27 abr. 2010

Oculto

Creo que volví a escucharos
sin caer en la cuenta de la ausencia,
casi juraría que he vuelto a encararme.
Puede que haya ajusticiado nuevamente
un rastro de vosotros, un silencio
que era casi música, casi un baile.

Y es como si también hubiera delirado
incendiando las fugaces caracolas,
la importancia sagrada del verano.

Pese a lo absurdo del acto,
creo que podría estar en mi derecho:
el rencor resulta ser un comodín,
la carta más común de la baraja.

Para solucionar todo esto, solo habría
que seccionar nuestros lazos
por el punto de máxima tensión,
que viene a ser el tramo del tejido
donde nos atamos.

Si todavía queda algo después
de convenir que nunca nos pertenecimos,
eso, amigos míos, solamente eso
será la amistad que hemos poblado
de juicios improbables, de máscaras veloces,
de objetos que apenas valoramos.

26 abr. 2010

La carretera

Entro en la curva de la noche.
No estoy dispuesto
a pernoctar analizando la luna,
ni a devorar los manjares oníricos
que la madrugada sirve a los insomnes.

Quiero dormir,
dejar de conspirar, perderme.

He pasado muchas noches
cavilando sin concesiones,
intentando desenmascarar al niño
que se disfraza de hombre,
al hombre que se disfraza de árbol,
y al gato que se subleva aburrido.

Pero la curva de la noche es tan cerrada,
que alguien debería detenerse
justo aquí, conmigo; y yo con alguien
que no temiera perderse
al descansar placidamente de sí mismo.

¿Y si mañana no soy quien
para desenmarañar la luz de los abismos
que adivino refulgiendo entre mis manos?
¿Y si no soy yo…?. —o lo que es peor—:
¿y si ni siquiera me doy cuenta
de haber perdido la palabra tras la noche?

25 abr. 2010

Reino de la soledad

Cualquier ciudad es el reino,
la inmediata arquitectura vacilante
que gobiernan individuos extraviados,
transeúntes que el ocaso
libera de la deuda de su sangre.
De ese modo nos acoge, adormecidos,
cansados de creer en el infierno,
contrariados por el juego
que comprende la violencia de ser nadie.

Anochece. Por las calles se adivina
un nostálgico vestigio de cordura.
Podemos observar eternamente
el espacio indefinido, ese vacío atmosférico
que reemplaza la verdad, y en su lugar
deja la sospecha de que un alma
se rebela con las brisas de la noche.

La costumbre nos obliga a obviarnos
en este barrio de inmigrantes
inocentes o culpables, en esta ciudad
que tantos días nos sorprende
con su ruido acuciante, con sus páginas
de terrible convicción moderna.

Y yo no tengo tus ojos.

Si debo hacerte ver lo que subyace,
la vergüenza más inmunda,
el tiempo deshumanizado de la carne,
quisiera recordarte solo
que el acto de soñar es necesario
porque todos los relojes, los días y los años
nos invitan a negar este momento,
a escondernos donde nadie sepa
por qué somos todavía lo que arde.

Fuerza

No en la dureza del héroe
estará la fuerza que has buscado,
ni en el temperamento caprichoso
de ese bruto que no fuiste ni juzgaste.
¿Qué es la entereza del fuerte,
sino el hallazgo de ternuras conservadas,
de derrotas en la lluvia de diciembre,
de canciones que en verdad convencen
de su debilidad al niño
que una vez perdido nada pierde?

Afronta la belleza de esa cicatriz callada,
ten valor, sostén placidamente
la razón perdida que origina tu vergüenza.

24 abr. 2010

Celebración




Salgo al alba queriendo festejarme. He pasado la noche en las calles, primero conversando con un buen amigo. Se nos fueron las horas en narraciones que pretendían abarcarnos, a nosotros y a la literatura imposible de concebir que fuimos y que somos. Luego llegué a la casa desde la que escribo, comí algo e intenté dormir. Pero no ha habido forma. Así que he salido con el alba a festejarme como actor, como el poeta que debería ser, como amante de la que vaciló al rechazarme y de aquella otra que no pudo calmar la sed de ser en ella. Queriendo festejarme, me reencontré con aquel que nunca terminé de abandonar a la suerte de su locura. Fue una celebración triste, llena de recovecos vacíos, de solemne entereza. Ah, pero mi tristeza es sosiego, porque es natural y justa.

Si pudiera, al menos, suponer lo que otros sienten, esa emoción que reincide en los que quiero amar y sobre la que solo puedo concentrarme cuando todas las despedidas ya se han consumado como un acto necesario. Pero no es tan sencillo. Yo también debo cantarme a mí mismo. Debo estar en mí y consolarme en todo, sí, pero siempre desde ese recinto sagrado que es la identidad. Puedo interpretar el gesto o la conducta, puedo indagar en la palabra. Pero eso son ensueños, abstracciones que pretenden situar el universo dentro de mi persona.

¿Y en verdad es posible sentiros, amigos, turbadores artistas de lo improbable? Si son todo conjeturas, si al replegarme ante un silencio contencioso solo estoy escenificando una intuición fallida, cuando vuestra conducta era de una claridad amable y creadora: ¿qué más puedo hacer, salvo jugar a redimirnos de toda soledad en el seno proceloso de la soledad misma?

