13 jun. 2015

Pavlov

De niño, mi profesora me explicó que el deber cumplido no tenía por qué premiarse. El deber es el deber, me dijo. Hacerlo correctamente es lo que tiene que ser.

Yo me sentí afortunado de poder entender aquello a la edad de once o doce años. Me sentí, en realidad, como un adulto más.

El problema, luego, fue que aquella observación no era la mera justificación de un hecho aislado. Así, al cumplir treinta y alguno, nada en mi conducta se orientaba hacia la intención de dar lo mejor de mí para ser premiado. En lugar de eso, cada uno de mis movimientos surgía del pánico ante la posibilidad de castigo por hacer las cosas mal o por no saber hacerlas.

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