los hijos que no tuve — y que jamás tendré —,
a diario me agradecen implacablemente
todo el mal que ya nunca causaré
sobre su mentalidad adulta.
También yo les agradezco
el haberme concedido la liberadora experiencia
de no haber tenido que cuidar de ellos,
convirtiéndome así
en mejor padre de lo que jamás habría sido.