5 may. 2015

Ida y vuelta



Supongamos entonces que la treintena es la edad de la dualidad. Habrá a esa edad en todos y cada uno de nosotros, un joven un poco menos joven que desee creer con ingenuidad infantil en cada cuento de hadas por contar. También dentro de todos y cada uno de nosotros, habrá un prototipo hipermaduro, una criatura que ha visto y ha experimentado demasiado para alguien de tan "corta edad" en las distancias temporales de la vida.

Así, si la adolescencia viene a ser el tajo meridiano donde se pliega la primera juventud, la madurez de la treintena podría resultar una reminiscencia paralela a esa misma adolescencia; siendo en este segundo caso el meridiano mismo de la existencia en sí... Cosa esta ya sabida, sí, pero poco calculada de antemano en términos de decadencia vital, cuando un verdadero treintañero desencantado sea el que intente aunar candor y experiencia por sí mismo, a un tiempo y sin demasiado tino.

Surge en muchos casos entre tanta reverberación, la verdadera intensidad sentimental, el pulso que nos obligue a encontrar un amor veraz a través del que cumplir al fin esa misma expectativa: la de recobrar un margen de inocencia con el que apaciguar el desengaño de ese otro caminante que parece haber hollado ya todos los caminos. Aunque es muy probable que el treintañero también sienta que ha visto y ha vivido más de lo debido en esas lides.

¿Qué queda pues para nosotros, que tan sólo deseamos que siga habiendo por delante una vida que haya merecido la pena vivir? Nada, seguramente. Sólo el reino perdido. Y cuando nada queda, sólo cabe una cosa: aprender a respirar lentamente, a olvidarlo todo, a esperar lo justo para cada uno sin esperar ya tanto de nosotros mismos.

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