29 nov. 2010

Gemelos

Vi pasar a los amantes,
juro que habían desaparecido el uno en el otro.
No sé cuántos más comprenderían
el milagro en sus idénticas miradas,
pero juro que los vi pasar.

Al verlos, creí reconocer al de mi sexo.
Pero no,
los dos eran lo mismo,
y, como ya he dicho,
no quedaba rastro de vanidad
en ninguno.

Su soledad vibraba como el río unánime.

Como el río por donde fluyen luciérnagas
y esos hermosos cadáveres desnudos,
los nuestros.

28 nov. 2010

En Sevilla

Suele olvidar que ha sido feliz.
Contra eso, solo puedo
jugar a sorprenderla por teléfono.

Hablamos mucho,
y, como Auden,
a veces temo
decir más de lo que quería.

Han pasado cerca de dos años
desde nuestro último encuentro.

Quid pro quo

Te pido, simplemente, una cosa sola,
la misma que suelo pedir a todas:
enséñame a conquistar la vida.

Piénsalo.

Puedo mostrarte a cambio
la ciudad natal de los amantes.

27 nov. 2010

Presuntas soluciones

El único talento del artista consiste en acotar el infinito de la probabilidad en una sola representación.



No hay que cerrar ninguna puerta. Ni siquiera la de salida.



Leí en alguna parte que uno debe ser en todo momento leal a sus amigos, por aquello de que nunca sabe bajo qué circunstancias podrá necesitarlos.

Ante eso, a veces surge la pregunta insidiosa: ¿si yo los necesitara a ellos, estarían allí para ayudarme antes siquiera de que ellos me necesitaran a mí?

Puede que al generar una deuda en los otros, estos, si se da el caso, se vean en la obligación moral de socorrernos. Y también puede que, por norma general, quien ofrezca su mano en momentos de necesidad, lo haga de manera desinteresada o no lo haga.


25 nov. 2010

Take this waltz

1. Esto de tener esquizofrenia es bastante extraño. Lo que más sorprende a la gente que lo sabe, es que sea una persona completamente normal.


2. Hay que mostrarse. Lo demás son prejuicios.

Fantasía

Para Mariángeles, en resumen


Había un bosque. Generaciones de hombres perdidos trataban de salir de sus sombras sin ayuda de nadie. Un día me senté a esperar el golpe de gracia, y así apareciste. Para qué las palabras.

Caminamos. Al rato surgió una gruta, la vida seguía esperándome felizmente al otro lado. Continúa, dijiste, yo aún tengo que perderme en el bosque. Quiero ser digna del afecto de los que han regresado.

Pasaron los años. Crecieron raíces, se perdieron más hombres exhaustos. Para cuando volvimos a vernos, seguían tus pasos millares de pájaros.


24 nov. 2010

Práctica

No tienes por qué juzgar ahora
― precisamente ahora,
que os habíais reunido
en mitad de la mañana
a compartir la vida ―
demasiado íntimo el bagaje
que representas tan intensamente.

Ignora el desacuerdo con tu instinto
al sondear la importancia de su rostro,
aparta cualquier luz de irrealidad
si te sirvieran café muy lentamente.
También al sonreír o al conservar
la entereza frente a esa camarera
que parece simpatizar con tu insistencia.

Se adulto, colabora.
Procura solo que comprenda cuánto eres.
Y, sobre todo, nada digas
cuando ella dude al percatarse
de que han pasado horas, lunas, décadas.

Déjala volver a casa un tanto distraída.
Nada esperes a cambio de tu afecto.

Procura solo que su esquiva compañía
te reporte el regalo de obrar a su manera.

22 nov. 2010

Advertencia

Desde ahora os advierto:
dejadme en paz,
no intentéis doblegar
esta exclusión redentora.

No podéis imponerme puerto,
a todos los naufragios
he sobrevivido.

Ya las olas rompen de mi parte.

