28 oct. 2016

Un tiempo para cada cosa

¿Qué queda ya del reino espíritu en las formas del arte? Leí con devoción a Hesse en mi primera juventud. Recibí de su lobo estepario la noción de que toda obra de arte verdadera, debe construirse sobre el espíritu de la época que transite el artista. Llegó luego Borges con aquello de: "no hay razón para no pensar que todas las formas de pensamiento que se han dado, no sigan dándose en la actualidad". A estos dos planteamientos habría que sumar las versiones de Marx o de Valery sobre el mismo tema... Para acabar finalmente con todo en el mismo momento en que salir a la calle, y observar a los grandes fanáticos de Enrique Iglesias o a los furiosos seguidores de Belén Esteban. A esa horda de zombies que, en definitiva, no distingue ya entre una obra de arte y un producto fácilmente apañado de comida rápida.

No merece la pena, no a estas alturas, seguir preguntándose por el espíritu de nuestro tiempo. Ni siquiera en el mundo de las bellas artes. El artista que quiera participar de ese designio, quedará solo, rechazando todo esto, para recrear luego ese mismo rechazo -el mismo que sentirían los grandes artistas del pasado por esta época- en una estampa solipsista, desquiciada o existencialista.

Pues ahora mismo, meditar sobre este tipo de cosas conduce ahí, a la oscuridad del que ignora qué es el espíritu en un tiempo como este, tan artificioso y tan complaciente con la mediocridad. Un tiempo con tanta literatura, tanta pintura, tanta música al alcance de todos, con tantísima belleza heredada que explica lo que debería ser ese espíritu, ese ideal ya sin cabida. Ese signo esquivo de lo que quedó por venir.

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