sobre el yo



Ciertas corrientes artísticas de corte trascendentalista defienden, aun hoy día, la pureza espiritual en la idea de un yo verdadero. Este tipo de planteamientos deberían sernos familiares, por afirmar que ciertos aspectos de nuestra identidad están dotados de una sustancia que afirmamos verdadera en oposición a otros aspectos del yo, que, sencillamente, no parecen correspondernos.

Plantear esto quizá no sea solo una cuestión espiritual, casi se diría que es una argumentación de índole estética. Pero lo interesante del caso estribaría en un planteamiento casi opuesto: en la cómoda posibilidad de que no haya faceta alguna más real que ninguna otra que acaso debiéramos superar. Así, podríamos suponer como cierta la creencia que pretende constatar que siempre somos nosotros mismos, sin mayor posibilidad de error, ni otra tentación similar de pérdida.

El único problema es que el citado argumento quizá sea demasiado hermoso para ser cierto. Para afirmar que la totalidad del yo nos pertenece de algún modo como tal, tendríamos, simplemente, que creérnoslo en la misma medida en que a veces podemos considerar más cierta una determinada expresión del yo que cualquier otra que, por poner un ejemplo, nos parezca menos hermosa por el motivo que sea.

La cuestión es que para creer firmemente en algo, nuestra psique exige que haya alguna premisa opuesta a definir como falsa, en contra de la cual apoyaríamos nuestro concepto de verdad. Este tipo de conflicto filosófico está a la orden del día, y creo que a nadie le será del todo desconocido tal planteamiento dialéctico.

De ese modo, el considerar que todo cuanto somos es, tanto en nosotros mismos como en nuestros semejantes, igualmente verdadero, podría llevarnos, paradójicamente, a la creencia inversa, la cual consistiría, después de darnos cuenta de que no hay argumento contrario frente al que definir esa identidad absoluta, en la negación total del ser, con la única intención de mantener en pie tal categoría absoluta del yo.

Si todo lo que somos es igualmente verdadero, también podremos afirmar que nunca estuvimos presentes en la suma total de nuestros actos, ya que en caso de ser cierta la primera afirmación, el yo sería una unidad tan evidente en nuestras vidas, que pasaría completamente desapercibida toda expresión genuina de la misma. Algo así podría parecer cierto mientras obviáramos el hecho de que no todo en el cosmos de lo humano parece ser igualmente válido.

Al menos, no en la medida en que ciertas actitudes pueden ser superadas por nuestra propia capacidad evolutiva.

Añadir, para terminar, que el yo verdadero es una concepción interior y, por tanto, propia de aquellos que de algún modo pretenden perfeccionarse en la dirección que consideran más cierta frente a un mundo, el nuestro, cada vez más hueco y más confuso en sus apreciaciones cotidianas sobre lo que somos.











Soliloquio para una tarde de lluvia

Aún puede suceder lo peor.
Me dedico a discutir conmigo mismo
el alcance impredecible de cualquier casualidad.
Y es inútil. Si alguna vez pude entrever
la difícil promesa que a solas empezaba,
fue solo en la misma medida en que anhelé
ser también yo de mi supuesta estatura.
Aun así, aunque el destino se correspondiera
con la visión interior de mi propia esperanza,
siempre, en algún lugar próximo a la nada,
podría estar esperándome ella, la desgracia.
Porque no sé si el futuro importa demasiado,
pero acaso la solemne intuición de la fatalidad
sea otra forma de pesar estas palabras
que tiendo a rebuscar de forma necesaria.

Y la única tragedia verdadera
estará sucediendo todavía
muy al sur de mi propia inconsciencia.
Esta tarde, lo demás es solo lluvia y aire.
O tal vez nada.

No querer

Si aún deseas algo más de la persona amada,
comprende que quizá aún no quiera entregártelo.

Lo que no queremos ha de estar por encima
de lo que tanto anhelamos inconscientemente.
Al menos, así debería ser. De lo contrario,
el fin justificaría siempre la violencia del medio.

Si consumar el deseo verdadero
de algún modo consiste en presentir el placer,
realizar lo que no queremos
también supondría el padecer de nuevo
otra vieja forma de sufrimiento distinto.

