30 sept. 2009

El paisaje en ti

Perteneces al paisaje eterno de la tarde.
Eres el otoño en esta tierra de espejismos,
el otoño que pasa ante mis ojos de niño
como el viento que se pierde por sí mismo
porque avanza, rumoroso, tras el mundo.
Eres luz y lluvia,
y lenta expectación de aire claro,
aire pleno de solsticios y preguntas.
Y la tarde siempre está en tus ojos, esperando.
Y el cielo, y un sol levísimo de octubre
se apoderan de ti en la mirada
que te sabe ya dentro del paisaje infinito.

Los días circulares

Ya no veo mi vida como un día a día. Es más bien una trama interminable de prodigios y alucinaciones. Por eso me preocupan los retazos —¡tantos! — que suman una soledad fingida y un despertar desperdiciado. Estoy lejos de los días circulares, mi camino se superpone al de un tiempo que en realidad no existe, que por ello se limita a transcurrir indefinidamente sin posibilidad de retroceso ni de reiteración en sus señales más simples. Cuando un solo día es lo que debe ser (una unidad independiente o una parcela infinita de vida por recomenzar), el tiempo cobra un valor simbólico, que cesa con la profundidad de las horas de sueño. Y he ahí la única muerte cotidiana. Mas no para alguien que sabe que el sueño tiene un componente ajeno a su voluntad. No para un insomne.

Tras años de medicación sigo sin habituarme a la realidad de un descanso artificial. Para mí no hay más muerte que la definitiva. Y el presentimiento de esta es lo que dota de un ínfimo sentido al tiempo que transito cada día.

29 sept. 2009

Donde faltas

Te busco cada día donde faltas,
y así supongo tu silencio tras el mío
y escucho tu palabra en mi palabra.
Veo una rambla vacía y somnolienta,
veo un parque sin amigos:
veo la verdad o el mundo.
Y pienso que has de estar ahí,
justo donde más faltas,
pues te busco mordiendo cada día
la última manzana prometida,
te busco, y al final te busco y no hay lugares:
estás, incluso, más allá de cualquier parte.
Y acaso sea eso lo que sienten
todos los que no saben esconderse
—si se alejan de sí mismos—
si se alejan cuando sienten la llamada
de un silencio irremediable como el tuyo.

27 sept. 2009

Ultrarrealidad

Tú que sufres las calles siempre grises
y los barrios donde la miseria se aparece
como un ángel cansado y sucio,
y también perdido, y asustado y triste…

Tú que observas tu reflejo en los escaparates
como si al final también supieras
cuál es tu verdadero lugar en el mundo
o más allá del mundo:
en esa realidad sagrada que,
antes o después, habrá de pertenecerte
como te pertenece cada día
la desoladora nada de estas calles.

Sé que sufres porque sabes
que la verdad es tan injusta como la mentira,
que en las calles el paraíso es una trampa
de jeringuillas y anuncios invisibles;
porque sabes, y eso basta mientras tanto
para condenarte a la inquietud más fría.

¿Qué será de ti tras esta noche,
si ninguno de nosotros se siente más culpable
de lo que en verdad somos por negarte,
por negarnos otro mundo?

¿Y qué será de nosotros si esta noche
no creemos más en la vana caridad de los mayores?
Ni en vosotros, ángeles sonámbulos
que pasáis por el mundo mendigando
una moneda silenciosa e inmerecida,
un resto de gratuita bondad sin condiciones.

26 sept. 2009

El lado roto del espejo

El día que para ser feliz
tengas que entretener a tus felices allegados
con la inútil narración de todas tus miserias,
cuando comprendas que un ángel
es devorado cada noche por tu odio.

El día que tus palabras sean ruidosas y solemnes,
acaso trates de contarles a todos
que hubo un tiempo en que tú también fuiste
elegido por todos, que por todos
fuiste escuchado y comprendido.

