31 mar. 2010

Visión en paz

Para Marta, en silencio...

Las tardes eran graves por tus ojos.
Un barniz de luz inerte te doraba el pecho.
El sol difuso que vestías,
otorgaba a tu silencio una desnudez dudosa.
Ya eras menos niña por tus ojos,
y te adulaban los pájaros,
celosos de aquel vuelo impasible
que ahogaba la inocencia de tus juegos.

Las tardes eran graves ante todo.

¿Por qué debiste ser tú la que tomo del fuego
la luz inestimable que nos ciega?
Agosto es un mal mes para dolernos,
hay que sopesar cualquier desgracia
en un rincón sin música ni atuendos.
Sin nada que abrigue la imprudencia
de estar vivos y no verlo en nuestros gestos.

¿Por qué la muerte no será otro buen comienzo?
¿Por qué el deseo se tambalea como el ciego
que no puede asirse a lo invisible?
Tú también estabas aquí, y solo es eso.
No había entonces ningún juez
que pudiera reprobar tu pensamiento.

Agosto es un mal mes para dolernos.

La coartada solemne de mi dios de entonces,
fue la inmensidad atroz de tu silencio.

Las bestias



Tratando de esquivar el solitario absurdo que pudiera suponer la libertad, recorro la imaginaria distancia que abarcan los pasillos de esta casa diminuta. He logrado evitar todos los dramas menos uno: el mismo que hoy me corresponde por derecho. El que me hace contemplar siempre el mismo ángulo incomprensible de mí mismo. Tal vez la vida me haya sonreído en tantas ocasiones como yo he pretendido volver el rostro hacia las mismas cicatrices que representan un bagaje fortuito por el mundo. Conozco el luminoso infierno de la locura, sus rincones asombrosamente sucios de lirismo. Tratando de esquivar el claroscuro de sus pasillos, me reencuentro con el destino que no supe asumir a su debido tiempo.

Yo inventé esta aterradora verdad para saberme más cerca de la poesía y acaso cada día más perdido en la vorágine inconsciente de los otros. Y la casa sigue estando medio vacía. Mi madre contempla en silencio un televisor que alecciona al mundo entero sobre el verdadero significado de nuestra impotente rutina.

Tratando de escribir desde la negrura, sin que nada en mis palabras me exija el lamento inapropiado de la víctima. La vida es algo tan simple, que resulta casi imposible de definir en los términos precisos que revela la poesía. Pero nada importa. Soy libre para sufrir las imprevisibles consecuencias de mis actos, como también lo soy de endurecer mi rostro para no alimentar un rencor infinito hacia la verdad. Tratando de abarcar un drama que se imposibilite a sí mismo, de dar una lección moral a los que se saben justamente felices, pienso que yo también debería ser uno más en la larga procesión de los favorecidos.

Un amigo me dijo que la desesperación justifica en estos días cosas tan atroces como el crimen pasional. Cuanto más sufre el inocente los embates de la vida, más seguro se siente de su derecho a la venganza. No se equivocaba, por lo menos no en mi caso. Ah, pero yo he visto crecer en mis brazos a la hija predilecta de la desesperanza. La poesía dibuja en mis silencios la imagen sagrada del porvenir, la exagerada tentativa de un destino trascendente. A ella debo mi visión arrepentida de la noche. Por ella reconozco que todos los espejos son mentira, que la libertad es la ilusión de saberse incomprendido en lo más hondo de uno mismo.

No, esta noche no le daré mi aprobación a las bestias que amaestré para encontrarme cuando más trémula fuera mi voz en la espesura. Esta noche soy alguien más que se lamenta en exceso por lo que no supo comprender a su debido tiempo.




Imagen: Remedios Varo

30 mar. 2010

Soñando para el sol

El soñador nunca despierta.
En sus ojos nace un animal esquivo,
se reinventan de nuevo la adicción
al dolor y un sueño obsceno
entremezclado con el fuego de la vida.

Se ocultan de otro sol sus ojos,
son el juguete sublime
de un poema sin sentido.

Elegido por azar, el soñador ya es alguien.
El soñador nunca despierta.
Sabe bien que la luz de la locura
es más extraordinaria
que cualquier oración escéptica.

Todos soñamos
cuando él despierta ante otro sol
sin más significado que la noche.

Bosque interior

Ser acaso tan firme
como el tronco pardo de un gran roble,
que tan solo la airada tempestad
pudiera revertir mi mundo.
La tempestad o un mundo
más fuerte que aquel
que nadie alcanzaría a juzgar mío.