20 nov. 2010

El perfume

Hay quien dice que esas flores innegables
prefieren subsistir entre la escoria.
Siguiendo los rumores,
frecuento libros y alcantarillas;
investigo la existencia de algún signo
de esperanza cotidiana.
No diré lo que he encontrado.
Aún me arden los ojos y las manos,
los huesos clandestinos y la boca
de tanto procurarme una mentira.
Y para qué salvarse de este frío
que hoy detiene la savia de los cuerpos,
para qué el amor, el hambre o la palabra.
Para qué el sentido.
Condesciende el milagro
ante la ocasión de un juego injusto.

Y las flores se marchitan,
solo entonces las olemos.

Después de leer a J. A. Muñoz Rojas

Otra vez me he sentado aquí,
con un libro cualquiera.
Yo diría que he leído sin juzgarme.
Quién sabe qué ha ocurrido mientras tanto...
Ahora el día me remonta a lo que nace,
la mañana se me antoja verdadera.
No hay pájaro que tarde
en partir de nuevo hacia la noche.

Quién tuviera escrita en su conciencia
la razón de lo que sabe,
ante sí, eterna,
la ocasión casual de la belleza.

19 nov. 2010

Autorretrato

Ahora soy el lobo que aborrece la caza, deudor inconsciente de la impotencia humana. Mi alma abandoné en un sótano antiguo. Concluyó el drama.

17 nov. 2010

Indiferencia

Nombró Pessoa en un largo poema
la estampa de los indiferentes,
ajedrecistas sombríos que hollaban el tablero
desde una ciudad cercada por la guerra.

También nosotros, que aún juzgamos necesario
perder amablemente el tiempo
mientras los imperios devoran y conspiran,
seguimos el ejemplo que exaltó Pessoa.

Nuestro ajedrez es un televisor cansado,
una ópera de Wagner,
un melodrama romántico.

Perversiones

1. Para empezar, cualquier historia en la que intervenir, siempre se nos presentará sesgada. A esto habría que añadir que no hay normas. Y lo cierto es que cualquier juicio que podamos realizar sobre los demás o sobre nosotros mismos, puede venirse abajo en el momento crucial.

Dicho esto, ¿qué impresión puede mantenernos en discordia? No hay valoración moral que no esté envuelta en los vagos perfumes de la imaginación.

Y, sin embargo, tenemos que considerar que el mal existe. Justificado o no, existe.



2. En cualquier cultura “aún por desarrollar”, repito: en cualquiera que a día de hoy siga cometiendo las mismas atrocidades amparándose en algún principio religioso o político, habría que preguntar a las víctimas de dichos crímenes, pertenezcan o no a una de esas sociedades, sobre la legitimidad de tales aberraciones.

15 nov. 2010

Tiempo al tiempo

Brilló la adolescencia,
cegando a su paso lo que detestabas.
Apostaste después tu libertad
contra el número del todo,
la banca en la misma mesa.

¿Qué harás luego?

Después de autodestruirte
por un exceso de romanticismo.

Artistas

Tangibles como el frío os prefiero,
que no haya encantamiento
capaz de absolver vuestro desnudo.

Solo el frío de la tarde
recorriendo certero nuestros huesos.

Evocación de la calma

Así la muerte sea como el mar.

O al menos, que haya un río
y el destino nos reciba
al término corriente de su cauce.

De cualquier manera,
que el sentido común consienta
delirar también con la vejez del agua.

No prohiba al tiempo
desembocar en un lugar concreto,
distinto sobre todo de sí mismo.

14 nov. 2010

Supuesto empírico

Para estar conformes con la soledad, solo debemos dejar que los demás nos conozcan tal cual somos.

13 nov. 2010

Vitalidad

Aquí la luz nos diferencia.
Solo el escenario clandestino de la noche
confunde al hombre con un pájaro furioso.

Aquí el rayo, el sol o la locura
revelan lo que nos aleja,
la impresión carnal define el universo.

Pero guardad silencio. El tiempo prevalece.
Nuestro llamativo aspecto se disipa
frente al común designio de los cementerios.

Más allá solo hay testigos del reflejo
que ensombrece lentamente la costumbre.