Y si caes, si fracasas,
si entiendes que en verdad no puedes,
que no pudiste nunca ser igual al resto,
si ese día llega como una maldición
imposible de eludir, y te delatas…
Ese día acuérdate de mí, piensa
que yo también estuve donde estás tú ahora,
en el mismo centro corroído de la nada.

Piensa en mí y entiende
que si alguna vez te pareció que mi conducta
era desproporcionada, soez o ridícula,
te diré que a día de hoy eso a nadie más le importa,
acaso porque a día de hoy yo también detesto
a todo aquel que ya no puede actuar de otra manera.

23 sept. 2009

Una educación para la vida

Educados en el íntimo concepto
de ocultar siempre esta soledad cómplice,
esta soledad enemiga, vértigo inocente
del que no comparte la mentira, ni discute
la razón que algunos ostentan febrilmente.
Educados como estamos
para el árido silencio que rompemos
sólo si atardece y sabemos que es verano.

...Y hoy quizá podamos suponer
que un día fuimos esos niños doblegados
por un orden más que sospechoso
—pues acaso el amor es a menudo
un extraño sentenciado a la vergüenza
de saberse todavía demasiado hermoso
para un mundo de celosas vanidades.

Educados en la farsa de ser otros,
de llorar a solas en hogares ya perdidos,
educados en el juego de ser niños
incapaces de callarse una verdad dañina.

Y aún tenemos tanto que aprender
de la muerte que en la noche conjuramos
y del primer amigo que perdimos
por ser también como éramos nosotros,
aunque tiempo ha también fuéramos extraños.

Hay tantas cosas de las que hablar con el pasado,
tantos caminos que andar hacia la vida,
educados como estamos por su misma mano
de secretos, dudas y detalles terribles:
tal eternas luchas que muchas veces añoramos
al sabernos privados de cualquier supremacía.

Lo terrible

Todo lo que alguna vez ha sido
—el viento contra ciertos árboles de lluvia,
las ventanas ante el mar, el mar...
el tiempo que no reconocimos en la duda—.
Todo lo que el recuerdo sabe suyo todavía,
hoy se asemeja a esa vieja intención
que deduzco siempre oculta en el poema,
y que tal vez consista en idealizar
todo aquello que entre los días ya he perdido,
todo lo que no quiero olvidar
en este día tan común
de un septiembre cualquiera.

(¿Y qué distancia queda por salvar
entre el verdadero mar que sabes
y la perfección más consciente
de ese otro mar que ya no existe?)

Dadme un tiempo nunca usado,
que todos los relojes se detengan
ante un futuro que ya es siempre
la íntima promesa de otro mundo.

Dadme el tiempo que he ganado
luchando con las horas más fugaces
por tratar de retener la vida y la esperanza.

Que todo lo que alguna vez ha sido para mí,
acaso guarde en su silencio
la extraña perfección de lo terrible.

22 sept. 2009

Sueño de amor

Martes, 22 de septiembre de 2009

Ya no tengo sueños de amor… No lo digo sólo porque tal vez no los tenga, que en verdad no los tengo. Lo que pasa es que he estado escuchando a Liszt. Invito a cualquiera que de cuando en cuando le de por escuchar música clásica a escuchar una pieza de ese mismo autor con ese mismo título: sueño de amor. En inglés, love dream. Sí… parece que otra vez me dio por la melancolía. Es mi sino. Y otra vez, ay, estoy escribiendo un diario para los demás. Seguro que se trata de algo patológico. Estoy escribiendo para mí o… Bueno, lo que sea.

