17 ago. 2015

Opiniones y otras greguerías

La asunción de un carácter tiránico o perverso para justificar la culpa no justificable. En otras palabras, alguien de nuestro entorno nos echa la culpa de algo de manera reiterada e injusta. Ante eso, en lugar de lamentar como niños la misma injusticia que el ser querido esgrime contra nosotros, optamos consciente o inconscientemente por obrar de manera dañina contra esa misma persona.

De esa manera, el castigo inmerecido que recibimos a manos de ese alguien cercano (que pudo tener o quizá tenga algún conflicto con un tercero), quedaría, al menos en teoría, sobradamente justificado por nuestra conducta, adquiriendo así, como culpados-culpables, una posición de poder de dudosa catadura moral, pero muy efectiva a esos mismos niveles de empoderamiento.

Los daños colaterales de esta desesperada estrategia redentora, podrían ir desde los conflictos emocionales internos de carácter grave, hasta el desagradable insomnio del penitente.

(Nota posterior: el refrán dice "dos errores no hacen un acierto").




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Sólo digo que no es fácil. Cuando se te está comiendo la mierda, resulta muy complicado reírse de uno mismo o permitir que otro se ría de nuestras miserias a fin de inducirnos a un desquiciante juego humorístico con nuestros demonios.



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Hasta donde sé, ni ciertas feministas de pro ni los burgueses realmente castizos, soportan bien la conmiseración. De ser cierta mi observación, quedaría más o menos claro por qué muchas mujeres se fijan principalmente en el estatus social del hombre a la hora de enamorarse de este.



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Hasta que no tenemos una visión propia de las cosas, no podemos atender a la visión de otro como si en verdad fuera la visión de otro.

Sólo al adquirir nuestro propio prisma ante algo o ante alguien, nos volvemos inmunes a su influencia.





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Distinguirás a una persona con demasiadas carencias afectivas por su manera de hacer el ridículo.

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