Mas toda celebración solitaria necesita de un desierto. Es ahí donde interviene la necesidad de escribir ciertos poemas. Si no soy capaz de contener unas emociones que están demasiado llenas de mí mismo, debo al menos escribir, dejar constancia de todo esto para que, en vuestro propio recinto, podáis oír el murmullo impensable de mi sangre. Los que escriben no saben guardar para sí lo que hay en lo hondo, no quieren. Si llegáis a reconocerme, aunque sea de un modo difuso, entre las páginas de un libro tan común como cualquier otro, aunque sea en un verso que solo os ataña de un modo sutil que no trataréis de asignarme, habré estado en el mundo el tiempo suficiente como para recoger todas las flores invisibles que debiera arrojar sobre mi propio féretro el día de mi muerte.

Yo, por mi parte, seguiré leyéndoos. Porque esta deuda solo ha de saldarse empleando el tesón  que me distéis con la intención de averiguar lo que somos.




23 abr. 2010

Absurdo

No discernir ningún camino
de entre los incontables
que transito hollando la mentira.
Presentir, después de haber sabido,
que la nada multiplica nuestros actos
como potencia inabarcable del absurdo.
Jugar a ser desnudo
de cuantas realidades se entrecrucen
disfrazadas de ficción hierática.
Que el engaño no revele
—no después de haberlo urdido—
la vergüenza irremediable
de tornar, sentida con cuidado de epitafio,
la constancia de un sentido
en incierta sombra entrometida
de otra sombra imperdonable.

22 abr. 2010

Errático

I

De acuerdo. Pero tendrás que jugar con las reglas de los que no tienen imaginación.

II

No le temo a las palabras. Solo a mí mismo, que me paso la vida moldeándolas para que digan lo que yo quiero, no lo que de por sí revelan.

III

Tenemos un millón de años para conocernos. En ese tiempo lo normal es que te aburra cada día un poco más de lo debido. Pero no te preocupes. Siempre habrá algo que nos haga fabular con la idea de la muerte, que viene a ser el momento en que la cosa se pone más interesante.

IV

La literatura solo nos juzga por lo que aprendemos de ella. En su esfera solo nos es posible reconocernos como si no fuéramos nosotros los que un día se atrevieron a recurrir al autor, ese desconocido, para que les aconsejara sobre el mejor método de desaparición.

V

El miedo nos incita a calcular las mejores excusas. Esas que tanto nos decimos a nosotros mismos y que nadie más se cree.



20 abr. 2010

Animales sociales

Pronto no seremos sino extraños.

En el cauce irremediable de la poesía
trato de reconoceros, apreciados fingidores;
aunque el desnudo que insinuáis,
se muestre corrompido por la decepción
que alimenta el bagaje inquieto de los años.

(También ajenos a nosotros, conversamos.)

Pero cómo complaceros, si amagáis
el lento suponer de nuestro juego,
haciendo resonar la copa
que hiciéramos añicos
en un brindis furioso por la Noche.

Entonces celebrábamos la nada
que incitamos a existir en nuestros actos,
contrarios al amor que no entendimos.

Y tras aquellos pasos que trazáramos
en la misma dirección
que tanto traicionábamos,
adivino el juicio exacto de las fuentes.

Su murmullo no resultará benévolo
mientras bebamos el licor amargo,
destilado en desigual combate:
el mismo que perdimos tantas veces
por juzgar violentamente lo que somos.

Por tanto, conversemos.
Ya mañana supondremos como extraños
la ocasión de revelarnos en exceso.

Simplemente conversemos…

17 abr. 2010

En la biblioteca



El pasado jueves quince, como cada jueves desde hace casi un mes, asistí a la tertulia que organizan algunos amigos, también escritores, en una tranquila librería-café de La laguna. Como cada jueves, llegué allí con las mejores intenciones que suele permitirme el ánimo, que puedo asegurar que no son pocas. Al comenzar el diálogo solo estábamos dos a la hora convenida. Eran las siete de la tarde. Pese al respeto, un tanto azorado, que pudiera inspirarme este interlocutor —un escritor que tiene poco de ingenuo y mucho de gigante intelectual—, la conversación fue encauzándose poco a poco de un modo que a mí me resultó cuanto menos agradable. Disertamos en un tono tal vez demasiado ligero sobre moral y filosofía, y recalco lo de ligero, porque ya es sabido que lo que está bien y lo que está mal en no pocas ocasiones nos lleva al dogmatismo; actitud que, si bien todos hemos sido proclives a representar en un momento determinado, la larga historia de las ideas se ha encargado de demostrar que no suele traer nada bueno.

Cuando ya había pasado más de una hora, apareció un nuevo tertuliano de nuestro mismo gremio. No voy a comentar nada a favor ni en contra de él para no condicionar el juicio final que me gustaría que emitiera el lector, aunque fuera para sí mismo, sobre lo que estoy relatando. Sí diré que nuestro recién llegado no me inspira ningún temor. Más bien una especie de jovial camaradería. Bien. Resulta que los tres hemos publicado algo de poesía. En un momento dado, aquel con el que había estado charlando desde el principio, bromeó sobre un personaje que mi alegre compañero y yo habíamos conocido unos años atrás, alguien que había querido ejercer de maestro en nuestras balbuceantes lides con la poesía. Tampoco diré el nombre de este último, solo me gustaría repetir de manera aproximada lo que dije con anterioridad, lo que defendí en el momento en que temí que este mismo camarada, primerizo en nuestra tertulia, llegase a sentirse ofendido por mi comentario. Sí, dije que el personaje en cuestión me parecía un farsante de la peor calaña y que se había inventado toda una carrera como poeta para impresionar a los ingenuos o sacar provecho de sus dotes como actor.

