31 may. 2009

El abismo en la mirada

Ignoro cuáles son mis faltas,
con qué palabras te hiero
sin saber qué silencio te amenaza.
Y hay culpas —es necesario decirlo—,
ruidos traicioneros, venganzas
tan estériles que asustan,
tan mundanas que se ocultan
en el centro del todas las miradas.

Ignoro cuáles son mis faltas.
Pero no hay llanto que descubra
la razón del dolor que el llanto calma,
y las lágrimas, al final,
son sólo la inocencia
de no saber qué es lo que pasa.

Quien puede llorar, sabe que el mundo
limita en ocasiones con la nada,
sabe que el llanto es la frontera misma,
la línea misma en que se tocan
desesperación y olvido,
resignación y ansia.

Pero yo ignoro aún cuáles son mis faltas.
Y si he de llorar, que sea porque tú,
que me has amado tanto, aún sufres
—perdona, si puedes, mi locura—
lo que tendrías que matar conmigo.

Lo que podrías no sentir mañana.

Lunático

He visto la luna brillar
por primera vez
en muchos años.

Jamás entenderé por qué,
aunque mirara un mar cristalizado,
la luna se asemejó a todo
lo que no me importó nunca.

¿Tanto me acostumbré a ti, amor?
¿Tanto apaciguaste el sol más alto,
único dios visible en mi letargo?

Qué rutina ciega, la del llanto.
Qué espejismo gris, el del destino.

Aún quisiera devolverle el fulgor
a los astros blancos de entonces,
a la extraña sensación
de haber tornado algo en mí
quimera, creación de fuego,
afirmación inexplicable,
pasadizo entre dos mundos
borrados para siempre de mis manos.

He visto la luna brillar
por primera vez
después de soñar tanto.

(Inaudible es el silencio
para quien escucha
todavía indiferente
su propio llanto.)

29 may. 2009

Viento

El molino es libre
al detenerse
o quizá esclavo
caprichoso del viento.
Sin viento, el molino,
esa fuerza dependiente,
es otra cosa inútil,
hermosa
como el llanto casual
de los amantes ciegos.

Tiempo real y tiempo ficticio



Quien no se aventura nunca a tratar de explicar sus emociones o sus motivaciones por no estar seguro de estas o por no considerarlas de ninguna importancia, acaso viva un tiempo ficticio en el que la conciencia no intervenga más que para repetir las impresiones, por lo general superficiales, que recibe de cuanto le rodea. Digo “repetir” porque posiblemente no haya nada más genuino que la expresión, ya sea en un diálogo íntimo, en un poema, o incluso ante uno mismo; de las vivencias subjetivas que de algún modo nos hacen únicos. Aquel que opta por el camino de su propio ser, sabe que el tiempo juega un papel, acaso un papel importante, en la relación que mantiene con quienes inspiran una parte vital de su pensamiento, sus sensaciones y sus emociones. Ante aquellos que suscitan en nosotros una reacción íntima, la sinceridad, palabra tan dudosa en estos tiempos, se resiste a bastarse a sí misma como declaración de intenciones. De ahí que el tiempo juegue un papel fundamental en las relaciones de quien trata de ser fiel con las palabras a lo que siente, pues este desenmascara todos los engaños de un modo sutil pero eficiente.

Toda expresión que consideremos genuina debería envejecer de un modo coherente, incluso dentro de sus propias contradicciones, para revelar la esencia misma del yo que se debate por conocerse y ser conocido.

27 may. 2009

Los enemigos del sabio

Mientras vivas, le dijeron,
negaremos todas tus palabras.
Por más que sepas la verdad,
nosotros, que ya sólo creemos
en las difusas señales del destino,
negaremos los nombres de esa fe
que, en realidad,
es hambre y fuego.

Negaremos, de ese modo,
tu voz y tu silencio.

Y un día te daremos muerte.
Saldaremos las deudas que reclamas,
derramando tu esperanza y llorando,
en verdad llorando,
por esa verdad tan simple
que antepones a la nada.

