25 abr. 2014

Después de mediodía

Pasaron años. Miles de años. Enloquecí. Una y mil veces. Ciegos, los ángeles increpaban un nombre y el deber que no querré cumplir.

Nada merecemos. Nada que no haya destrozado el invierno más salvaje.

Honramos nuestros cuerpos con placeres intensos y trabajos árduos, pero la solución al entuerto es bien distinta: ¿aprenderemos a recomenzar lenta y diariamente? ¿O devoraremos hasta el último segundo con la esperanza de tornar más y más violenta la corriente que nos lleve a alguna parte?

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