Afortunadamente, ninguno de los dos reaccionó mal en el momento de revelar mi verdad. Él afirmó que se sentía orgulloso de haber recibido buena parte de su formación de mano de alguien tan ilustre, y yo me limite a asentir del modo más respetuoso posible. Resumiendo un poco, dijo que aquel maestro de maestros le había enseñado, de un modo que él mismo definió como efectista, a recitar, y puede que hasta a escribir dándole al público exactamente lo que quiere. Dijo, no recuerdo las palabras exactas —sí las ideas—, que el público siempre está esperando algo, una suerte de revelación o qué sé yo, que el poeta tiene que articular de manera espontánea mientras recita, o acaso mientras escribe —no olvidemos esto último—.

Lo siguiente que voy a explicar aquí se refiere a mi experiencia como lector. A riesgo de volver a ser tachado de loco, diré que el sutil suceso al que me remito no creo que haya sido casualidad, aunque en este ejemplo concreto pudiera parecerlo. Hace años que ciertos autores me guiñan el ojo desde su silencio atemporal, llegando incluso a involucrarse en situaciones como la que acabo de relatar. Así, sucedió que al día siguiente encontré este pequeño texto sobre la relación entre Heidegger y el nazismo o, siendo más concretos, entre Heidegger y Hitler.

“El malentendido entre Hitler y Heidegger se debe a su relación absolutamente dispar con el lenguaje. Para Hitler, el lenguaje no representa sino un medio para actuar sobre las almas y las voluntades: sin preocuparse de la verdad, que puede ser diferente, hay que decir lo que surtirá efecto y lo que surtirá el efecto deseado. Desde este punto de vista, la palabra es más eficaz que lo escrito ya que, explica Hitler, "el orador no deja de recibir del seno de la masa misma, durante el curso de su conferencia, las rectificaciones necesarias midiendo por la expresión de los presentes... si la impresión y la acción de sus palabras conducen al fin deseado" [Mein Kampf]. Así, hay que decir una cosa u otra según el efecto producido. Para Heidegger, por el contrario, cuya primera preocupación no es gustar o arrastrar, sino conducir por el camino de la meditación, las palabras y el lenguaje entrañan en sí mismos una relación con el origen, con lo primordial, una lección de verdad. Sabemos con cuánta atención, con cuánto escrúpulo, escruta y analiza las palabras y sabemos también que, para él, la lengua alemana es privilegiada por su afinidad con la lengua griega. La seriedad que para Heidegger tienen las palabras y la verdad hace que constantemente caiga en la trampa de Hitler, quien, por su parte, no toma en serio las palabras ni la verdad.”

MARCEL CONCHE, Heidegger en la tormenta.

Creo que no será necesario decir que alguien con un pésimo sentido del humor se está riendo de nosotros desde la tumba. Al fin se me ha mostrado la definición exacta de lo que no debería ser la poesía.






Vacío

Prendió por su interior el fuego.
Día y noche cuidó de no extinguir
la llama de su pensamiento
alimentándola con todo su silencio,
con su temor a trascender ardiendo
la voraz fascinación
por esa oscuridad que iluminaba.
Noche y día se obstinó en reconciliar
la intensa luz de su interior
y la asombrosa cerrazón de la palabra.
Cuando todo hubo ardido, recordó
que la verdad es sueño y que la luz
no es más que el despertar
a otra sombra más pura,
que muere al consumar cualquier deseo.

14 abr. 2010

La otra libertad

Desplegué las alas de la fiebre.
Unas alas formidables,
que aún tratan de elevarme
contra el viento que enfrenta la locura.
Mis actos no se miden
con la aprobación ni el miedo:
mis actos son el vuelo
que anida en las hogueras: raudo va
tras la muerte que renuncia
a morir arrepentida de su sueño.
Sí, de todo me arrepiento.
Del llanto, de la sombra,
del azul enigmático que dejo.
De todo. Y porque a veces vuelo
en contra de los astros salvadores
o del viento que parten los vencejos,
no puedo resarcirme
más que hiriendo sin prudencia
la falsa luz que muere en estos cielos.

No belleza

No hay nada más allá. Solo la desconcertante intuición de otro infinito.

*


Se va la juventud. Y todo eran presagios.


*


De todas las artes, la poesía es la que mantiene una relación más directa con el público. Tanto la música, como la escultura, la pintura, el cine o la danza, necesitan de un soporte físico para reproducir su mensaje. La poesía, en cambio, puede memorizarse mientras sea, y suele serlo, lo suficientemente breve. De este modo podemos hacerla tan nuestra como lo permita nuestra experiencia como lectores.


*


Si vuelve la tragedia, quiero mirarla de frente. Para entregarle las flores que arranqué del jardín de la inocencia. Para escucharme cantar lo aprendido.


*


Antes trataba de vislumbrar mi vida como una sucesión más o menos coherente de acontecimientos. En mi interior crecía el miedo a desfallecer y a no ser capaz de concluir mi obra.