Y luego, le dijeron sin pensarlo,
repetiremos tu nombre cada día.
Cada día te recordaremos
en lo más alto de la luz,
hermoso y triste en tu silencio,
casi perfecto, solo y esperando.

Te adoraremos siempre
para que ninguna de tus palabras
recaiga, furiosamente viva al pronunciarla
cualquier día nuevo,
sobre nuestro vergonzoso llanto.

24 may. 2009

ese otro que es olvido

Siniestra plenitud,
en lo más ciego de la tarde ciega
el ángel furioso y un cielo de anatemas.
La tarde es un rumor de vientos,
enigma eterno de hojas secas.

Ya no recuerdo ningún otro poema.
Sólo algunos versos —¿de quién eran? —
se calcan en esta tarde furtiva
y me dejan con su lid la imagen hueca
de una atroz primavera.

Has empleado tus días en crear
la sombra que te oculte de la vida,
dejando al azar aquel largo camino
por el que se perdieron tus huellas.

Estos son los versos que me explican.
Estos, y no otros, son los pensamientos
que a veces conducen mi conciencia
por el tenebroso jardín
del ocaso más bello:
el de la propia inocencia.

Supiste del amor y de la eterna
lucha que alberga en soledad el hombre.
Supiste, no lo niegues, la verdad
acerca del camino correcto
que habías de seguir pese a la duda.
¿Y a dónde te diriges ahora?

Sí. Estos son los versos que sabía
verdaderos desde antes de estar solo.
Incluso, desde que creí soñar la noche,
sabía de su peso frío.
Hoy suceden al margen de sí mismos,
en lo más extraño de una nada sórdida.

Son estas las palabras, sí…
¿pero de quién eran?

21 may. 2009

falso poema

"El poeta sólo es en su muerte"
Khalil Gibran


Supón que la poesía es
la negra farsa de tus años perdidos,
que la palabra es hermosa
porque es terrible la vida.
Supón que al amar te traicionas
y que hay ángeles muertos
que saben de ti, de tus faltas eternas.

En nada creen hoy los poetas.
Y sufrir es así de sencillo…

Supón que un poema es tu vida, y supón
que tu última noche es un verso imposible,
supón que no podrás escribirlo
mientras sepas que la poesía es un sueño
más profundo aun que todas las muertes.

Por tanto despierta, y di que es mentira
esa luz ya vacía que a veces observa
con extraña tristeza absorta
el que pretende definir a solas la vida:
el poeta.

19 may. 2009

como la nada

Vivir: amar sólo la vida, perpetua encrucijada
desde donde el alma parte siempre a solas.

Encrucijada a donde regresa sola cada día.

Y creyendo que no es posible retener
el cauce sombrío del tiempo, la vida pasa
con la angustia de no saber nunca
cómo anegó la noche aquellos días de gracia.

Porque todavía sueño habitar con mis gestos
y toda la fuerza oscura de mis palabras,
un lugar pleno de luz, donde se detenga
la imprecisa muerte cambiante, la tristeza
de saber que toda muerte es definitiva.

Y no perdurar, para que esa muerte inapelable
no halle nunca en mí un esclavo de sí mismo,
un esclavo que no haya aprendido a perderse,
a olvidar, a escuchar en soledad el viento
que arrastra a veces mi mundo.

felicidad

Te buscamos en las horas difusas,
junto a los cuerpos remotos
que habrías de negarnos todavía.
Eras la certera luz que clama
por un mundo perfecto.
Te buscamos en nosotros,
y en todos nuestros actos
faltabas todavía. Quizá
jamás supimos merecerte,
porque no hay dulce plenitud
que no sea compartida,
y jamás supimos si eras tú
esa suerte de alegría
que invade a los que vencen,
a los que aman por encima
de su propia cordura,
y por encima de su propia vida
son y sueñan lo que sienten.

17 may. 2009

Azul cerúleo

A Jorge y a Jose Carlos,
recordando cierta amanecida...

