29 may. 2007

En la sombra hay jerarquías infinitas,
que tal escaleras, conducen a la altura;
donde el hombre es amado por el insólito poder
inferido por mediocres servidores del orden.
La libertad real no sólo aborrece
de aquéllos que así buscan dominar,
en su orbe callado, los designios plurales
propios de la diversidad. Rechaza también,
como correspondiera a la razón,
dominar a otros para ascender
los peldaños de la infinita jerarquía del amor.
Quien rehúsa toda imposición,
no trata nunca de imponer a su vez
lo que pudiera serle impuesto.

Así el hombre muere o ama, vive o niega,
pero no insiste en la tarea de obedecer
ni en la de ser obedecido persevera.
Pues la libertad sólo puede ser ofrecida
cuando la soledad, tibia realidad electa,
es un signo de consciente insurgencia.

26 may. 2007

Me remito a una sociedad víctima de sí misma.
A una sociedad que baila en las cornisas del odio…
porque muere condenada, en presencia del verdugo.
Porque pospone su salvación irremediablemente.
Es este un tiempo de flores premonitorias
que hieden el aroma incauto de la lujosa pesadilla,
de oraciones perdidas en el cielo absoluto,
que invitan a olvidar las formas ya sabidas del asombro.

Por la vertiente ocre de un río violento,
los puentes posibles son meras palabras.
Palabras que han de actuar desde la nada.
Para trocar el corazón en mera lluvia
o asesinar, ya para siempre,
la voz de la esperanza adormecida.

22 may. 2007






Voy viendo pasar vidas, cada vez más vidas,
gentes que a veces llegan, ceremoniosamente,
sin dejarse cautivar por nada que no esté en venta.
Gentes que creen comprar su verdadera identidad
cuando pagan el precio exacto de la envidia.
Necios, corrompidos por su propia vanidad,
hijos de un grotesco sistema,
padres de la más oscura jactancia,
triunfadores en algunos casos se les llama:
¿mas qué triunfo puede haber en ostentar lo innecesario?

Voy viendo pasar vidas cada vez más tristes.
Gentes que desoyen, que gritan, que olvidaron demasiado.
En los pasillos de inmensos supermercados,
en las burdas imágenes que expone la televisión,
en calles donde los niños buscan entre la basura.
En los trabajos, en los hogares, en los asilos psiquiátricos…
hay gente que ignora el valor de un simple poema
trabajado desde el día en que nos hallamos sin nada.







Podrías confiar en mi si quisieras.
Hemos vagado por latitudes distintas,
nos han separado tempranas experiencias.
Hemos demostrado en fugaces ocasiones
nuestra capacidad para amar a un extraño.
En transitorio desorden hemos expresado
emociones que nos han hecho únicos.
Soy tan digno de tu confianza como tú.
Soy un hombre que cree en la razón,
que por encima de la razón sólo ubica el sentimiento.
Y por encima del sentimiento sólo me obedezco a mí mismo.
Puedo mirarte a los ojos y afirmar que te conozco,
aunque tus ojos sean en verdad mis ojos, puedo decir
que no confiarás en cualquiera. Yo tampoco lo haría.

¿Ves como aunque no nos conozcamos
somos casi idénticos, por encima del estado,
del dios que buscas y pese a todo lo distinto?

Sólo confiamos en quién queremos confiar.
Y yo quiero confiar en ti, seas quién seas,
en el profundo sueño de la ciudad,
en la algarabía de fiestas misteriosas.
En el aire mortecino de la tarde,
quiero confiar en ti porque eres diferente a mi.
Y eso podría hacernos crecer igualmente libres,
libres como las canciones que cantaban los esclavos
para olvidar bajo la noche todo sufrimiento.

20 may. 2007








He aguardado tu llegada cien semanas,
una lluvia de sal sobre el asfalto inerte
me dice que hay insectos invisibles en las calles
sirviéndose de mi geografía del delirio.
Todo es esperar, lentitud exacta,
sin la presunta garantía del augurio.
No saber también nos mueve, nos reemplaza,
gracias a la combustión de lo posible
la verdad no se estanca en la impotencia.
Un soplo de ingenuidad a veces basta,
una brizna de fe improcedente,
un vago elixir sin burdos fatalismos
a veces bastan para pensarnos vivos.

He aguardado tu llegada cien semanas
pero es posible que aguarde otras cien,
ya que la premura me deja sin oxígeno
y aún no sé si existes por pensarte cerca.



17 may. 2007

Enmudeció la lámpara del ánimo febril,
dejando tan sólo la compañía azul, terrible,
de múltiples silencios encontrados.
Trajo la primavera la fuerza de tu abrazo
y el oro contemplado en tu cabeza cayó del sol:
perfecta luz sobre mi hombro, temblor callado.

Si fueras tú de amor como el aire cifrado,
acaso me hubieras dado, para las horas,
el desasosiego natural que precede a la dicha.
Pero la duda que equilibra el corazón,
evitando que éste se consuma de alegría,
resultó más fuerte que el claro sentimiento.