28 mar. 2010

Conjetura sobre la luz

Feliz el ciego que en su nacimiento
ignora ya por siempre qué es la sombra,
que no puede imaginarse que la muerte
sea noche cerrada en nosotros,
noche para él inconcebible.
Bienaventurado el ciego eterno,
porque no sabrá que el sol o las mujeres
han de alejarse de nosotros
mientras su luz se vuelve insensible y silenciosa.
Feliz en su ignorancia
porque no teme añorar nunca
la hermosa imagen que es la vida,
esa que otra cerrazón suplantará algún día,
sin que él alcance a suponer
los profundos matices
que da la oscuridad a quien la habita.

27 mar. 2010

Paisaje

No hay ciudad visible a la costumbre.
Solo la garantía consabida
de aventurarnos hacia los confines
de esta sórdida luz inevitable.
Tampoco hay horizonte.
Restos solo. Dioses prescindibles
que vagan en silencio ante la noche.

No hay ciudad que aquiete la vergüenza
de estar detrás de su mentira, de no mentir
para redimir su estéril ánima de nadie.

Sobre la posibilidad de hacer historia



Amiga, estos tiempos son propicios para consumar amores memorables. De entre tanta sinrazón superficial, negando las máscaras de quienes ignoran que hay un rostro igual de falso tras su miedo a la realidad, sería fácil llegar a lo duradero con un valiente juego de manos en la oscuridad. Nada puede perdurar más que el arranque trágico por el que pretendemos vencer las expectativas de esta época equivocada, tan débil en sus propósitos como todas las demás épocas pasadas. Lleguemos a la historia, desafiemos el momento en el que todo debería ser según qué cosas, y démosle un golpe de plenitud al decadente bienestar de nuestros actos. ¿No lo ves? Todo es discordia. Y el amor se expresa entre nosotros a través de una cifra irremisible. El amor es viento empujando tu ventana, es paloma guarecida entre ciudades latentes. Es crepúsculo o mar, blanco escenario de luz o intemperie de sangre: pero nunca tú y yo, amiga. El amor nunca somos nosotros aprendiendo a ser más.



26 mar. 2010

Regresando...

Después de unos meses de descanso, aquí me tienen... No es ninguna maravilla, pero a mí me gusta, y al igual con eso es suficiente.

Volviendo a casa



Para que la muerte no me sorprenda perdido en mitad de este viaje nocturno, replanteo este suicidio inmisericorde desde la experiencia de saberme impelido hacia otra muerte más consciente que la vida. No temo a la nostalgia, ni a los ángeles voraces que erizan mi silencio desde su silencio insostenible.

Amor de las tardes benévolas: la vida es el tesoro que enterré mil veces entre tus rojas manos de sándalo.

Elijo la duda y sus versos impares, elijo el alcohol terrible de mi grito a deshoras para que la muerte no nos sorprenda desnudos, amor que apartas del camino a mis últimos rivales de ternura y de sangre.

25 mar. 2010

Puntos débiles

Qué voz podrá herirnos,
qué más deberá enfurecernos.

Todas las sombras posibles
pasan desapercibidas:
es la innata costumbre
de sabernos combatidos
también por nosotros mismos.

El extraño al que amo
habita solo tras de mis ojos,
se ofende cuando defiendo
ante su afecto soberbio
mi azul recinto de nadie.

Esto es mi sangre, me digo.
Esto, mi noche cerrada,
mi mudo exilio sin aire.

Y nunca me ha pertenecido
la luz de mi propio silencio,
ni el fuego que robo a la muerte
cuando la vida se escapa
entre mis simples gestos de niño.

Indefenso ante el sueño
de ser comprendido por alguien
que no crea en mí,
que dance al son de otras fuerzas
más fuertes que aquello veo.

Indefenso también ante mí.

Y no saber qué podrá herirme,
ni qué luz llegará a enfurecerme…

23 mar. 2010

Elogio de la crítica

I

Algunos se preguntarán por qué determinados escritores hallan un retorcido placer practicando una actitud destructiva a través de su literatura. Yo también me lo pregunto, y sin tener ni la más remota idea de por qué esto es así, creo que más interesante es la cuestión de por qué determinados autores consideran que la literatura ha de ser un recinto forzosamente pacífico. A fin de cuentas, la sangre que pueda derramar el literato airado tiene ese no sé qué de crimen consumado en defensa propia, cuando no de ejercicio estético de una complicidad encomiable.