El cielo del amanecer se pinta solo.
No necesita de artífices desmesurados,
ni de actores que lo definan
con explícito gesto de sonámbulo:
no es inhumana la tristeza
que hace de la luz un acertijo
tan difícil de entender como la vida.
Si fuimos testigos cautivados
por el azul casual de la mañana,
también servimos a la inestimable belleza
de todo lo que se presta a ser sentido,
y así corroboramos que la vida
es siempre un cielo abierto
a nuestros días felices.

El cielo del amanecer hoy da por hecho
que somos los primeros en averiguarnos.

¿Regresaremos algún día
al mismo paseo que quisimos
recordar desde el principio?
¿Regresaremos al lugar donde la noche
se confunde sin quererlo con la vida?

Regresaremos, sí,
cuando el alba nos ofrezca
un mismo azul cerúleo
tan lleno de silencio.

somos

La realidad es más real cada día.
Pronto sabré si hemos envejecido
imitando la naturaleza de la noche,
soñando
un amor más triste
que la verdadera ausencia.

Hemos acorralado
al animal solmene que sonríe
a la luz del mediodía. Somos.
Y la realidad es más real
que la verdad y que la vida,
y la vida es sólo tiempo y nada...

Fueron los verdes jardines en la noche,
mal iluminados por el neón tenue
que no debía estar ahí,
nombrándome.

Somos. Amamos. No importa el dolor,
ni la duda que quedará escrita
en la eterna mentira del presente.
La realidad es más real cada día,
aunque tus ojos, abiertos al amor,
los desdibuje el mismo llanto,
y estas palabras,
extrañas como el pasado,
sean sólo mías.

16 may. 2009

no saber

¿Cómo sabemos que sabemos?,
me pregunta el soñador que se guarece
de las consecuencias mismas
del dolor ajeno. (En la superficie del alma,
nada más que esto, y esto es nada.)
Pero cómo lo sabremos… Creer no basta.
Y las palabras se detienen en un rictus
que recuerda un oleaje eterno. Palabras.
Alguien dice que si nada sé,
todo es sueño. Y el dolor retorna.
Nada sé… Pero creo que la soledad
es la forma más certera
de no sufrir más por lo que he sido,
aunque nunca sepa si era yo
el niño que hace tiempo comprendió soñando
que al dudar aprendería por si mismo.

15 may. 2009

existencial

Puedes preguntar a quien tú quieras
sobre ese amor que se retrasa,
pedirles al más ciego y al más sordo
que te expliquen el sueño y la razón,
la prisa ya perdida que te falta.

También puedes esperar
el vuelo incierto de algún pájaro,
quizá no duren las promesas
o se oiga claramente
la voz oculta del deseo,
afirmando lo que sabes
o negando desde ahora lo que esperas.

Pregúntale a quien quieras:
la respuesta es tuya.
Es tuyo el fuego insomne, la palabra
que defiendes a solas de la noche.
Tuya es la insistencia milenaria
de ese viento que te escoge.
Tuya la verdad. Tuya la respuesta.

Recuerda que hay preguntas en tu alma
que cada cual responde siempre a su manera.

13 may. 2009

el más infeliz

Lo digo en serio, hoy me considero
el más infeliz de los hombres que he sido.
Y habrá otros días y otras formas
de abandonarse al sueño de no estar,
habrá siempre alguien que suponga
que su propia tristeza es la más fría
y su noche la más ciega.

Pero, hoy, me considero único,
un animal extraño y desencaminado,
víctima de mi propia inexperiencia.
Y ya sé que tú, amigo, enemigo,
poseedor y deudor de un tiempo
que se desliza como brisa por tus dedos,
tú también lloras lo mismo.

Pero yo soy hoy más infeliz,
aunque sólo sea por el hecho
de ser mía mi existencia.

