corazón de aquella muchacha, mitad niña, mitad señora del silencio, comenzó a conmoverse ante la sabiduría de su enigmático guía.

Finalmente, los amantes llegaron a la tierra del Principio, que era el único reino donde la vida es vida y nada más. Fue entonces cuando el joven se decidió a sacar un pequeño espejo del bolsillo de su pantalón. Y he que al ponerlo ante la mujer que tanto amaba, ella al fin pudo comprender con claridad que, como condición a lo que sentían, ninguno de los dos podía poseer un rostro.

5 abr. 2011

Descartado

De acuerdo... Ya está todo dicho, pero necesito la revancha. Repartamos lentamente. Yo que tú, no me fiaría mucho de lo que dicen mis poemas. Mis versos tienden al exceso, estoy bajo el influjo del romanticismo suicida, y aún conservo un tres de corazones mordido por las puntas. Además, ten en cuenta que deliro cada día, de la mañana a la noche, y que escojo a mis amigos por lo bien que mienten. Veamos... ¿tú qué tienes? La calle nos espera, y de risa están temblando todos los faroles.

Pero sonríe, sé perfectamente que estás haciendo trampas... Cada vez que barajas, repartes esta mano. Pareja de inocentes. ¿A que no adivinas de qué palo?

Estrategia

Sí, soy un niño. Adoro jugar. En ese sentido, no creo que haya juego más exquisito, que el de tratar de parecer adulto. Por otro lado, ni que decir tiene que parecer adulto, implica un modo de enfrentar la realidad a vida o muerte.