¿Y qué es más importante?
¿Obtener tal placer o evitar el dolor?
¿Y evitar el dolor no puede ser también
otro aprendizaje perpetuo del placer?

Puede ser.

No querer sería entonces
otra forma más certera
de anhelar un placentero vacío.

Idealización de la costumbre

Antes de preguntaros si tan bella es la rosa,
preguntaos qué es la rosa en sí misma.
Si bien su esencia última ha de seros esquiva,
sabréis que la rosa en sí no es más que el objeto
que vibra encarnado en su propia belleza.
Entonces, hacedla arder en su simple misterio,
negadle la hermosura que dierais por cierta
desde el día en que amar flores o formas.

La rosa en sí:
¿no ha de ser más real que la idea
hoy descrita en el mundo
por tantos siglos de juicios inútiles?

Ha de ser, incluso, más real que nosotros,
que urdimos vanas construcciones mentales,
contempladores cansados
de tanto añorar esa imagen
que nuestra propia costumbre ya vela del todo.

Tres aforismos para la madrugada

Solo el ingenuo y el descreído se niegan a reconocer la verdad.


A veces me da por leer para intentar recobrar algo, no sé muy bien el qué, que hace tiempo siento perdido entre los pliegues de una felicidad que bien podría ser fingida.


¿Si no me lamento furiosamente por la dignidad perdida, cómo voy a poder defender el otro poco de dignidad que aún me queda?

Beneficios de la poesía

No voy a negar que la actitud poética
es casi igual de necesaria
que la misma poesía del poeta.
Respirar el aire contaminado
tras la sombra opresiva del fracaso,
desenmarañar tanta palabra omitida,
transitar mañanas fantasmales
con ansiada posibilidad de pérdida.

Pero, sobre todo, no claudicar nunca
ante la atractiva incertidumbre,
esa vanidad artificial
del actor que representa sus virtudes
algo mejor de lo que fueran.

Solo la humilde certeza del poema
debería dejar su fuerza abierta
sobre la desnuda frente de la inconsciencia.
Y eso habría de bastar a quien comprenda.

Cualquier lector puede ser también el héroe.
Cualquier poeta, el aprendiz anónimo
que haga de su vida una proeza,
oculta la mirada fija en el poema.

casualidad

Ya se han desvanecido
los mismos signos azarosos:
la senda apenas infinita
se pierde hacia la noche periférica.
Tras las grietas de la mente
se adivinaban los rasgos
de no sé qué casualidad casi incomprensible,
aunque evidente
como el ser que nos habita.
Señales. La vida eran señales
sin verdadero sentido,
señales que debimos apreciar
como un suceso universal
que acaso siempre ignoraremos.

Y el misterio es a veces ese juego
sin reglas ni oponentes conocidos:
tan solo el dios que antaño fuimos,
expuesto cada día a las creencias
de quien no sospecha lo real.

El extraño

(Vuelvo a publicar algo de hace, tal vez, demasiado tiempo. Espero puedan perdonar los defectos que puedan haber todavía en el conjunto del texto, pues para mí aún pasan desapercibidos)



A diario algo se detiene y cambia.

Y de inmediato resulta la oquedad,
divisoria fuente que ahonda en el hábito
de preguntarle otra vez a la sombra.

Entonces, marioneta del sueño, inquiero…
(algo se detiene y cambia, entonces veo)

No sé cual será el fin de mi recinto,
de mi espacio contemplado desde antes.
Antes yo pretendía mis pasos,
sin prestar atención al camino errado.
No sé desde cuándo, ni hasta dónde
fui avanzando por entre los pasillos
de una oquedad más vasta que este imperio.

A diario me interrogo acerca de este modo,
de esta fija imposición de hacer las cosas…
Duermo, amo, lloro…
Mas mi conducta es igual a la de otro
que ignorase su existencia difícilmente ajena.
Si me detengo, si razono la huella antes que el paso,
puedo discernir un rostro inhumano
que cavila su tristeza en el interior del recinto.

Mi espacio, fría posesión de noches en vigilia,
está habitado por la curiosidad de un extraño.

Nada ha cambiado. Solo que ahora
me queda menos tiempo todavía.
¿Nostalgia? La misma que afloraba
si el alba me encontraba al ser yo mismo.
Ahora la luz me invita al juego,
insensible y demente,
de observar lo que he perdido
por vivir a ciegas con la noche.

