2 jun. 2016

Nota de diario




Hace dos o tres años, uno de mis conocidos, un estudiante de psicología, dio una charla en una asociación cultural por aquel entonces harto frecuentada. No asistí al evento, aunque recuerdo que la mayoría de las ideas de su ponencia, versaban en torno a la filosofía del lenguaje, concepto que algunos de los más tiernos allegados de mi adolescencia, usaron, allá por los noventa, para marear casi hasta la náusea a este cándido artista de variedades.

Recuerdo que, si no asistí a aquella alegre celebración de la cultura, fue porque pensé que se trataba de un tema de lo más manido, ya que, sin haber leído un solo ensayo sobre el asunto, el hecho de que el lenguaje es lenguaje y poco más, a día de hoy se ha convertido, o a mí me lo parece, en uno de los grandes tópicos de la buena y de la mala literatura.

Esta anécdota me ha llevado hoy a plantearme algo curioso. Lo primero: ¿quién se creyó que era mi amigo, el psicólogo, para exponer en público un ideario que está ya más visto que el tebeo? Y lo segundo, y más importante: ¿quién me creía yo para cuestionar la inquietud intelectual de mi amigo y la de todos los que le escucharon alelados esa noche?

El orgullo intelectual consiste sobre todo en el desprecio hacia el novato, y esa voluptuosa inercia nos acaba cargando hasta no entender lo que estamos leyendo. Pues todo escritor y todo comunicador que se precien, parten de la base de que, tanto el lector experimentado como el oyente curioso, ignoran de antemano cuántas veces fue dicho como novedad lo que van a contarle.

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