La misma poesía me ha llevado a comprender que “cada día es una pequeña vida”, y ahora, cuando escribo, solo pienso en dos cosas: que escribir aún es necesario y que la poesía siempre es empezar de nuevo


*


Pensabas que dejar de sufrir era olvidarte definitivamente de ellos. Y, aunque ahora rechaces la alegría que sabías justa desde antes de su muerte, ellos renacen cada noche en ti, en tu manera de decir que has sorprendido a la vida en tu tormento. En tu modo de sonreír por haber sobrevivido a los inevitables giros del drama.


*


Desconfía de la belleza cuando parezca más importante que la vida.


*


Alguna vez, ante la belleza de un poema sombrío, he creído que la poesía debía ser noche, no: lamento. Ante un poema diáfano, de explícita belleza, también he pensado que la hermosura debe brillar en el vacío.

La dos cosas me consuelan, sí: pero solo en el instante en que abismarme en claroscuros. Cuando no hay poesía, ni siquiera pienso en la belleza.

12 abr. 2010

Camus

Luna y árbol, luz y océano,
valle, lluvia y sombra:
todos los paisajes me rechazan hacia dentro.

También dios o el viento, también ellos.

¿Qué lugar es la noche?
¿Por qué el hombre habita extraño donde es dueño?
¿El camino hacia el hombre es el hombre?
¿El camino hacia dios es el viento?

(Dentro hay siempre tal silencio
que no podremos sino
callar hasta absolvernos.)

En la clara inmensidad de lo distante,
postrado ante la calma, indigno de otro cielo,
sin fronteras que impongan ningún dios,
sin materia ni impotencia cotidiana
que puedan convencerme de estar fuera,
a solas me alimento de mí mismo
mientras otros devoran la vergüenza
de haber nacido para nada.

(Soledad es espejo de otra luna,
del árbol o del fuego.)

El paisaje es nuestro desde dentro.
Dentro no hay conciencia de estar dentro.

(Interludio)





Llego a una calle fabulosa, borrosa de luces y de frío, donde juegan solos a ser libres. La vida se humedece al tacto con la sombra. Mis dedos destilan gota a gota un fuego que no alumbra. Tuve un alma, lo recuerdo: era aquel paisaje rumoroso hacia el que huyo todavía. Me uno al corro demente de los que creen que su salvación se encuentra en una calle fabulosa, borrosa ya de luces y de frío.

Jugamos a lo que seríamos si la vida fuera lo que supusimos aquel día.

El ritmo anárquico del mundo comprende situaciones como esta. Donde un pájaro es más que un pájaro cuando se debate como símbolo de una niñez introvertida. Sus voces no se escuchan, ni siquiera cuando gritan con el gesto la verdad por la que dudan. Tiene la calle ese no sé qué de espejo para un mundo que solo se refleja en la mentira. Estoy en todos ellos, sin nombre, sin miedos ni preguntas. Sin excusas que ofendan la vergüenza del que teme consolarme. No hay dios que se interponga entre nosotros cuando calculamos un crimen sin coartada. Jugamos. Dios no está aquí para llorarnos.

Oscura tras los ojos, la penumbra que nos une comienza a disiparse. Un sol sin vida encuentra su horizonte. Mas la pesadilla es simple como el alba: por más que crea en la belleza, el día solo llega para cerciorarme de qué cosa fue la noche.





La otra cara de la venganza



Nuestra generación, como las generaciones anteriores, no cree en el respeto. Esto será así hasta que la siguiente hornada de jóvenes salvajes empiece a tratarnos como si no sirviéramos para nada. Entonces, no les quepa duda, nosotros también empezaremos a urdir complejos universos morales en los que el más fuerte no pueda tener nunca la razón.

Un joven respetuoso es para sus semejantes un joven que se niega a dar la cara por la libertad. Está bien que así sea. Nunca me he sentido más esclavo de mí mismo que cuando tenía diecinueve o veinte años. Entonces pensaba que ese yugo formaba parte de todos los condicionantes sociales que nos impone el vivir en ciudades atestadas de individuos que ignoran qué es lo que les conviene. Ahora me doy cuenta de que esos condicionamientos eran y son parte de una personalidad que no siempre resulta ser como los demás quieren que sea. Lo que quiero decir es que a los veinte años era un completo estúpido. Pero un estúpido que creía en la libertad total del ser humano.

Ahora considero que mis temerosos límites son parte esencial de lo que soy. La experiencia directa con la violencia o con la burla despiadada, han devastado mi entereza idealista. Y no creo que tener miedo sea tan malo. Puedo decir que la vida me ha enseñado que peor que el miedo son las cosas que nos hacen comprender nuestra angustiosa fragilidad. Peor que tener una visión azorada del mundo, será siempre ese mundo en sí. Dirán que soy un revolucionario fracasado y algo resentido. Pero para que el individuo sea libre sin morir en el intento, la única manera ha de ser profesándose a sí mismo el mayor de los respetos. Respeto que, viéndolo otra vez desde los ojos de un joven recién salido de la adolescencia, no sería más que ese antiquísimo temor hacia lo que somos. Temor hacia el daño que podríamos causar a los demás y a nosotros mismos.

El valor es una cosa extraña. Muchas veces tengo la impresión de que se trata de la simetría invertida de un espejo en el que estuviese reflejándose la crueldad humana. Ser valiente ante la maldad, implica actuar coherentemente, convencidos y del mismo modo… Pero siempre desde el lado contrario, respondiendo con la justificación sagrada del que ha sido provocado.