No hay juegos ni manzanas
que acaso puedan devolverme al paraíso.

La fuga de mis horas es el alba
cuando llega al mismo punto
cardinal de la memoria.

Juego del elegido

Amparándome en la posibilidad
de que nada de esto sea cierto,
reconstruyo en toda soledad
el espejismo vano de la gloria.

Y sueño un difícil sueño:
convencimiento casual
que hoy hace de la vida
un loco juego,
ajeno, incluso,
a cualquier otra derrota.

Me amparo en la común debilidad
de no ser más que otro invento de la historia.

Rebelión

Todos lo sabemos:
algún día será el día
en que despertar
definitivamente
a una noción más cierta
de lo que pudo haber sido.
Qué importarán entonces
el tiempo empleado
en luchar contra molinos,
o el rostro entenebrado
por la más vasta decepción.
Qué importarán el pasado
o el presente verdadero,
si ya ni siquiera
podrías suponer otro futuro.

Y lo primordial, te dirás,
no es en sí admitir la derrota:
lo peor será ignorar siempre
de qué otro modo
pudiste haberlo conseguido.

Ármate, pues,
contra la posibilidad misma
de ser solamente
la misma realidad que eres.

Así, de llegar el supuesto decisivo,
pensarás también
que quizá pudiste haber sido
ese otro que desde hoy podría
confabularse contra el destino.

Arrepentimiento

Quizás no quieras oírlo.
En verdad, no debería contártelo.
He perdido el pudor: soy alguien.
Estoy solo con mi sangre,
escucha: estoy solo.
Quisiera amar, incluso,
hasta lo más falso,
llorar de plenitud o de importancia,
morir sin atavíos: feliz, descalzo.
Soy alguien, y aún puedo ser más…
Ser yo mismo, indecente, cansado.
Le he dicho al árbol mi secreto.
Y el árbol me ha escuchado.

Ahora todos dicen saber quien soy.

Pero quizás no quieras oírlo.
En verdad, no debería contártelo.

Autorretrato



Hoy hace mucho tiempo que me aparté del camino. Mas el relato de una vida desperdiciada ha dejado de ejercer sobre mí cualquier atisbo de consuelo poético. Hoy mi noche es tan larga como la de cualquiera. Debo decir que el buen ángel que aún me guarda, deplora estos excesos de realidad, pero también es cierto que me convertí en marioneta de los vanidosos, que me rechazaron mujeres demasiado hermosas y que, en más de una ocasión, me golpearon hasta la extenuación del alma.

Acaso esta os parezca una confesión mediocre, como tantas otras que no terminan de conmover a quien no comprende. ¿A dónde quiere llegar este caballero, hasta dónde es capaz de jugar con la paciencia del lector? ¿Por qué apela tan negligentemente a los sentimientos de quien le observa? Si, quienquiera que me esté leyendo, está pensando eso mismo, es que está siendo demasiado generoso con mis palabras. O no. Lo que quiero decir es que uno siempre es libre de dejar de leer cuando le apetezca… ¿no es así?

Por tanto, me tomo la licencia de no perdonarme, de acusarme, de atreverme a ser la víctima, que es, al fin y al cabo, lo que a todos nos apetece ser a ciertas horas de la noche. Porque puede que en ciertos momentos de la vida, en verdad seamos eso mismo: víctimas inocentes de un juego demasiado terrible para ser solo un juego.

Bien. Creo que he vuelto a romper el hielo. Espero que haya más en lo más profundo de su alma, porque les va a hacer falta para sobrevivir a tanta tragedia como la que guardamos allí, en lo más cierto de nuestra común experiencia con la desesperación.

Pero yo también quiero saber por qué. Por qué la desesperación nos empuja a explicar aquello de lo que nos avergonzamos. Y supongo que aquello de lo que nos avergonzamos es la desesperación misma. Yo hace mucho que me aparté del camino, y de ese mismo argumento pretendo hacer otra vía para mis metas. Lector, te lo cuento a ti porque sé que alguna vez te sentiste destinado hacia algo más grande. Todos los que tienen el vicio de la lectura se sienten alguna vez en esa tesitura, aunque solo sea durante esos breves segundos que lindan con la inconsciencia total de uno mismo.