12 may. 2009

poética espontánea

Escribo porque sólo hay nombres
y espejismos y cadencias rotas,
músicas azules que se calcan en la noche
con la elocuencia de la felicidad perdida
o, acaso, con el balbuceo febril
de los pájaros que mueren en enero.
Digo que hay nombres y espejismos
y cadencias rotas, y extraños acertijos
que desbordan la imaginación,
que rompen la superficie de las horas
con su lluvia simple e inconsecuente.
Que nada es definitivo.
Digo que no hay soledad,
y por eso escribo.
Aunque todo esté ya dicho,
escribo en las paredes de mi alma
la verdad que a veces no quisiera
y la que sólo es mi esperanza
expuesta a las sombras increíbles de mañana.
Que nada halle memoria, digo.
Que nadie me recuerde ni me diga
el nombre verdadero de las cosas.
Porque nunca lo sabré, todavía escribo.

Escribir es mi perdición y mi camino.

11 may. 2009

confidencia

Perdóname, quienquiera que seas.
Perdona esta anónima locura,
mi no saber estar, mi sombra yerta
expuesta a la mirada de los niños
que juegan cada tarde con mis restos.
Quizá te incomode este silencio,
quizá, si estuviera del todo permitido,
gritarías lo que piensas de los locos
que cada día se confunden con la muerte.

Te pido perdón en nombre de aquellos
que hayan cometido un crimen
tan atroz como la esquizofrenia.
Perdónanos a todos nuestros sueños,
nuestra fascinación por el sufrimiento
tanto ajeno como propio.

Te pido perdón, ciudadano desconocido,
por ser sólo un instrumento errante
de amor tergiversado en la palabra.

Pero es cierto que este oscuro mundo
nos encuentra a veces humillados,
resentidos con nuestra propia naturaleza.
Créeme: a veces hundo el rostro entero
en la más sucia evidencia de la noche,
y entonces pienso que mis tristes semejantes
sienten, todavía, excesos de plenitud inútil.
Pero el decirlo casi no tiene sentido
de tan extraña que la verdad parece.

La vida nos miente. A todos:
a los locos y a los cuerdos,
a los cuerdos y a los locos.
La realidad no es una.
Y el ser humano es otra cosa incierta,
distinta a la que él mismo piensa todavía.

De la dignidad del poeta o de por qué todos los trabajos son indignos…



Estoy casi seguro de que alguna vez en la vida todos nos preguntamos qué es exactamente la dignidad. Es una cuestión que ha de surgir en un momento u otro de toda búsqueda, y, más posiblemente, cuando sentimos que carecemos de esta. La dignidad es la forma más alta que puede concebir el hombre de amor propio, es un sentimiento de esos que se catalogan como nobles o muy nobles, y una de sus máximas expresiones consiste en hacer alguna buena acción de cuando en cuando sin pedir nada a cambio. Yo creo que es así porque en cualquier buen amor se da la circunstancia de que uno es más digno al no esperar nada de sus afectos hacia el otro, por intensos que estos sean. De llegar a presuponer algún tipo de correspondencia más vale que esta sea de tipo abstracto, porque si es algo en concreto, la decepción será mayúscula las más de las veces. ¿Entienden? La dignidad no es sólo algo que uno ostente de cara a la galería. Es, como ya les dije, una forma inestimable de amor propio.

Esto a mí me ha llevado a reflexionar por unos cauces muy personales, que, si ustedes me lo permiten, expondré a continuación, aunque tan sólo sea para distraerles un rato. Si a alguno se le revuelve la conciencia, él sabrá lo que ha hecho. Yo sigo con lo mío.

Hace poco se me comunicaba que voy a publicar mi primer libro de poesía. Sí. Es buena cosa esto de escribir. Aunque si les digo la verdad es un trabajo muy sacrificado, no sólo porque uno tenga que leer mucho y escribir más, sino porque la poesía, la mayoría ya lo saben, no da un puñetero duro hoy día. Esto, que a todas luces es más que evidente, a mí me generaba, y aún me genera, alguna que otra duda que podría parecer ingenua. Así que al poco de recibir la noticia, me armé de valor y le escribí un correo a mí editora para preguntarle si por obra de la casualidad iba a percibir algo por lo que había escrito, a parte, claro está, de los derechos de autor. ¿Les parece algo anormal? Bien. No se lo van a creer, pero yo casi juraría que la mujer, a la que todavía no tengo el placer de conocer personalmente, me trato casi como si yo estuviera loco o fuera un farsante de la peor calaña.

