10 abr. 2016

Tarde de domingo

Necesitamos creer, algunos lo necesitamos. Creer en algo para salvarnos. Y es horrible, en el fondo es horrible que la fe sea una necesidad. Todo acaba deformándose cuando la ingenuidad no cesa de mediar en nuestra percepción. Perder ese necesidad, alejarla, no es tan fácil. Para ello, tendemos a realizar el ejercicio mental de dejar de creer. Y no se trata de eso. Se trata de perder el miedo. Para dejar de creer, uno debe dejar de temer, con todo el riesgo que esa actitud (actitud que ni siquiera me atrevo a tildar de valiente, pues donde hay valor, hay miedo) implica. 



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Cuando nuestros actos se repiten invariablemente, son nuestras palabras las que dicen de nosotros.


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Mi teoría es que cuando una obra es de mala calidad, cuando su disfrute depende sólo de las modas, más obvia y más ramplona se vuelve con el tiempo. Si el artista, al crear, sabía lo que hacía, con los años su trabajo se volverá cada vez más hermético, pudiendo ser disfrutado por el espectador futuro sólo en un determinado contexto intelectual, espiritual, emocional o psíquico.

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