Empecé escribiendo para aligerar la soledad. Sí. Eso. Pero al final qué importa si lo que escribimos lo hacemos hacia los demás o hacia nosotros mismos. Nosotros mismos somos cómo los demás. Si escribo para mí escribo para todos. Y si escribo para todos también escribo para mí. Y si esto que acabo de decir fuera totalmente cierto, ya sería poco menos que el gran poeta de las masas. Exacto, querido Diego: no lo eres. Mi poesía no es como la música de Liszt, no puede llegar al corazón de casi todo el mundo. No. ¿Verdad que no? La poesía, que diría mi también querido Borges, ha de coincidir con anterioridad a la concepción poética del lector. Lo sé porque es inútil intentar hablar de amor con un hooligan. Y si en verdad lo sé, es porque lo he intentado. He intentado ya tantas cosas inútiles.

Pero yo quería hablarles, hablarme o hablarnos de lo terrible que es dejar de tener sueños de amor. Si bien es cierto que sigo amando a determinadas mujeres, ya no sueño con ninguna en especial, por lo menos no del modo que me trasmite la citada melodía de Liszt. Digamos, sin entrar en más detalles, que todos mis sueños en esos términos se limitan a tener fantasías sexuales del corte más corriente que algunos ya se puedan imaginar. El sueño de amor del que les hablo destila cierta pureza, cierto grado de inocencia que acaso sólo pude entrever en mi adolescencia. En aquel entonces conocí a determinadas “mujeres” (a mí, por aquel entonces, me parecían mujeres) que me contentaba con escuchar o con hacer reír de un modo igualmente ingenuo.

Y empecé escribiendo para aligerar la soledad… Eso no sé si es del todo cierto. Creo que también empecé escribiendo por amor. Enamorado como estaba de cierta señorita de porte etéreo, no podía por menos que dedicarme a hacer versos de rima fácil y un tanto cursis. No conservo ninguno de aquellos poemas, de lo cual, si sigo el ejemplo de Reinaldo Arenas —el cual se sentía afortunado de haber perdido todos sus textos de adolescencia—, digo que si sigo su ejemplo, su actitud como escritor, puedo sentirme aliviado de no conservar aquellos poemas que, por lo demás, seguramente fueran tanto o más pésimos que los de el poeta con el que me estoy comparando. Ah, la adolescencia. Tengo muchos amigos que no asumen haber abandonado para siempre esos años, los de la irresponsabilidad, del deseo sin forma, de la locura fingida como forma de supremacía. La edad dorada del deseo, de los versos de amor escritos sólo por amor.

Es triste sobrevivir a todo eso. Triste como no tener sueños de amor. Yo diría que es tan terrible como la adolescencia en sí. Sólo que aquellas primeras formas de sufrimiento emocional coincidían plenamente con el ideal de tormento romántico… Entonces: ¿los artistas románticos eran inmaduros por definición o ciertos adolescentes están abocados a soñar con Liszt antes siquiera de haberlo escuchado por primera vez?

21 sept. 2009

Apunte para el primer olvido

“El río de la verdad va por cauces de mentiras”


Retuerce la verdad, retuércela.
Que al final sólo seamos
solemnes marionetas, conscientes
del cálido trasmundo de esta luz.

Regresa por el verbo primigenio
que buscas en el fondo de tu voz.

Regresa.

20 sept. 2009

Blanco

Para ser niño todavía,
olvida que una vez
fuiste ya niño, y juega:

se de nuevo la inconsciencia
de ser nada más que tú mismo.

Aprende cuanto puedas
de los últimos amigos de la infancia,
y juega, porque para ser niño todavía
hace falta tener héroes increíbles,
ejemplos inmortales que en verdad sean
tan normales como uno.

Pero juega, que ser niño todavía
implica enamorarse de los charcos,
buscar siempre las respuestas de esa lluvia
que cae desde una altura incalculable.

Juega todavía a ser
eterno como el niño aquel
que ayer quería parecer
idéntico a cualquier otra cosa.

Para ser niño todavía,
olvida que una vez
fuiste ya niño, y corre ya sin miedo
hasta donde nunca ha llegado nadie…

Verde

Estuviste conmigo el tiempo indecible
que dura una vida en lo alto.
Estuviste conmigo esperando…
Mas qué oscura es ya tu ausencia, amor,
se parece tanto a ese sentimiento extraño
que no debería haber medido nunca.