11 abr. 2010

Pasar página

Pasando página.

La decepción se cruza
con las trampas de un juego colérico.

No he perdido
—la derrota es el ensueño que rechazo—,
mas no he tenido éxito
en aquello que combato
dialogando con máscaras sombrías.
Mas me pregunto: éxito y fama,
¿qué serán sino fantasmas ideales?
El diálogo con el silencio continúa,
de mí dependen su violencia o impostura.

Creí que la imposible gloria me aguardaba
a la vuelta de una esquina sin retorno…
Pasando página, comprendo
que esa realidad no es mía,
que el éxito se crea
afirmando tenazmente una mentira.

De mí solo dependen
las intensas palabras, las voraces
que nacen cada día en la penumbra.

El genio desaprovechado



No creo que ser alguien racional tenga remedio. La razón obra en la psique de algunos constantemente, incluso cuando esas personas no están haciendo esfuerzo alguno por desentrañar ningún enigma. Hasta la prodigiosa intuición mística, esa por la que somos capaces de saber algo sin saber cómo lo sabemos, podría ser un proceso racional inconsciente por el que procesáramos mucha más información de la que abarcamos al esforzarnos en obtener una respuesta por las vías “convencionales” de pensamiento. Lo cierto es que hay un baremo que alude a cuánto puede presumir la inteligencia del individuo corriente. Este, no sé si es necesario aclararlo, está muy presente en nuestra sociedad de un modo que yo consideraría negativo. Los que nacen con cierto potencial intelectual —y acaso todos nazcamos con grandes capacidades—, deben ser estimulados y hasta entendidos del modo adecuado. Personalmente me parece evidente que ser inteligente en un entorno en el que todo tendiera a la más estricta normalidad, podría ser contraproducente a nivel social para el niño o el adolescente que pueden ir un poco más allá que el resto.

No resulta complicado imaginar lo que pasa cuando un potencial queda adormecido. Pero, ya lo he dicho, no creo que el ser alguien racional tenga remedio. Otra cosa es que los que tienen que pasar por dicho problema, no se decidan a cultivarse en un determinado sesgo cultural. Bien por miedo o por esa desconfianza aprendida hacia su propio potencial, habrá quien mantenga su inteligencia enfocada hacia conflictos puramente vitales. Pero también creo, arriesgándome ya a formular una hipótesis difícil de corroborar, que este tipo de individuos serían aquellos que pudieran observar el mundo de un modo más certero, y digo certero hablando de comprensión directa de la realidad y sabiendo que ese mismo término se ha relativizado, precisamente por aquellos que sabemos más inteligentes, hasta la saciedad en el entorno tan moderno que hemos diseñado.

Sí, ser inteligente suele ser un tormento también a nivel personal. No son pocos los genios que viven con la constante desazón de sentir próxima una realidad más terrible de lo que la mayoría se atreve a reconocer ante sí mismo o ante el resto de los mortales. No sería de extrañar, pues, que hubiera más de un Borges intentando hacer una vida de lo más normalita, fingiendo, si es que eso es posible, que no comprende nada más allá de lo que todos asienten con convicción dudosa. Pero, debo repetirlo, ser inteligente no tiene remedio. Así, si como dicen algunos, a mayor capacidad de adaptarse al medio, mayor es la inteligencia del individuo, no sería de extrañar que hubiera más de un genio tratando de pasar desapercibido en un entorno reacio a considerarse digno de todo brillo intelectual.




10 abr. 2010

Consumación


“Ahora todo parece fácil”
J. L. Borges

Y qué será la eternidad
cuando todo suceda
como el parpadeo ante la luz:
la misma luz que no podría herir
nuestros ojos prendidos al sol.

Si la desesperación nos falta
al regresar de nuestro fatigoso viaje,
sea porque, al consumar los días,
la misma condición que proyectáramos,
se cumplió después de tanto confiar
en la ilusión de un reino inevitable.

Qué será la eternidad cuando tengamos
su cuerpo constelado en nuestros brazos.
Qué será después del mar o de la estrella,
cuando termine el ciclo que no tiene fin.

Aguarda un día más:
los años que han pasado
y los que pasarán,
no han de dejar sobre nosotros
más que el peso inconsciente
de un sacrificio al que debernos,
de un baile inquieto con el tiempo
que no hemos de apresar con la mirada.

Malos tiempos

No es conveniente
esperar la tragedia.
Siempre llega cuando menos se la espera,
en el instante más sencillo,
cuando cortamos la raíz
más secreta de la flor, ahí está
la tragedia despuntando en los jardines.
Nada más trágico
que esperar la muerte en los tranvías,
que llorar por lo que serán
los inevitables gritos,
los accidentes
de la perpetua impaciencia.
Y no hay forma de saberla aprendida
cuando ya ha venido:
siempre llega por primera vez
para no irse nunca,
para decirnos lo que somos al oído.
Pues hemos sido siempre en ella,
el mundo se aniquila desde el alba
en un juego de violentas autorías.

La tragedia vendrá…
(No la esperes más despierta.)

Sueña siempre que ella es la importancia
que le damos a la suerte,
al injusto azar que nos complace
con más de lo debido,
que nos rechaza también
con lo que creemos suficiente.

