19 sept. 2011

Ridículo interior

 
Ya no tengo fantasías de ese tipo.
Fantasías ridículas, quiero decir.

Caí en la cuenta, y ahora
también me son indiferentes
mis propios pensamientos.

Mejor así:
¿a quién le importa tanto misticismo,
tanta desolación espumosa,
a qué venían tantas entelequias?

Si al final,
después del vano esfuerzo,
la mente se va descomponiendo...

Y el alma, el yo o aquello que fusiona
la carne alegremente con el sueño,
no sabe reincidir o no responde:
la mente frente al ego es esa cosa 
que intenta convencernos de que somos 
más altos que aquel sol de nuestra sombra.


    

17 sept. 2011

Encantamiento

Deja de esforzarte de una vez, pequeño soñador, soñador ebrio de fábulas y ruido: el único sortilegio que en verdad perdura, eleva fácilmente su misterio sin que nadie lo evoque.

13 sept. 2011

Estatuas

Aún supongo que mi mente era un "collage" de nervios ateridos y respuestas a preguntas desde siempre equivocadas. Los pájaros me daban impasibles la razón cuando se trataba de hilvanar monólogos sin centro ni textura. Pero todos saben que contuve aire y rabia en los espejos. En las tardes ya caídas, en los versos obsesivos y en aquellos parques donde la vejez se reúne resignada a la intemperie; irrumpió la rabia, e inventó motivos. 

Casi puedo asegurar que, en los muros que la luz jamás derriba, dibujé con descarada furia las espinas florecientes del delirio.

Grandes esperanzas

¿No sentiste alguna vez, al escuchar la ridícula conversación anónima de aquel bar de moda o al salir en busca de algo más hermoso que aquel frío en la conciencia, que tu lugar no era ese al que acudías, que todo lo que deseabas en verdad pertenecía a otro más mediocre, más feliz o más perfecto? Que resultaba impropio adorar la común plenitud de las banderas: tu lugar ya era viento encadenado a los paisajes que no debías transitar junto a los otros.

9 sept. 2011

Talión

Sucede a veces que la noche alarga demasiado sus silencios, que la música se vuelve irremediable para el que no comprende, que los años pasan como rayos de luz bajo la puerta... Nos hacemos viejos sin excusas que salven de la quema nuestra ciega estupidez de niños que preguntan. Sucede tantas veces, que al final resulta lícito golpear sin miedo los cimientos del sentido común. Cualquier cosa con tal de que alguien, un alma noble y caritativa, nos devuelva el golpe amplificándolo, derribando así al fantasma que burla desde dentro nuestra verdadera forma.

8 sept. 2011

Cabos sueltos

Personalmente, me resulta violento creer en la justicia y padecer algo tan exótico como, pongamos por caso, esquizofrenia paranoide. Porque no es justo. Lo podemos mirar desde las cien mil perspectivas posibles que permite nuestra capacidad de relativizar la mala suerte para intentar aceptar una situación tan incómoda como la que acabo de mencionar. Pero justo, lo que se dice “justo...” No, no lo es. Ni de broma. El problema es que a veces las enfermedades mentales pueden llevar al que las padece a obsesionarse con la justicia. ¿Que por qué? Pues por eso mismo. Porque no es justo. Y cuando algo es tan, tan injusto como para romper tu vida por la mitad, reduciendo tu existencia a un montón de situaciones vergonzosas y frustrantes como las que debe de sobrellevar todo el que acaba por padecer una situación de este tipo, cuando el destino es así de caprichoso, pueril e hijo de su madre, uno tiene que esforzarse en buscar un sentido a lo que le sucede. Y por “sentido” quiero decir que uno debe hallar una razón que justifique tanto sufrimiento. Y al decir que tanta sinrazón debe quedar justificada, volvemos a lo mismo del principio. A que no es justo, vaya. No señor. ¿Y qué sucede entonces? Que uno ha de inventarse la justicia para que la realidad vuelva a funcionar como dictan los designios de la sabiduría universal, que podrán quedar en nada para otros... Pero que le fallen a uno, y más cuando uno no ha hecho nada para merecerlo, es totalmente in-con-ce-bi-ble.

Pero lo cierto es que la justicia debe pasar por nuestra capacidad de juicio. A través de esa capacidad pretendemos reconocer la culpa o el perdón, el castigo o la oportunidad. Y sé que puede parecer tremendista, pero estoy casi seguro de que, en estos casos, ante todo trataremos de encontrar culpables. De otro modo, tendremos que asumir que somos criaturas defectuosas, que nuestros cerebros tienen menos estrías de las necesarias o que la culpa de cualquier enfermedad siempre es de aquel enfermo que jamás ha dejado de quejarse.

Pues bien, yo digo que el culpable de todo esto está en todas partes y en ninguna, que es gordo y alto, bajo y delgado, feo y rico, pobre y guapo. Yo digo que no hay culpables. Luego, nada de esto es justo o injusto. Dicho de otro modo: el enfermo mental (y espero no saberlo nunca, pero creo que no ha de ser muy distinta la suerte del que padece una grave dolencia física), debe de asumir durante su bagaje de aceptación, que todo su sufrimiento es pese a todo gratuito. De lo contrario, no tendrá nada de raro que empiece a ver un culpable en cada uno de los que se le acercan. Gente que no merece nada de lo que la vida le concede, puesto que no lo valora. Gente que es feliz porque sí, porque nada parece tener importancia. Gente que se va de viaje a Katmandú, y de allí vuelve con una solución peregrina, y de lo más efectiva para todos sus problemas.

Todo este tipo de gente tenían algo en común para mí hasta no hace mucho. Todos y cada uno eran culpables. Culpables de no haber padecido esquizofrenia en ningún momento de sus vidas. De ser felices porque sí. De lamentarse de su situación sin saber lo maravillosa que puede ser la vulgaridad cuando todo en tu cabeza funciona como debe ser.

6 sept. 2011

Simetrías

Ver cosas en un cuadro que nadie más ve. Aprender así lo sutil que puede hacerse ante nosotros la locura. Tanto como elevarse a través de una pincelada de azul oscuro o percatarse de que somos lo único que está dentro o fuera de una composición cuyo punto de fuga contiene un cataclismo. Suponer después que estamos destinados a transfigurar el tiempo en imágenes, y las imágenes en hechos cuyo significado es aún más sutil que el tiempo que empleamos descifrando su sentido.

4 sept. 2011

Punto y seguido / y final

 
Dejé la poesía un viernes.
O un lunes. No recuerdo.
Si fuera importante el día,
aún le pondría empeño.

Alguien me salvó del frío...

Y el ruido se detuvo
después de un falso tiempo.

Hasta ahora,
dejar la poesía ha sido
como leer lo que ya sabía:
fácil, extraño,
completamente inútil.

Extraño, sí:
como despertar sin asombro
al no saber si dormía.