El amor, la luz que ciega a los amantes,
poco sabe acerca de simples verdades.
Porque para ellos es posible todo lo anhelado.
Para ellos no hay mentira que no sea verdad;
pero la verdad, ángel que sólo sirve a la razón,
no puede detenerse dentro sin provocar el daño.
Cada despertar impone un nuevo nombre.
Los durmientes ignoran el próximo puerto,
viajeros forzados del cansancio,
renacen entre naufragios invisibles.
(El retiro hacia la sombra es potestad del sueño.)
Cada despertar impone sus desvelos, su manera
de clausurar lo ya infinito, fruto impensable,
dominio de ese arte que conduce al caos.
Sobre otro punto de la red del alma despertamos.
Los durmientes, saciada sin premura una creencia,
contestamos: la noche sabe el nombre
que cada despertar impone y sacrifica.

13 may. 2007

Descubro por primera vez el día.
Corroboro su luz domesticada,
el ámbito profundo de sus leyes.
Doy fe de sus renuncias imposibles.
Mis ojos intactos acarician su ternura
acallando el nombre inmerecido de la sombra.
Dibujo en sus orillas lo infinito,
lo difícil de cualquier contienda,
que tenga, voraz e irremediable,
la cifra del día contenida en su horizonte.
Me entrego a su inocencia como un niño,
vuelvo a acechar tras sus bordes el futuro
que no puede llegar más que otro día.

Si nunca fui yo mismo,
si busqué el destierro en el silencio
fue para llenarme de días como éste,
en los que la luz alberga sus razones
para darme un cometido.
Demuestra que estoy vivo este cansancio,
este día intercalado en la nada sucesiva
demuestra que hay luz en el olvido,
que algo ha de morir si así revela
el tiempo inestimable que nos queda.

9 may. 2007

Primogénita de la naturaleza nocturna,
amante sombría; edad de mi deseo,
triunfo secreto de la desesperación.
Arrebato a la muerte tu caricia sanguínea,
con decisión tardía te encuentro desnuda
bajo el árbol en llamas de la creación.
Solías partir antes de lo necesario,
volvías al hogar que desconozco
antes de que el amor te interrogara
acerca de tus simples fracasos.

Horadé la tierra incierta de tus pasos
con el ímpetu ciego del desorden,
aceleré el rumbo exacto de la noche
para dar contigo si el alba intervenía.

No te creí amor. Te pensé sangre.
De la misma esencia de mi carne.
Te pensé violento estertor, impureza,
umbral de un crimen casi onírico
en cuyas huellas reside la inocencia.
Te juzgué como a la muerte, cercana y fría.
Te creí mía antes que creerte dueña.

La pasión nos destruyó en nombre de la vida
para restañar aquello que la vida no entendía

3 may. 2007

De tu cadáver, del cadáver del elegido,
de la materia que albergó también la vida,
del fundamento del horror, de tu cadáver…
la obra minuciosa del olvido,
el respeto silencioso de las tumbas.
De tu alma, que viajará hacia las sombras.
De tu pensamiento, influencia última,
esparcida por el mundo sutilmente.

Algo se abrirá paso entre todas las cosas
para observarte después de tu muerte.
Para llevarte, desnudo; para medir tu ternura.
Contemplará la coraza que te sirvió de abrigo,
el aprendizaje por el que te sumaste a la vida.
Enseñanzas que tal vez confundieran
amor y tinieblas en un tiempo de furia.
Juzgará con maternal sonrisa
si fuiste hermoso en el inicio,
si antes de comenzar tu periplo
tus decisiones eran del todo tuyas.
Arrancará el metal innecesario de la superficie,
y buscará, en lo más hondo, inocencia y brillo.
Y si encuentra un resto de luz,
un resquicio de infancia invencible
que no halla podido morir todavía,
te devolverá intacto al mundo
con maternal sonrisa…
arrojando al vacío
el error y la culpa.

2 may. 2007

Piensa, antes de soportar la causa irremediable,
en lo difícil que es aceptar al compasivo.
Es intruso en nombre de la debilidad,
cobarde herido que se niega a emplear la fuerza.
Es también, como vergüenza, el único ser capaz
de robar la furia elemental que te sirve como escudo.
El compasivo sabría apartar tu dolor,
llevarte hacia los piélagos en calma del horizonte,
y mirar directamente el orgullo de tu corazón
para minar tu valor con su fatal sonrisa.
Sabría escucharte, dirigirte.
Conocería tu miseria mejor que tú,
mejor que esos árboles susurrantes
a los que confías todo tu silencio.

Y sin embargo, sin él, el compasivo,
tu sangre enardecida contendrá el veneno
que convierte en maldad la voluntad del fuerte.
Sin él, sin aquellos que amasen hasta lo más frágil,
estarías sujeto a la ley ancestral, maldita,
que corrobora el reinado de los más aptos,
que le ofrece a la sombra el sufrimiento
de todos los que se perdieran en la sombra.

Piensa entonces, antes de que algo suceda,
en lo difícil, en lo terrible y necesario,
que ha de ser aceptar en tu vida al compasivo.