16 feb. 2015

Tres acotaciones sobre la vulgaridad

Hoy juzgo necesario hacer mi propia distinción entre vulgo, vulgar y mediocridad.

Vulgo, ya lo sabemos todos, es la palabra que define al pueblo llano, y a día de hoy de este término se infiere sólo la pertenencia a una determinada clase social. Lo cual no quita para que, siendo parte de dicha casta, uno pueda disfrutar de la literatura de Shakespeare o de la música de Rachmaninov.
 
Vulgar, por otro lado, define una realidad moral más próxima a la estética. Porque, no nos engañemos: se puede tener muchísimo dinero y seguir siendo un hortera de narices. Y también, por qué no, uno puede pertenecer por herencia a un entorno extremadamente vulgar, y albergar interiormente unas infinitas ansias de elevarse; lo cual, en sí mismo, traerá siempre consigo una nobleza casi insoportable.

Por último, cabría acotar el término mediocridad. El mediocre es zafio e ignorante, otra vez sin que en esto parezca influir de manera determinante o exclusiva la clase social en la que desarrolla su existencia. La clave, pues, de la mediocridad, es que al mediocre le resbala por completo su propia vulgaridad. Ha recibido una educación ética y estética de carácter muy muy débil, pero, misteriosamente, esto jamás ha llegado a importarle ni a avergonzarlo ni lo más mínimo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que vulgares somos ole!!!

Anónimo dijo...

Hoy día triunfar en esta vida es una quimera, así que ser un mediocre es en sí un triunfo. Por lo menos mejor que ser un fracasado.
Saludos y recuerdos de Napiato

colorprimario dijo...

Recuerdos y salud, ammigo. Triunfo y desastre son dos impostores por igual, decía aquel... O eso creo.