29 jun. 2014

Del alcohol a la pintura

(I)

El alcohol potencia los dogmas de la sangre. En otras palabras: nos vuelve tercos, reactivos, pedantes. Cualidades todas sobradamente necesarias para un revolucionario o un guerrero, pero poco recomendables para el constante ejercicio de la pintura.

El pintor que busque en la bebida una vía para sus metas, deberá contentarse con concebir esta como acción inmediata; quedando, pues, fuera de su alcance la posibilidad de detener el tiempo a través de la contemplación sucesiva del instante.

(II)

No es que beber sea propio de gente sin personalidad. El alcohol mismo se encarga de disiparlo todo, incluso la personalidad misma. En relación al talento artístico, el alcohol facilita muchísimo los ejercicios de mímesis, pero castra cuidadosamente cualquier expresión genuina de la verdadera personalidad del artista.

Nada nuevo. El pintor dado a la bebida, suele ser un conglomerado de influencias reunidas con más o menos acierto. El pintor que se mantenga sobrio, será un artista único o no será.

El alcohol, dicho queda, facilita la impregnación, necesario punto de arranque en cualquier disciplina artística.

Pero destruye a la larga todo lo demás.

(III)

Por la vía de la bebida también se abrirán claros para el pintor poblados de infinitos matices sensibles. "Cuanto mayor es el tormento, mayor es la sensibilidad", decía Da Vinci. Esas delicadísimas armonías son la flor en el estercolero: el resultado mismo de la resistencia natural a la disipación. En ese espacio la voz pictórica podría alzarse con exquisita sutileza.

Nada más poético que un artista negándose empecinadamente a ser engullido por la masa mientras se encamina hacia la misma a toda velocidad.

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