23 ene. 2016

Decir lo debido

Como ese párvulo miedo
a no saber qué decir,
así el idiota que asoma su desnudo
ante la verborrea de quien habla
de lo que fue y será, seguro
de no haber dicho suficiente.

Así el idiota explica su silencio,
desviándose hacia el centro,
corrompiéndose.

Eso era el poema.
Eso, lo que ardía dentro,
inexplicable,
oscuro,
trascendente.

Pero nada dijimos realmente.

No era la ocasión perfecta,
nuestro interlocutor hablaba
solamente de sí mismo,
de su hastío,
de los corredores intranquilos
por donde huye la suerte.

Tras pronunciar nuestro asombro,
él, nuestro interlocutor,
calla por nosotros,
deja nuestra voz
a solas con el verbo.

Así volvemos al poema,
tras verter nuestro silencio
en otro silencio

más impasible que el nuestro.

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