A veces es una calle soleada; a veces, el ritmo de la lluvia que golpea de modo nostálgico la lejana intimidad de la conciencia, pero todos hemos llegado a sentirnos parte de un algo más grande que nosotros mismos, dentro del plan que la realidad le reserva a los que son diferentes. Porque, acaso, el ser diferente solo consista en sentirse como tal.

En cualquier caso, solo hay una cosa de la que avergonzarse, y yo creo que es el llegar a comprender que no hicimos las cosas tal y como debíamos, ni para nosotros mismos, ni para con los que nos han acompañado fielmente en algún momento del trayecto. Y al final, ya sabemos todos que ambas diatribas se parecen demasiado. Y por eso mismo hay que ir hacia delante, ¿verdad? Siempre hacia delante, siempre con el furioso viento que guía a los desesperados. Y que el buen ángel nos ampare cuando el ruido de las horas se haga tan insoportable, que no merezca la pena seguir hablando, ni siquiera para explicar aquello que nos causa tanta vergüenza como para no querer ser nosotros mismos.






En préstamo

No deseo más que el mismo ritual
abierto a la belleza, constancia del poema
que aniquila la noche con su cuerpo.
No, la última palabra no puede perdurar:
los blancos metales del delirio
han de tañer en el destierro
al evocar solitarios ecos que son música.
El poema no puede perdurar
mientras la incierta fábula del verbo
consista, todavía, en retomar la luz
que copara este futuro
de ángeles distantes y tácitas preguntas.

Mejor así: aún quiero pensar que es preferible
que el poema se pierda siempre en la tiniebla.
Que la belleza de todo lo esperado
igual de fugitiva sea que la vida.

Solo entre tantas sombras únicas y efímeras
ha de tener sentido un tiempo
ofrecido cada día en préstamo no dado.

rencor

Gracias, Amaia, por la idea…

Un rencor lentamente aprendido,
ganado al tiempo de la común derrota.
Hacerse mayor también consiste
en negar deliberadamente
cuanto pueda haber de ingenuo
en los vitales juegos del afecto.
Y guardar también el daño,
como el que guarda en su pasado
una esperanza fría y sin remedio.
Guardar, guardar la vida
de todo lo que pueda herir de nuevo
esta inocencia improcedente.

En mí solo la burla de los años,
maestra indiferente del destino.

Del error a la conveniencia

I

A veces me permito reconocer mis errores. De ese modo, hay quien se aventura a confesarme que también se ha equivocado, lo cual no creo que sea ni bueno ni malo, pues solo reconforta en la medida en que algún otro soñador perdido se encuentra en el mismo callejón sin salida que uno.

II

De todo lo que me prometí que nunca volvería hacer, voy extrayendo, poco a poco, la triste sabiduría del que tanto se ha traicionado a sí mismo, del que de algún modo ya se haya en la tesitura de aconsejar a otro sobre el mejor método para permanecer fiel a sus propios principios.

III

Puede que muy a menudo nos decepcione este modo de complacer al más fuerte. Pero algo me dice que es el vencedor el que sale perdiendo: el único aliado que gana es el que a menudo deseará traicionarlo.

IV

Grandes poetas, os envidio. Mi obra se limita a lo que aprendo de vosotros. Poetas menores, ya podéis insultarme: nunca seré tan bueno como ellos. En esta pretensión desproporcionada hallaré mi merecido.

el siguiente paso

Arriba, más arriba.
Siempre hacia otro sol,
cúspide de lo pasado,
sin más premura incierta
que un deseo contenido
en el cálido cansancio.
Más allá de la mañana,
altura de temblor rosado,
insignificancia de dios,
hambre eterna de los astros.
Arriba, más arriba
está abriéndose tu canto.
(La muerte te ha engañado:
tu corazón no es la noche
que titubea en el hallazgo.)
Más arriba está el tiempo
que reservas a la vida,
que te acoge como un niño
sorprendido en lo invisible.

La alegría es solo un paso.

Primavera del dolor

Aún no. Todavía es pronto
para que el dolor florezca
como simple eco del vacío:
el ánima sensible de algún objeto mudo
se abrirá primero a tu ancestral silencio.
Entonces será hora de presencias oscuras,
oscuras fragancias en la tarde
si los mirlos se abandonan a la vida.
No tengas prisa: ni siquiera el ángel
que somete a la más primaria bestia,
conocerá el momento exacto
en que tu llanto florezca
por algo innecesario.