¿Se dan cuenta? Ella, mi editora, estaba velando por mi dignidad de poeta. Estaba, no lo duden, animándome a escribir de la forma más altruista y, posiblemente, la más digna a la que uno puede aspirar: escribir sin esperar recompensa alguna, más que el (dios me perdone) reconocimiento casual de algún crítico... y los ya citados derechos de autor, que, sin que yo sea adivino, creo que no darán para mucho.

Bueno, pues ahí queda eso… Al parecer, esperar algo a cambio de lo que hacemos no está bien visto en el trasfondo de esta sociedad. A menos, creo yo, que se trate de un trabajo que a uno, le guste o no, —el trabajo, digo—, le reporte cierta suma de dinero. Lo cual no deja de ser extraño. Es de suponer que lo realmente “injusto” de todo este planteamiento es que no es lícito (o digno) recibir dinero por algo que nos gusta hacer. Ya que si el trabajo es muy duro, como se supone que son la mayoría de trabajos, es lógico pensar que uno merece una compensación. Ya saben: trabajar dignifica… (¿Pero no esconde ese lema una ironía cruel, por no decir totalitarista? ¿Por qué es más lógico pensar que uno tiene que apretar los dientes y renunciar a la dignidad de no esperar nada a cambio…? ¿por el sólo hecho de que a alguien se le ocurrió el brillante argumento de que el trabajo (así, por las buenas) era algo necesario para todo el mundo? ¿No les parece todo esto terriblemente retorcido?)

9 may. 2009

Desde lo más lejano

Yo sé que todo es apariencia
y que ese miedo, discreto y cotidiano,
cobrará algún día forma en lo posible.
También que hay hombres venerables,
sabios que en realidad odian lo mismo.
Yo sé que hay gente que prefiere
ignorar el vivo dolor de los que esperan.
Y que hay héroes ya malditos,
y mujeres que no sienten.
Es evidente
que el mundo es una sombra
cuya superficie es la mentira
que cuentan en voz alta los más aptos.

Sé que el cielo no es posible,
que no hay infierno a nuestro alcance
que no sea igual de humano que la nada,
ni igual de falso que los dioses.

Pero más allá de la escoria de tu tiempo,
donde están demás las ruinas y la sangre,
un amor te está esperando todavía
desde lo más lejano de tu origen.
Un amor que será fiebre en tu silencio.

8 may. 2009

el dolor en las palabras

Hay cosas que nunca podrás nombrar.
Aun así, que baste lo que sabes
para transformar el aire enrarecido
en eco de tus ansias.
Y no quieras sufrir más por lo ignorado.
Así darías otra forma a las heridas
que abrieran tus sentidos a lo extraño.
Hay tanto silencio en la verdad,
que el más profundo dolor no puede ser dicho;
porque hay palabras que encierran todavía
una muerte incomprensible, calla: escucha.
Nombra sólo el eco de ese daño.
Trata de no repetir la causa
mientras haya sombras que laceren
lo más frágil y simple de tu rabia.

6 may. 2009

La realidad y su reverso












Fue a los dieciocho años, que yo recuerde, cuando empecé a acercarme a eso que los más inteligentes, aun a día de hoy y no sin cierta ironía, llaman percepción poética de la realidad. No sé si mi caso tendrá algo de particular para alguien que no sea yo mismo, por eso trataré de ser breve. Recuerdo que en aquellos días había algo en mi forma de percibir esta realidad que no encajaba, algo así como una duda que comenzó en la infancia. Cuando contaba pocos años de edad leí o me dijeron que la luz va inevitablemente asociada al color y, por ende, a nuestra percepción del mundo. Dicho de otro modo, sin luz no hay imagen o no vemos nada de dicha imagen, pero yo creo que casi sería más correcto, científicamente hablando, decir lo primero. Así pues ¿qué pasaba con el mundo cuando me quedaba a oscuras? No era sólo que no pudiera verlo, sino que al mismo tiempo el color desaparecía, se disolvía para volver a brillar, inocentemente, con un gesto en el interruptor. Creo que fue entonces cuando empecé a intuir que no sólo mi percepción de la realidad era voluble, sino que esa misma realidad era algo muy difícil de entender.

