11 dic. 2016

Ostracismo

Jugué y perdí en la mesa de los grandes poetas. Asumo así lo que otros tantos no han sabido asumir, que no soy más que otro hipócrita, que las máscaras son el único rostro verdadero que me queda. Que nada me aterra más que la gente sencilla, la que nada oculta de sí misma. La que rechaza cuando debe rechazar y ama sólo cuando debe amar. No, no he tenido el valor de ser yo mismo, lo reconozco. Como también reconozco que para serlo, primero tendría que haber sabido quién soy, y ahora soy tan sólo la estancia de esta soledad.

Considero que por este aislamiento voluntario, por este aburrido escarnio deberían pasar del primero al último de mis contemporáneos, incluidos los poetas que tanto presumen de su honestidad, de su aristocracia, de su autenticidad.


De cualquier manera, creo que se ha hecho justicia. Sí. Y que mi primer crimen fue entregarme en exceso a los demás, pues, ¿de qué otro modo se podría juzgar, culpar y castigar a alguien por algo que siempre ha sido moneda de cambio tan común? Por algo tan trivial y cotidiando como la hipocresía, como la dulce falsedad.

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