Nunca… Es la última sentencia definitiva.
Nunca más contigo. Nunca más tu mano.
El tiempo en que esperar es largo.
Y breve será siempre el amor que hemos ganado.

Pues todo consistió en arder hallándonos.

Y ahora la vida y su ritual sagrado
de imposibles desencuentros, de sombras,
de extraños milagros; ahora el despertar:
todo ha de caber de nuevo entre mis manos.

Ahora, comprender la vida;
aprender quizá de lo pasado.
Insistir a diario en la entereza
que a veces nos sorprende
latiendo en el interior de cualquier llanto.

Ahora la vida, nunca más sufrirte tanto.

Pues me dejas la luz, la experiencia,
el consuelo de haberte hallado en este mundo.
Ese mundo que has dejado abierto
a la posibilidad de amar sin tiempo,
y, pese a cualquier dolor,
teñir la vida de la más insólita belleza
al tratar de creer en lo que siento.

19 sept. 2009

Rojo (II)

Ciertas noches la sangre se despierta
arrastrando su roja melodía delirante.
Y el cuerpo, entonces,
despacio se impacienta.
Y el aire que nos falta no es de nadie.

Noches que acarician este ímpetu feliz
de trémulo esplendor sobre la carne,
que añaden un barniz de extraño tacto
a la misma piel que así se encuentra
respirando contra otra piel ingobernable.

Y ciertos juegos consisten todavía
en perder la noción aprendida
de las normas que inventamos sin querernos.
Ciertos juegos son la vida
que desperdiciaremos en treguas
tan terribles como cualquier descanso.

Pues ciertas noches son la noche
en que el silencio prende con palabras
que encontramos al sabernos en el frío.
Y ese calor que nos cruza la sangre.
Y esa verdad que no entenderemos a medias.

18 sept. 2009

Rojo

No hay silencio: te tengo todavía,
y aún debo saberte viento,
canción que arda aunque la lluvia duela
y se esconda de mis manos en tu cuerpo.

La carne es un mundo en fuga de dos vértigos.

Y la soledad es extraña como el tiempo
que empleamos en soñar con otra vida.

No hay silencio,
no sabemos contentarnos, si caemos,
con finales infinitos, pactados en secreto
bajo la fría impotencia de los sueños.
Pues el ruido siempre recomienza,
consumiendo todo lo que somos
alimenta los sentidos
con nuestros últimos restos.

Mas juguemos en la noche con el fuego,
que en la noche perderemos este miedo
a sentirnos solícitos o culpables
por lo que no hemos sido nunca.

Juguemos a tenernos todavía.

Que todavía aguardo el momento aquel
en que volver a buscarte ciegamente
por las rojas calles que conducen al delirio.

17 sept. 2009

Niñez indecisa que solías decantarte
por esas largas tardes de la prisa
sin tiempo calculable.

Niñez sola, favorita niñez inevitable.

Aunque el tiempo no detenga sus avances,
tal vez yo habré de reencontrarte
para hacer de ti otro juego perdido ya sin nadie.

Aunque seas tan sólo el pasado del amor…
del que aún guardo sin probar
el mismo fruto oscuro de los años fugaces.

Niñez, niñez eterna que vives por el aire:
llora y exige —si sufres sola este futuro—
realizar tu inocente deseo de crecer amando.
Que hay quien sigue creyendo todavía
en la sencilla libertad de anhelo
que siempre has demostrado para consolarnos.

15 sept. 2009

He pintado un duro invierno de imposibles
en las últimas ventanas de mi casa.
Nieve en mis palabras y en mis años.
Blanca nieve vieja sometiendo la mañana.

Y qué cansado…
Buscar la lluvia en los tejados. Caer.
Vivir como si todo fuera un epitafio.