Luego pasaron los años. Y, como les decía, en mi forma de ver el mundo seguía habiendo cabos sueltos. Un buen día, nuestro profesor de filosofía de COU empezó a explicar parte del pensamiento kantiano. Y he aquí que pude comprender un poco mejor algo de lo que me sucedía. Resulta que Kant distinguía claramente entre dos conceptos distintos de la misma realidad: el fenómeno y el noúmeno. El fenómeno es lo que yo percibo habitualmente de mi entorno y está codificado de algún modo por el filtro de los sentidos, lo cual quiere decir que este no es la realidad en sí misma, sino lo que yo percibo de esta. El noúmeno sería, pues, la realidad en sí, lo que yo no puedo percibir y sin embargo da la impresión de estar ahí, siempre latente, a la espera. Así fue como me di cuenta de que desde hacía años tenía la impresión de no estar percibiendo la “verdadera” realidad.

Lo que vino a continuación me sería muy difícil de explicar con precisión. No sé bien si fueron las drogas, mis primeros contactos con el sexo o cierta desvinculación afectiva hacia los que me rodeaban. Lo cierto es que poco a poco mi percepción de la realidad comenzó a intensificarse, hasta el punto que dejé de dudar sobre lo que veía. Esto quiere decir que el conflicto no era meramente intelectual, era algo que afectaba a toda la química de mi cuerpo. Así que un buen día todo se volvió indeciblemente hermoso para, más tarde, acabar descubriendo que había entrado de lleno en el extraño infierno de la esquizofrenia.


Sin prometer nada

“Decir adiós es poco”

César Simón


Se hacen las grandes promesas
para que no se cumpla el destino
que anuncia la experiencia.
Pero prometer es fácil.
Lo imposible es reconducir el mundo
que hace de la inercia
la fuerza de tus pasos.
No prometas. Lo contrario
es tratar de negar tu regreso
a lo más obvio de ti mismo.
No trates de engendrar
una esperanza artificial
con la mentira de ser otro:
lo más fácil es callar
y entregarse a lo ignoto
que habita tras las horas sin remedio.

Sí, decir adiós es poco…
Pero no prometas tu regreso.
Que lo más fácil es amar
hasta que todas las palabras
se basten a sí mismas en lo hermoso.
Di entonces adiós, y espera…
Aunque nada te hayan prometido,
puede que la inercia secreta de los días
os conduzca, por sí sola,
a estar juntos de nuevo.

Quizá lo que debía suceder
se cumpla por sorpresa cualquier día,
que, gracias a la mentira de la fe,
tus promesas son la deuda que ya has roto.

5 may. 2009

La oficina

Hoy es uno de esos días en los que casi preferiría estar muerto. Ya sé que a día de hoy este argumento no da para hacer buena literatura, es demasiado brutal, casi parece que la verdadera intención de quien lo escribe es escandalizar al prójimo con su cinismo. Pero, aun así, hoy es uno de esos días. Hace tiempo que intuyo mi destino. En realidad intuyo dos. Destinos, digo. Por un lado, el que me gustaría vivir, ese en el que triunfo como escritor, encuentro algo así como un buen amor y me curo de mi enfermedad; y luego está ese otro, el que se desliza por detrás de mi raciocinio como una sospecha ineludible. Este consiste en lo que yo y casi todos los demás mortales ya sabemos: que la poesía no da para vivir, que el buen amor no dura y que la esquizofrenia es una maldición de la que muy pocos logran salvarse una vez les ha tocado enfrentarse a ella. Mi fracaso, cuando me lo planteo seriamente, se me antoja más real que cualquier triunfo. Y ya sé que aún soy joven. Pero es como comparar un parque de atracciones con una oficina. Por alguna misteriosa razón, la oficina, con sus muebles claros y su luz aséptica, será siempre más real que cualquier lugar en el que uno pueda pasarlo bien por un rato. ¿Por qué? Porque a la oficina uno está obligado a ir toda su vida, y de eso depende su supervivencia. Al parque de atracciones sólo vamos de cuando en cuando para cerciorarnos de que aún no estamos muertos.