Inquisitivo

Cualquier día podrían preguntarte
por qué arde la ventisca contra mis orígenes,
desde cuándo finjo este desnudo
o quién se atiene todavía
al juicio enloquecido de mi sangre.
Resiste entonces. Nada digas, miente.
Que si tú también cedieras,
negándole su máscara a este loco intérprete,
nombrarías la figura que moldean
tus ojos en combate ultraterreno
con el tiempo. Di tan solo el número,
recurre al juego esclarecido de los actos:
nada digas, no soy ese:
yo escogí durar en lo que huye.

11 nov. 2010

Conciliación

Llevo tres semanas luchando,
demasiados días observando
a los demás actores
como si supiera doblegarlos.
Tres semanas o diez años. Nunca cedas...
Los que tanto claudicaron, ahora dicen:
nunca cedas. Qué ocasión habrá llegado
para que a ratos deba repetir en la vigilia,
contra el sueño interminable,
un salmo inconcluso,
la oración escéptica de nadie:

Yo estaba preparado,
pero la palabra capital ardió más rápido:
casi como el cuerpo retorcido de aquel árbol.
Ahora tomo ejemplo de ese ciego invulnerable
al que amedrentan todos los espejos.
E intuyo la verdad que el tiempo nos reserva,
su juicio arrincona mi conciencia a la intemperie.


Sé que no he cerrado los ciclos del olvido.
Tan solo continúo defendiendo
del espectro invencible de los años
la razón que no ha justificado mis errores.

10 nov. 2010

La cita





Como todos, a ratos me arrepiento. Si aún la vida es un regalo, será ― no me hagan mucho caso ― porque alguna vez hemos hablado del extraño sentido que le damos. Y quizá no se lo crean, pero casi juraría que también la vida se arrepiente de algo, posiblemente del trato inconsecuente que ha dado a los que esperan.

¿Por qué si no se ofrecería, después de cancelar todas sus citas con la necesidad impaciente de ser algo, a consolarlos con azarosos regalos?

9 nov. 2010

A destiempo


Por supuesto, le dije que no. Y fui tanto o más fuerte que el deseo. Resistí la humillación, la soledad, la culpa. Fui tanto o más fuerte. Sus gestos dibujaban el perfil más delicado, su olor llegó a enfermarme. La cadencia de aquella voz suya, se enredaba a mis oídos hasta precipitarme contra mares de Ginebra. Después se marchitó. No sé bien... La vida, supongo que la vida. A ella también la maltrató. Solo entonces vino a mí, aun después de haberme rechazado. Solo entonces, después de que el deseo deviniese en nada, se ofreció a luchar por mí. ¿Y para qué, respondió el orgullo herido, necesitaría ahora de tu común compañía?

8 nov. 2010

Perder la fe

Escuchadme los que aún tomáis ejemplo
de los poetas, los astutos,
notables poetas: no existe palabra,
ficción o templo que pueda rebatirlo:
la verdad, esa fuerza cambiante,
enemiga en estos días de los hechos,
no es tal más allá de la fe convenida
por el bien de nuestro empuje.

Si alguno de vosotros ha pensado en el absurdo,
detenga aquí su inquieto raciocinio.

Baste el observar desde la llanura agreste
a todo aquel que se conduce por la nada
en busca de la magia pueril, de ese delirio
que reúne a los más débiles, fortaleciendo
la insegura condición de sus espíritus.

Detened un día vuestros actos,
así fracase la progresión del mundo
al declinar la fe que todos equivocan;
la misma que todos profesamos.

Deteneos, y observad que la pasión
parece ser hermana
de una bestia impredecible:
la misma que hoy tendría que atender
al casual nombre de locura.

6 nov. 2010

Examen (reescripción)



Al anochecer, siempre contra la penumbra tácita, cuestiono la identidad que aparece en mis escritos. Releo algunas de las frases que debieran perdurar si el porvenir contemplara mi obra con misericordia. Hoy tengo la edad silenciosa de todos los objetos… Los objetos. Debería hablar de ellos más a menudo. Si no lo hago, es porque lo único importante en estos días es que estoy aprendiendo a estar solo, a levantar un prodigioso velo entre mi realidad y el poderoso absurdo que escruto desde el balcón de mi casa.