Y aunque la fortuna te desprecie,
recuerda que la tragedia siempre nos acoge
en su hogar vacío, siempre al desnudo…

Siempre atravesando la intemperie.

9 abr. 2010

Temple

Derrochada la furia
por la ocasión contraria
de encarar los espejos,
no hay amor ni desprecio
en la luz que doblego conmigo.
Nada más que la piedra
o el árbol destinado
a ignorar su existencia.
No albergo nada
desde mí hacia mí mismo,
sola la natural inconsciencia
del pájaro, del fuego, del mar
que devora un poco de tierra.

Estoy cansado de amar mis pretextos
mientras los ríos sempiternos
pasan y olvidan, aprendiendo
a ser tiempo en el tiempo.

Intento ignorar que soy todo.
Y ser todo al cantar
todo lo que desconozco.

Retrato de la desnudez

He venido a darme cuenta ahora de que llevo años desnudo. Así, cualquiera podría reírse cruelmente de mis defectos. Ahora, justamente ahora, después de haber soportado todas las críticas como si fueran mentira, me doy cuenta de que el disfraz que había empleado para vestirme, no era más que el harapo invisible de la vanidad.

    *


En este resquicio de mi identidad están cifradas todas mis experiencias, mis viajes, mis alucinaciones. ¿Seguro que no ves nada más que una sonrisa enigmática? Mira bien, pues tú eres parte del instante que estamos consumando, y en esa mueca perpleja que me ofreces, también tú estás vagando: toda tu esperanza y tu delirio se amoldan a mi rostro. Y yo me adapto igualmente a ti para que la realidad sea posible. ¿Seguro que nuestras vidas no confluyen desde siempre en este segundo inabarcable? Inabarcable como todos los segundos. La vida se nos muestra siempre bajo la infinita cifra de un silencio cuyo significado de sobra comprendemos, mas no podemos pronunciar por temor a reconocernos tal cual somos.


*


Quiero creer, y no hay mayor fe que esa.


*


Mi sombra es parte de la sombra del mundo. Si ambos, yo y mi sombra, desapareciésemos para siempre en lo oscuro, en algún lugar seguiría brillando la misma luz a espaldas del cosmos.


*


No hay preludio. Todo está terminando de suceder ahora. Todo está empezando de nuevo ante tus viejos ojos de niño. Si prestas atención, podrás ver otra vez los mismos pájaros que cantaron el día de tu nacimiento. Los mismos que cantarán cuando nos hayamos ido de este mundo.


*


Soy el judío que viaja en el tren de la desesperación, rumbo a los campos donde la muerte se presenta como el consuelo de los más fuertes. Soy el joven palestino que se realizará cargado de explosivos. Soy todos los hombres que no saben dónde van, que lloran desesperadamente sin que nadie quiera escuchar su llanto ensordecedor.

8 abr. 2010

Fe




Del amor solo podemos creer que existe. Para saber a ciencia cierta, tendríamos que morir o enloquecer por ese sentimiento que nunca termina de convencernos con su verdad silente.

Hogar

En el triste hogar de los poetas,
una máscara recita desde siempre
la cifra fraudulenta de la vida,
un hombre engaña a los que teme,
un niño se suicida, y el amor
se cruza cada día con su ausencia.
No hay lugar en las estancias que describo
para aquellos que no sepan la respuesta,
la forma natural de no ser nadie.
Y la pregunta tibia soñando se repite:
¿te arrepientes de ser tú el que dormita
soñando con la luz, a la intemperie?
El hogar de los poetas es un mito
de ánimas tentadas por el fuego.
Volver hasta su puerta,
supone darle una oportunidad
al juego inconsecuente
de abrirnos paso contra el mundo,
enajenados por violentas fiebres
que aumentan el absurdo de haber sido.

7 abr. 2010

Como verán, la "cosa" ha sufrido algún que otro retoque, no sé si justificado o no... Mejor dicho: no sé si para mejor o para peor. A mí, siguiendo en la línea del artista joven y autocomplaciente, creo que me gusta más que antes. Y bueno, lo importante era eso, no...?

6 abr. 2010

Cielo habitado (cuadro-poema)

Veo un millar de pájaros furiosos
que no pueden caer,
un paisaje eternamente revelado,
más un cuerpo hierático
que conserva la calma ante el cielo.

La escena alberga tanta luz atemporal
como el silencio imperceptible
del que mira la nada.

(…Atardece: ¿interrogan a dios sus deudores?)

Pájaros que han llegado a consumar un sueño,
una mujer que es presencia y destino,
el cielo sobre ciertos árboles oscuros.
Pudieran ser fragmentos
distanciados de la misma realidad,
que, al no comprender su incierto lugar en el todo,
se cruzan de manera irremediable.

Por si llegara la noche a su tiempo indebido,
esta imagen se torna hacia un lapso sin tiempo,
sin noche ya,
sin ningún sol moribundo…
Hacia la misma eternidad
que aquietase la escena
ante un sobrenatural Testigo.