Por eso hoy, querida hermana desatenta,
soñando te devuelvo una vez más, tristeza,
a tu mundo de versos y silencios estudiados.

Me pesa demasiado esa hermosura perfilada
con trágicas renuncias sin sentido,
con sombras que interpreto de modo exagerado.

No sabes qué cansado me resulta
oírte amenazar el feliz vuelo de los pájaros,
y ver cómo te olvidas, vergonzosa,
de los buenos amigos y del alto cielo de verano,
y de las calles luminosas que hoy anuncian
un nuevo lugar donde dejar viva la memoria.

Vete para alejar de mí esa tierra furiosa.
Déjame soñar aún esos días preciados
que yo también podré vivir si tú,
antigua compañera insoportable,
regresas de por vida a tu destino
de cálidos amores y canciones amarillas.

De nuevas alegrías y soles renacidos
al abrir soñando la desnudez de mis manos.

Pues se trata solamente de vivir buscando.

14 sept. 2009

Falso poema

Aún hoy somos seres imprecisos.

Y, aunque es lo más normal suponer
que la luz primera que ha nacido en la palabra
es también la verdadera luz en sí misma,
ciertas noches me desvelo pensando
que todo cuanto debo haber escrito
imita la débil irradiación de una pálida vela.

Una vela corriente, cuya efímera luz
iluminaría esta oscura realidad
con más fuerza que cualquiera de mis poemas.

Por eso, aunque hoy seamos nada más
que confusos seres imprecisos,
creo que uno debe escribir
con la fatal convicción perpetua
del que acaso pueda iluminar la noche
con la misma luz que lo ciega.

13 sept. 2009

Pequeños mundos

Es mi mundo un lugar pequeño,
un rincón sin nombre,
ínfimo sueño de verdades y luchas,
hogar oculto de espejismos y duelos.

Y acaso sólo yo quepa en mi mundo.

Yo y la difusa noción que tengo
de un orbe mucho más grande que el mío.

Mundo único,
este que apenas mantiene con vida
a millones de seres dificilmente unidos,
extrañamente idénticos, sombras en la sombra
que quisieran habitar su propio mundo
para no formar parte de esa deuda terrible
que todos mantenemos con la felicidad futura.

Y a veces yo también siento girar
un loco dolor subterráneo, una herida
en el interior convulso del orden:
es el sistema devorando a sus hijos,
reflejo común del dolor de todos,
del mal de cada uno.

Dolor frío de sangre insensible,
que parece ocupar por completo
esa febril abstracción
que ya sólo podemos llamar
realidad absoluta o infierno.

12 sept. 2009

Apunte para un fracaso

Si hoy triunfara la ancestral belleza
de ese fuego que lentamente se hace brasa
—el espectro de la poesía, error de dios,
que ya casi no quema a quien aún trata
de hallarse a sí mismo en sus caminos—,
si este oficio resucitara de su sueño,
si otro ángel nos llamase a soñar en el infierno:
¿quién sino tú, lector cansado de estos juegos,
podría hundir tal ímpetu de nuevo en su silencio
para que esta noche fuera sólo la evidencia,
el fin convenido de tus horas, tu último refugio?
La poesía agoniza en todos los relojes
que ya marcan la hora infinita del olvido.
Y para los que han sucumbido ante su llama
ya no queda ningún otro paraíso posible,
salvo aquel confín que un día arrasaran
el deseo y la necesidad de un mejor momento.

La música

Tardes que podrían dividir el mundo
llenándolo apenas de cualquier futuro,
pequeños horizontes de un segundo,
horas infinitas para esa feliz anestesia
que el ocioso verbo del poema
no podrá describirme de nuevo.

Y sólo algunos días, la música.

Irrepetibles notas resonando entre nosotros.
Tristes canciones de amor,
inaudibles, tristes, casi odiosas.