Sí, hay que amar la soledad. De niño tenía muy pocos amigos. Invertía mis horas tejiendo largos diálogos con personajes imaginarios o leyendo cuentos en los que me reconocía de un modo catártico. Pero en verdad, madre, tus ojos me superan. Si algún día la fama se cuela entre mis cuentos, este verso dará mucho que hablar. Mi madre ha sido el nexo más profundo que he tenido conmigo mismo, con la niñez que no he querido enterrar del todo entre los libros. Con mi propia condición de individuo potencialmente feliz. Lo dice alguien que durante algunos años de su vida, lo sabrán mejor quienes me conocieron entonces, tentó los golpes de la locura, pretendiendo ser un artista universal o qué sé yo… Mi madre interviene cotidianamente en mi soledad, a ella es a quien debo la mayor parte de mis victorias contra la enfermedad. Pero creo que lo que digo en ese verso, basta para considerar la posibilidad de que en algún momento que ahora olvido, me idealizara a fin de facilitarme el camino. Impresiones como esa me hacen sospechar que no siempre he escrito sobre mi propio drama, plegándome en ocasiones a lo que otros proyectaban en mí. Y eso me conduce a entrever la posibilidad, tan familiar para algunos, de que referir nuestras miserias cuando escribimos, puede conllevar, de un modo u otro, un mal tropiezo con la realidad.

Pero también cabe el entrever la misma literatura como algo terapéutico. Entonces, no les quepa duda, tendría que ser yo el que expusiese con honestidad su sufrimiento, ante el juicio interminable de un público que no siempre ha permanecido mudo frente a mis palabras. Partiendo de la posibilidad de que cualquier análisis sentimental puede resultar erróneo, se hace necesario el aclarar que la ficción también es otra forma de hacer cicatrizar los golpes, pero al fabular no remediamos nada. Simplemente ocultamos durante un rato la agonía, esto es: nos evadimos, dejando para más tarde ese enfrentamiento tenaz para con nuestros demonios.

Es justo decir que ciertas fábulas también pueden ser terapéuticas, y no solo del modo que he citado anteriormente. Para ello tal vez habría que extraer el molde esencial de lo terrible, hacer una máscara sin evidencia alguna de personalidad, y luego sustituir nuestro rostro por esa imagen premeditada. Es arriesgado, pero creo que Baudelaire no era el único que consideraba que, después de consumar nuestra perdición, era posible contemplar a un desconocido en el espejo. He ahí la locura literaria llevada a sus últimas consecuencias de veracidad.

Para alguien que trata de desenmascararse a sí mismo a través de la poesía, el camino de la evasión y el de la comprensión podrían discurrir de modo paralelo. Me consta que soy yo el que, en última instancia, debe pronunciarse sobre lo que escribo. Pero considerando que por pura relatividad empírica, la experiencia que trasladamos a la literatura puede ser cierta en tanto que queramos que lo sea, todo esto se vuelve extraordinariamente complejo de tan simple. Ambos caminos pueden ser igual de válidos para curarnos, aunque algo me dice que solo el que busca la verdad pueda presumir que la belleza se consumará en el mismo terreno de lo sensible.

¿Y hasta dónde sabemos que decir la verdad es algo terapéutico? Todos mis conocimientos de la realidad se me antojan introspectivos. En mis recuerdos hay muchas imágenes, ciertamente poderosas, que puedo deducir como parte de un argumento que voy comprendiendo poco a poco. Resultaría sencillo considerarlas como parte de una historia premeditada, creer que lo pasado tenía que suceder así porque el orden natural de la experiencia sigue unas pautas predecibles. Pero esto sucedería gracias a una perspectiva que se aprende mirando hacia el interior. Y claro, ahí está la locura de sentirnos protagonistas de nuestra existencia, que debe de ser el único modo de que los demás no nos consideren dementes de la más absurda libertad o algo por el estilo. Como protagonista de mi propia vida, me esmero en actuar como los que han protagonizado la mía. Solo en contadas ocasiones puedo vislumbrar una acción que no pretendiera imitar la audacia, con mayor o menor acierto, de algún actor de cine o personaje literario. O de un amigo que a su vez podría hallarse en esa misma tesitura en el momento en que tomé nota de su conducta.

