6 abr. 2014

Dimes y diretes


Y al final llega el día en que no tienes buena opinión de nadie. Ni de tus amigos, ni de tu familia, ni de los colectivos desfavorecidos, ni de los grandes estrategas políticos. Cuando me sucedió esto, lo primero que pensé fue que estaba madurando. “Estás viendo la verdad”, me decía. Y que conste que, por mucho que me esfuerzo, no he logrado ser nunca un dechado de virtudes.

Hoy mismo, sentado en una cafetería muy concurrida, pensaba en la de veces que uno tiene que focalizar conscientemente su pensamiento hacia la remota posibilidad de que, en el fondo, todos y cada uno de nosotros llevemos dentro una gran persona. Cada vez que pienso algo así, yo por lo menos tengo que hacer un rapto en mi forma de ver las cosas, y abstraerme hacia algún capítulo ya descolorido de mi adolescencia. Muy pocos llegan a percatarse a lo largo de su vida de lo que sucede si no haces ese tipo de ejercicios al menos tres o cuatro veces al día.

Ver la realidad en un plano secuencia continuo produce insomnio, ansiedad, paranoia y alucinaciones.

Así, uno debe contentarse con una mínima porción de realidad moral al día. Y aun así, hay que distraerse, pasar tiempo solo, negarse en redondo a hacer ciertas cosas y lanzarse contra todos hacia lo que nos place.

Lo mejor de todo esto es que, una vez damos por sentado que nadie tiene buena opinión de nadie, esa misma opinión sobre los otros cobra la verdadera importancia de la que carece.

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