Evádete del peso de los astros,
hasta que una luz constante
se asiente nuevamente
en el dolor furtivo de tu mirada esquiva.







.

hondura

Qué profundidad la vuestra,
corrientes individuos, cotidianos;
cuánta sustancia latente
esperando aletargada
en el filo taciturno de los años.
Todos, sin excepción,
sabéis el secreto que han guardado
tantas generaciones solemnes
de angelitos sometidos por el llanto.

Ahora que adivino la hondura
escondida en vuestros actos,
puedo amar y devolveros
la mirada contenida en el espacio.

Sed todos, sin excepción,
acto y periferia de lo amado.

Imaginario de la bondad



Mantener una actitud moral coherente, ser lo que se dice “bueno”, entraña desde hace mucho tiempo en esta sociedad el mantener también un delicado equilibrio con las circunstancias para que a uno no lo tachen de tonto.

La relación entre estas dos cualidades puede parecer arbitraria, pero algo nos dice que no es del todo así. El que se considera bueno, se considera, muchas veces, bueno por naturaleza. Y quien se considera bueno por naturaleza, no puede evitar pensar que sus semejantes también lo son… pero es ahí donde la cosa flaquea.

Que al nacer todos seamos inocentes, no quitará para que, de un modo que a algunos se les antojará “antinatural”, haya quien se corrompa poco a poco, aunque solo sea por deseo de no parecer alelado bajo ese ansia de sumisión e insignificancia que parece perseguir al verdadero moralista. No olvidemos que el ángel caído fue considerado un rebelde por los románticos, o que para Baudelaire, poeta maldito donde los haya, lo artificial y la belleza irían siempre de la mano en este mundo tan moderno que nos ha tocado vivir.

Acaso no entiendan los más cándidos que todo lo que nos debemos los unos a los otros es el respeto necesario para no hacernos daño, lo cual al final se traduce en una suerte de indiferencia ante el mundo que nos rodea.

Ah… pero entonces interviene mágicamente el afecto.

He ahí la única bondad verdadera, la única energía moral que puede contener el mundo. Solo amando es posible pasar de un indiferente respeto, a un solidario enternecimiento que nos involucre en el dolor de otro. Porque al final, el bien tampoco consiste en dejar hacer. Yo casi diría que se trata de no dejar sufrir a nadie, y menos aún a quien nos haya tocado la fortuna o la desgracia de amar obstinadamente.

Esto, que puede parecer una lección filosófica digna de un profesor de primaria, no es tan simple cuando se trata de impedir que alguien trate de autodestruirse. Y no hablemos del fastidioso y repetitivo caso que se da cuando alguien a quien amamos intenta destruirnos a nosotros, pobres salvadores, cándidos actores del deber.

Ante estas dos situaciones que he mencionado, creo yo que solo cabe un difícil movimiento: comprender profundamente las motivaciones de ambos males, que es casi lo mismo que buscar una justificación para tolerar todo lo que no nos parezca correcto en la persona amada o, por qué no, en quienes despreciamos profundamente.

Comprender es la única manera de estar en paz, de no sufrir por otro y, tal vez, de no dejar que el otro a quien amamos nos haga ningún daño. Quien puede comprender la maldad, esto es, justificarla de un modo racional, es prácticamente inmune, si no al daño, sí al rencor y al impulso de venganza, que vienen a ser el eco más sórdido de la crueldad humana.

Así, llegar a comprender que en verdad puede haber algo pernicioso en el solo hecho de aprender a ser hombre, podría ser el primer paso hacia una bondad más inteligente que la que predican aquellos que obvian que, sin un convencimiento moral del todo realista, acaso no podremos amar ni ser amados hasta la expiación.


















Pienso, luego escribo...

Entra, di lo que te apetezca.
Recuerda tan sólo que la palabra puede ser también la navaja que corte delicadamente el silencio necesario para escuchar lo que tengamos que decirnos...
Ya sé, ya sé que esta misma observacion podrías hacérmela tú a mí. Pero acaso por algo así, la litertura acabe siempre siendo tierra de nadie.