5 abr. 2010

Examen (y III)

...Para alguien que trata de desenmascararse a sí mismo a través de la poesía, el camino de la evasión y el de la compresión podrían discurrir de modo paralelo. Me consta que soy yo el que, en última instancia, debe pronunciarse sobre lo que escribo. Pero considerando que por pura relatividad empírica, la experiencia que trasladamos a la literatura puede ser cierta en tanto que queramos que lo sea, todo esto se vuelve extraordinariamente complejo de tan simple. Ambos caminos pueden ser igual de válidos para curarnos. (Sí, pero acaso solo el que busca la verdad pueda presumir que la belleza se está consumando o se consumará en el mismo terreno de lo sensible).

¿Y hasta dónde sabemos que decir la verdad es algo terapéutico? Todos mis conocimientos de la realidad se me antojan introspectivos. En mis recuerdos hay muchas imágenes, ciertamente poderosas, que puedo deducir como parte de un argumento que voy comprendiendo poco a poco. Resulta sencillo considerarlas como parte de una historia premeditada, creer que lo que ha pasado y lo que pasará, tenía que suceder así porque el orden natural de la experiencia sigue unas pautas predecibles. Pero esto sucedería gracias a una perspectiva que se aprende mirando hacia el interior. Y claro, ahí está la locura de sentirnos protagonistas de nuestra existencia, que debe de ser el único modo de que los demás no nos consideren dementes de la más absurda libertad o algo por el estilo. Como protagonista de mi propia vida, me esmero en actuar como los que han protagonizado la mía. Solo en contadas ocasiones puedo vislumbrar una acción que no pretenda imitar la audacia de algún actor de cine o personaje literario. O amigo que acaso estuviera obrando como una proyección ficticia en el momento en que tomé nota de su conducta.

Al final, solo me queda claro que podemos inventar la verdad. Podemos soñar y olvidar la vida, y vivir el sueño de vivirla. Pero en el fondo, en lo más oscuro de la jungla que nos corresponde, ciertas convicciones se forman al margen de nuestra voluntad. Bajo esa luz irremisible, trato de negar el peso que la vida me impuso en sus lecciones. Puede que escribir sea el único modo de liberarme de mí mismo para dar un paso más allá del angustioso silencio.

Examen (II)

...Pero también cabe el entrever la misma literatura como algo terapéutico. Entonces, no les quepa duda, tendría que ser yo el que expusiese con honestidad su soledad, ese silencioso estado de gracia, ante el juicio interminable de un público que no siempre ha permanecido mudo frente a mis palabras. Sé que la ficción también es otra forma de aliviar cualquier tormento, pero al fabular no remediamos nada. Simplemente ocultamos durante un rato nuestras heridas, esto es: nos evadimos, dejando para más tarde ese enfrentamiento tenaz para con nuestros demonios.

En fin… Estoy en un momento de mi supuesta carrera en el que creo haber desatado cierta verborrea con la triste intención de merecer un lugar en la posteridad. Ya sé que como autocrítica puede resultar abusiva, pero quizá no sea para tanto. Lo digo porque tengo la impresión de que mucho de lo que escribo está de más dentro de una posible visión unitaria de mi obra… Y así volvemos a lo mismo. No sé muy bien por qué he dicho que escribo demasiado, pero estoy casi seguro de que lo que sobra es aquello que no cumple ninguna función, ni evasiva ni definitiva, en lo que hago.

Volviendo sobre el tema, creo que es justo decir que ciertas fábulas también pueden ser terapéuticas, y no solo del modo que he citado anteriormente. Para ello tal vez habría que extraer el molde esencial de lo terrible, hacer una máscara sin evidencia alguna de personalidad, y luego sustituir nuestro rostro por esa imagen premeditada. Es arriesgado, pero creo que Baudelaire no era el único que consideraba que, después de consumar nuestra perdición, era posible contemplar a un desconocido en el espejo. Sí, he ahí la locura literaria llevada a sus últimas consecuencias de veracidad...


Examen (I)

Al anochecer, siempre contra la penumbra tácita, rebusco lo que soy en lo que escribo. No son pocos los que dicen y creen conocerme a través de una línea de hermético sentido. Releo algunas de las frases que debieran perdurar en caso de que el cosmos contemplara mi obra con misericordia. Hoy tengo la edad silenciosa de todos los objetos…Los objetos. Debería hablar de ellos más a menudo, pero mi condición de escéptico me impide decir nada interesante sobre el tema… Bueno, mejor no desviarse de lo esencial. Quiero decir que, de todo esto, lo único importante es que estoy aprendiendo a estar solo, a levantar un prodigioso abismo entre mi realidad y el mundo que escruto desde el balcón de mi casa.

Sí, hay que amar la soledad. Es algo que estoy recobrando en estos días. De niño tenía muy pocos amigos. Invertía mis horas tejiendo largos diálogos con personajes imaginarios o leyendo cuentos en los que sí me reconocía, aunque fuera solo de un modo catártico. Pero en verdad, madre, tus ojos me superan. Si algún día la fama se cuela entre mis cuentos, este verso dará mucho que hablar. Mi madre ha sido el nexo más claro que he tenido conmigo mismo, con la niñez que no he querido enterrar del todo en el armario. Con mi propia condición de individuo potencialmente feliz. Lo dice alguien que durante algunos años de su vida, lo sabrán mejor quienes me conocieron entonces, tentó los golpes de la locura, pretendiendo ser un artista universal o qué sé yo… Mi madre interviene cotidianamente en mi soledad, a ella es a quien debo la mayor parte de mis victorias contra la enfermedad. Pero creo que lo que digo en ese verso, basta para considerar la posibilidad de que en algún momento que ahora olvido, me idealizara a fin de facilitarme el camino. Lo que intento corroborar es la posibilidad de que en verdad sea yo el que escribe tanto sobre las sombras desgarradas de la vida, porque si en verdad está justificada tanta confesión sobre el sufrimiento, tendría que hacer algo al respecto...