4 may. 2009

luna interior

El oscuro vigor que mueve el mundo.
La ciencia de doblegar lo que se oculta.
Los pasos que resuenan en nosotros,
los pasos que hemos dado sin conciencia.
El camino es una sombra,
una sombra impuesta
por la necesidad de abrir camino,
pero el camino es una sombra, y la palabra,
la luna oculta en el poema, alumbra sólo
al que transita solo hacia sí mismo.

Hay en cada estrella
una necesidad indecible de sentido,
y en cada hombre, un triste poema
dedicado a lo que fue para los otros,
no a lo que quiso ser para sí mismo.

Pero el oscuro vigor que mueve el mundo,
y los pasos que resuenan altos en la noche,
se calcan en el ansia ilimitada de ser uno.
Y hay sólo una forma, luminosa y terrible,
de amar en soledad la vida.
Porque la soledad es esa ilusión última
que el poema oculta en lo que calla.
Y el camino es esa sombra
que recorre el corazón, alzándolo
al hallar en sí un motivo
para no ser igual a lo que ama.

3 may. 2009

la poesía

La poesía es el signo último
que la noche deja en nuestro llanto.
Luego, un sol más intenso que el olvido,
devuelve su razón a las palabras,
y la poesía es entonces el arte de la nada,
la forma que tiene el horizonte
de alejarse como un niño entre los años.
Y aunque muerda la sombra ferozmente,
la poesía sólo contendrá el frío
de una estancia en un espejo roto.
¿Por qué decir y trascender el ruido?
Huye el poema de mí, que soy testigo
de todo cuanto no conozco… Huye.
Y la soledad se pierde en las palabras
que debimos decir hace ya tiempo,
y el tiempo es esa farsa que nos muestra
idénticos los unos a los otros, vacíos,
hambrientos de luz y cegados por la duda
que cabalga entre los años como un sueño.

La poesía nos lleva hasta el ensueño
enraizado en la noche y en el llanto:
es el signo de toda obligación
que se cumple a expensas del deseo.

2 may. 2009

Porque la soledad no existe...

No hay soledad, te digo.
Es cierto que a veces un cuerpo
se marcha lejos sin avisar,
y su ausencia, luz última del mundo,
es en realidad el invierno.
Pero has de entender
que aun así siempre habrá alguien
que no deje de temer por ti, alguien
capaz de contener en sí la noche
con tal de apaciguar la sombra
que da la soledad a quien renuncia.

Pero no, no hay soledad…
A tu alrededor hay otros
que, aunque no te escuchen todavía,
estarán siempre a punto de hablarte.
Otros que sabrían conocerte
si tú supieras que la soledad
es infinitamente más cierta que la vida,
pero sólo porque aún crees en ella.

Escucha: ¿no los oyes?
Son los pasos del mundo.
La realidad avanza hacia sí misma.
Pero tu realidad te busca a ti,
cada día tratas de soñarte
y a los demás contigo. Insiste.
Porque la vida es esa forma
que tenemos todos de inventarnos.

¿No lo ves…?
Te digo que no hay soledad.
Y si la hubiera,
si cedieras por un momento,
y, por un momento,
nadie más quisiera estar contigo,
si tú estuvieras sola,
yo también lo estaría,
siempre, sin remedio,
porque la soledad no existiría
sin nosotros, amantes solitarios
que hacemos compañía a los ausentes.