¿Es siempre la misma música imperfecta,
que nace sin quererlo de la nada,
justo en el inmenso espacio que nos falta?

Dancemos, pues, al viento en esta tarde,
sigamos el ritmo colérico de ese caos luminoso
que juega a contrariar nuestros silencios.

Dancemos. Que la música del mundo
no pase de largo ante nosotros,
que no se nos olvide el sueño de elevarnos
entre la común pesadumbre
y el hastío de calles otoñales.

Que tu paso tras esta hermosa locura
sea siempre más ligero
que la tarde eterna en que encontrarte.

10 sept. 2009

Todavía es

¿La miraría yo con los ojos de la fatalidad?
Si acepta la verdad más descarnada,
ninguna mentira debería hacerle tanto daño.
No sabe nada de pájaros inocentes
que cantarán sólo para ella
la primera y última eternidad.
Y me duelen sus fantasmas infantiles.
Pretendo curarla con palabras extrañas,
pero yo no soy su buen ángel, no sé gritar
la verdad que sólo ella entendería.
Y el tiempo continúa repitiéndose
para que hoy tengamos verdadera fe
en algún futuro que no existe.
Dice que me echa de menos esta tarde…
Creo que anoche soñé con su cuerpo definitivo,
buscábamos caminos y el camino era la nada.
Dice que está sola cuando ama, porque sueña.
Y yo asiento que esa blanda soledad
se parece un poco a mi vergüenza.
Pero ella habla desde algún lugar posible.
Y sueña. Y sabe que la noche es todavía.

8 sept. 2009

Con los ojos abiertos (el mal menor)

Este triste equilibrio
que a duras penas mantengo con el mundo,
sólo ha de sostenerse si cada día regreso
a la templada conciencia
de mi propio vacío moral,
signo del vital juego sombrío
que estos años de escepticismo
asientan, lenta y fácilmente,
en el oscuro interior de cada uno.

Y no consiente la balanza de mis semejantes
que ninguno de nosotros sea hoy distinto al resto.

Cada día renunciamos a ser únicos,
olvidamos nuestra humana forma de dolernos,
hasta que el común vacío de la indiferencia
nos iguala en todo en cualquier parte,
y casi para siempre somos alguien que no ha sido.

Pero hubo un tiempo en que las calles
eran escenario de altos soles vagabundos,
de amigos inocentes que jugaban
al más terrible de los juegos futuros:
aquel que pierde siempre el que más sufre
a fuerza de no entender lo que ha perdido.

¿Y qué hacer con esta memoria dividida
entre la alegría y la sombra, qué hacer
con la palabra que trata todavía de vengarse
de todo cuanto no hayamos comprendido?

No quiero olvidar. Por eso mismo escribo
sin tratar de claudicar ante el rencor
ni ante la humillada conciencia de mi propio vacío.

Es ese el triste equilibrio que persigo.
Y aún está en manos de cualquiera
negarlo desesperadamente
o tratar al fin de compartirlo.

7 sept. 2009

Memoria de un amor

La misma pasión
que hemos desperdiciado luchando,
retorna en una mirada desnuda
si nuestros ojos, a solas con el ayer,
se corresponden recordando esa luz
con cansada ternura.

Nuestras cenizas son el fuego
que arde, invisible,
en las noches de ausencia.
Y hoy estás en las fuerzas que he sido,
con la misma intensidad de una imagen
traída por primera vez al tiempo de la infancia.

Te pido que tengas en ti la sombra terrenal
que fue en toda claridad mi corazón.

Y está escrito que ya hemos aprendido
a oscurecer los vanos límites del cielo,
que, con tal de alcanzar la altura de un buen verso,
fuimos capaces de romper soñando
la inútil simetría de las horas,
negando siempre la verdad del último momento.