Al final, solo me queda claro que podemos inventar la verdad. Podemos soñar y olvidar la vida, y vivir el sueño de vivirla. Pero en el fondo, en lo más oscuro de la jungla que nos corresponde, ciertas convicciones se forman al margen de nuestra voluntad. Bajo esa luz irremisible, todos tratamos de atenuar la evidencia que la experiencia impone en sus lecciones.

Reducción al absurdo



Una vez servido el drama ético, el camino de la perfección va directo al vacío. Y la ciudad canta, llena de animales que deben alumbrar. Su naturaleza es refinada y contradictoria. En sus genes confunden matices estéticos, profundos afectos y metas crueles. Herederos de dioses bestiales, muchos consideran un mero artificio el juego del arte. Mientras, otros danzan sutilmente, y los hay que contemplan el cielo desligada su percepción del presente.

5 nov. 2010

Oficio

Aquí tienes, un poema.
Lo cambio por la piel senil del lobo.

Supongo que la noche,
con sus sombras y su sangre en celo,
sigue siendo un buen tema.

La noche...
La noche nos consuela.
Cada cual lleva en su mente
las noches invisibles que contempla.


De acuerdo,
a mí también me suena usado.
Hablemos consternados del invierno.

El invierno tiembla en mi desnudo...
Pero no, la nieve llegará forzada:
no concuerda su frío con mi mundo.

Olvidemos el principio.
Al final, empiezo:
aquí tienes, intacto, tu silencio.
Lo demás se ha perdido en el trayecto.

4 nov. 2010

Intranquila rutina

Otro sol se precipita ardiendo
contra este otoño inoportuno:
mi estancia delimita la otra orilla,
y otro amigo me combate
desde el frío estigma del silencio.

No hay nada que explicar.
No puedo codiciar aquel desnudo,
ni un rostro adolescente en los espejos.

¿Creéis que al fin cedo en mi locura?
Juzgad de nuevo,
la edad no me amenaza todavía.
Otra vez es más sencillo:
he vuelto a odiar al que contempla
la feliz incoherencia de mis lunas.

Gustar o no gustar

Los prejuicios limitan nuestra comprensión, y no solo sobre aquello que prejuzgamos. También sesgan nuestra visión de aquello que preferimos. Esta convicción queda exaltada en y para nosotros a través de un despropocionado sentimento de fe en lo que nos causa algún tipo de placer, también en lo que nos seduce o en lo que nos conviene.

Y supongo que a nadie la resultará descabellado el que alguien tan aburrido como yo, afirme que dicha fe solo obedece, en la mayoría de los casos, a una idealización estética previa al conocimiento del objeto en sí.

Es decir, a otro prejuicio.

3 nov. 2010

2 nov. 2010

Mitomanía

Habló certero.
Su palabra actuó como el rayo,
convenció al débil y al héroe.

Al liberar su voz,
cumplió el ancestral cometido.

Luego, ya saben...
La gente olvidó el mensaje:
alabó al mensajero.

1 nov. 2010

Interludio

1. La poesía es hija salvaje de la luz. Y sus sombras, negación de nuestra naturaleza.



2. El negar que haya por ahí alguna verdad absoluta esperándonos, no tiene por qué hacernos suponer que no haya un concepto enteramente cierto a través del cual interpretar la realidad, pues así solo negamos que haya muchos "grados" de verdad. De ese modo, todo podría quedar reducido a la dualidad del ser o el no ser, de la realidad y la ficción. De la conciencia cabal y su hermana más infantil, la azarosa locura.



3. Cuando llegó la soledad, no estaba preparado, sino harto.