Objetos



Habrá más días en los que prescindir de los enseres que apreciamos. Los espejos que muestran la penúltima ternura, la verdad, tu nueva blusa pintada de inocencias; las mismas cosas que guardáramos del tiempo, perderán el valor ingenuo que hace que las merezcamos… Hay tanta pobreza en el acto de atesorar objetos que luego pensaremos nuestros para consolarnos.

Y el juguete mudo de la soledad son los cuerpos. Poseer uno es dubitar entre la vida y la identidad que queramos adjudicarle a la materia. La realidad es esa broma de lo físico, que a nadie pertenece cuando ama. Y estamos llenos de violentas partículas eternas. Envejecemos. Hoy he visto en el espejo a un niño contrariado por los años, vestía tras sus ojos un mundo irrepetible de canciones estivales. El cuerpo que ahora soy, es tan solo la materia latente que añora lo invisible, que sueña con el alma inaprensible del silencio.

Reconozco que estaba equivocado: la soledad, esa sombra que irradia nuestra esencia, no pertenece a lo que somos. Es ella la que nos posee. Como el muñeco favorito de un niño condenado.






4 abr. 2010

El juego



Interpretó su propio desconcierto como una despedida. Mas cuando se hubo ido, no supo regresar al hogar que tanto había imaginado. Se había despedido prematuramente de sí mismo. Aunque en su recuerdo brillaba la posibilidad de haber estado por encima de las circunstancias del adiós, lo único que le quedaba claro era que había optado por el camino más corto hacia la nada.

Durante el esperpéntico rato que pasó con su amigo, se sintió dominado por el ansia de aparentar una exagerada afectación y un conocimiento de la vida que acaso no le correspondieran. Y ahora no podía volver. La batalla se había zanjado con un suicidio accidental. Por eso, porque no estaba dispuesto a retroceder ante la verdad, debía ser consecuente con su papel. Era la única forma de no comportarse nunca más como el necio pueril que siempre había sido.

Al doblar aquella esquina, y sin entender muy bien cómo ni por qué, su único amigo apareció ante él, otra vez  impulsándose desde las sombras. El experto fingidor sonrió con una mueca de satisfacción que no resultaría ni remotamente humana.


Imagen: Remedios Varo

Epifanía





Sus ojos reflejaron mi noche interior. Para doblegar el vacío, acudieron los pájaros al recinto sin luz.

3 abr. 2010

Adolescencia

¿Dios? No sé, no puedo suponer ahora
en qué otro asunto infinito
estaría entrometiéndose de tarde en tarde.
No, yo no era tan niño...
Mi cuerpo se tensaba lentamente,
como el hilo de luz que sujeta la brisa…
Bueno, era joven. Pero no tanto.
A lo que íbamos…
La tarde se quedó muy quieta.
La tarde era otra forma
de decir que el mundo estaba encinto
de vaga gratitud y verdores ingenuos.
Recuerdo que la soledad era un juego.
Primero se confundió conmigo.
Luego fuimos cielo, fuente, rebelión o gloria,
plaza de hormigón y sombra…
y cada cosa que se oculta
de su propia plenitud
en la perfección dudosa que aparenta.
El cielo ya tenía sus límites abiertos…
Sí, claro que era necesario
darle gracias al sol y a la impaciencia,
porque entonces la vida
sucedía entre espejismos casuales
cargados de sentido o de inocencia.

Solo había que vivir para entenderla.

2 abr. 2010

Ética


No el hombre que asciende a su gloria aparente cuando se sabe sometido por sus propias mentiras. Tampoco aquel que, sin ser como los demás, se siente inferior a los mismos que tejen y destejen renuncias ante una negra plenitud que no pueden poseer. Ni siquiera el que se juzga idéntico a todos sus semejantes porque piensa que su amor es capaz de reconstruir el mundo.

Solo quiero ser como ese otro que observa a los demás de frente y no sabe cuál es la distancia que separa tanta luz y su luz, el viento y los árboles; los mil rostros esquivos de la multitud y la realidad de su rostro único, invisible aún para sí mismo.


Los rostros del poema

En el reflujo previsible de los días,
la humilde magia del poema
agoniza, canta y se congela
en el acostumbrado devenir
de las palabras aprendidas para el fuego.
¿Y dónde proseguir con el recreo
de arrojar a las llamas, una tras otra,
las convicciones que añoramos por callarnos
al atravesar los umbrales últimos del mundo?
Pues cuántas canciones olvidamos
en las fronteras de la pasión por darnos.
Y cada vez que desistimos
de un modo de apaciguar la vida,
ella, la que finge comprendernos,
la poesía, está ahí para negarnos la derrota.
En infinitos rostros nos entrega
el oro que anunciamos a la sombra.
A cada nuevo embate de la luz,
desnudamos otro poco de su verdad desnuda,
olvidando los principios que creímos
inevitablemente puros. Ella, la poesía,
nos enseña, más fugaz en cada temporada íntima,
la canción febril que cantaremos por herirnos.