3 sept. 2009

Asunción del fuego

No hay salvación en la poesía,
tampoco en los bosques melancólicos,
ni en el secreto espectáculo del amor,
que quisiéramos presenciar por siempre.
Ni para el inocente adolescente borracho,
que así trata de disfrazar sus heridas,
ni para el corazón que aprende sus fábulas
hablando cada noche con la muerte.

Y la condena está en todos nosotros,
dibujada con sangre en nuestros sueños,
la condena son los ojos del silencio
cuando ven la verdad más allá de lo que callas.

Porque los días pasan presurosos,
y en su estela van los oscuros restos
que la luz deja si se desvanece en todo.

Porque la salvación no es más que un sueño
de locos condenados a no despertar nunca.

Y si has de soñar, recuerda que la vida
no entiende de imposibles ni de sombras
hastiadas de esperar la blanca luz del alba.
Si has de soñar,
sueña entonces los placeres fortuitos
que perdieras al creer en dioses que no existen.

Y, si por ello has de sufrir,
piensa que en verdad no hay salvación posible.
Y que, por tanto, tu única opción es arder
en la vital celebración sin fin de tu agonía.

2 sept. 2009

El ruido de la sangre

Ya no es momento de sufrir en vano,
ni de llamar la atención de ciertas calles
llorando el ruidoso llanto de la infancia.
El dolor acompaña siempre a la inocencia.
Pero hay heridas que olvidar andando,
esperanzas de un verano abierto al sueño
casualmente vivo entre tus manos.

Y el dolor te empuja, fuerza abigarrada
que niega ese vacío impuro,
espejo de la verdad que tanto echas en falta.
Todas tus heridas se oponen a la muerte
con la intensa desesperación de lo que amas.
Y sufrir es la única manera de aferrarse
a una vida que se difumina lentamente…
Y mientras crees que el vacío es experiencia,
la noche te recuerda que la nada es el principio
y que al principio regresan siempre los que sufren.

Pero esas manos sujetarán siempre el peso,
sagrado e invisible, de una orgullosa belleza,
vanidad sangrante o compasión desnuda
que el alma siente dentro todavía,
cuando se rebela contra la definitiva ausencia
que el dolor a veces nos anuncia.

recuento de casualidades

El hermoso poema desnudo de intenciones
que esa buena noche imprime en tus silencios.

El estío, que aparece en todo lo que nombro,
con hermética apariencia de nostalgia.

Las tardes que he soñado con ser viejo.

El alba, mineral de lo posible,
que no termina nunca de formarse
en la gruta sucesiva de la sombra.

El cielo y la tierra que he perdido.

El ángel que esperé mientras callabas.

Todo esto lo sabía cierto
hasta el día señalado en que el azar,
deidad olvidada por los muertos,
dispuso ciegamente de mi vida.

1 sept. 2009

Oración triste

Ruega, mujer, por este charlatán furioso,
por ese cobarde tan valiente
que hay en mí y en cada uno de nosotros.
Ruégale a ese dios decepcionado
que sueña con parecer un justo cataclismo,
dios o sombra, bestia o arcángel.

Rézale al amor o a la luz definitiva.
Inventa una pequeña oración
para el que yo nunca podré complacer
porque en mi interior no existe.

Porque es verdad que hay noches
en las que al olvidar el mundo muero,
el silencio del mundo me acorrala
bajo absurdas sombras de impotencia.

Porque hay muertes que son sueño,
ruégale a ese dios que has comprendido,
pídele un quizás, un porqué
o cualquier signo feliz de un todavía…

Que aunque tú tampoco creas ya en él,
aunque dios sea tan sólo
la inocencia idealizada de la culpa,
sé que la niña que hay en ti quiere creer
que yo aún puedo despertar
en mitad de una vida no vivida,
a una vida por vivir de nuevo todavía.

(...)

Cuánta vanidad hay en el corazón de quien formula soberbias hipótesis sobre la muerte. Y es aún peor en quien cree que puede contradecir tales teorías.