No obstante, supongo que también habrá quien se sienta tentado de practicar el severo arte de la destrucción contra aquellos que tratan de rebelarse sin más razón que erigir un vasto imperio a imagen y semejanza de sí mismos.

Ante los autores que se ensañan contra aquellos de esa manera, me siento identificado por partida doble, pues puedo considerarme el cómplice que actúa junto a ellos en defensa propia.


II

Pasé muchos años de mi vida tratando de parapetarme tras un velo ilusorio que me idealizara. Supongo que ahora, después de haberme reconocido en el espejo, habrá quien consideré que soy un personaje un tanto extravagante, por no decir torpe o miserable. Pero, gracias a que ese velo ya no me preocupa en absoluto, sus opiniones me son a día de hoy totalmente indiferentes.


III

Resulta extraño ver como determinadas alabanzas nos convierten en dobles mal traídos de nosotros mismos. Viendo que esto es así, creo que es lícito pensar que el elogio ha de ser un arte delicado, sutil y ante todo paciente. A veces hacen falta varios años de una vida para que una persona se dé cuenta sin envanecerse de que, verdaderamente, está haciendo lo mejor para la mayoría de los mortales.


IV

Ciertos escritores —que conste que en esta distinción también me incluyo— venden la piel del lobo antes de haberlo matado. Un lobo que la mayoría de las veces nadie, ni siquiera ellos mismos, ha llegado a ver con claridad.


V

La miré a los ojos sin estar preparado para su respuesta. Ella me convenció sin mediar palabra de que todo estaba ya en su sitio. A lo que yo añadí que no la comprendía, sin decir nada en absoluto. Ciertos sobreentendidos son sutilmente aterradores, pues dan la impresión de que ya todo ha sido dicho; de que el tiempo, ese lenguaje voraz e insuficiente, ha encontrado en nosotros su justa medida para siempre.


VI

Quien no haya redactado nunca un poema aceptable, acaso tienda a considerar que un verso bien escrito vale tanto como una eternidad ante un conmovedor atardecer. Pero puede que para los que dedican buena parte de su vida a ese arte, su mejor poema valga tanto como la gota de lluvia que pretende rebosar el mayor de los océanos.


Pintura: Aida Emart, México.



Leteo

He olvidado la infancia irreversible,
dejo atrás entierros y delirios;
en mi subconsciente se ha desdibujado
el origen mezquino de mis miedos.

Ahora estoy aquí. Por vez primera
diviso lo que soy sin compararlo.
Tengo la impresión de que olvidando
es posible ser mundo, y desnudar
su herencia de nostalgias aprendidas.

Todo se repite, volver parece inevitable.
Pero al olvidar todo es distinto:
desapercibido pasa lo que pudo ser,
quedando en primer plano
los actos de un amor imprevisible.

Amar es ver el mundo por vez primera…
Quien ama, olvida para renacer,
dejando tras de sí la misma vida
que nadie ha de vivir de nuevo como fuera.

22 mar. 2010

Fantasmas

Para mí ya están muertas.
Aunque pasen tantas veces ante mí
cuando salgo desnudo
a reírme del fantasma de la soledad.

Es extraño. Haber amado.
Extraño comprender
que lo corriente es abandonar,
huir, ser traicionado
por alguien a quien jamás hubiera
dejado de esperar hasta importarle.

Yo vivía perdido
en la abertura que propaga
toda humilde belleza,
la que habría de reconciliarme
con la terrible ternura de aquel daño.

Extraño haber sufrido
la inocencia de un afecto vulgar,
haber soñado los límites de un cielo
hermosamente alucinado.

Yo vivía perdido
en la abertura que propaga
la muerte y el canto por negar…


Pero para mí son ausencia
las sombras de aquellas muchachas
que intenté desnudar repitiendo el pasado.

21 mar. 2010

El suicida

Tengo el macabro privilegio
de haber elegido más de mil veces mi muerte.
También la vida es fuego
que arde sin control, desesperadamente,
que pende de un azar insomne,
imposible de calibrar en su dominio
de golpes a traición y amores imprevistos.

Acaso para ser felices,
debiéramos gobernar por siempre
el grito espontáneo de dolor
o el llanto inútil tantas veces consumado
sin el ilusorio permiso que negamos.

Toda verdad puede ser sentida en la locura.
Mas ese no es motivo de esperanza.

Yo me entrego a desmesurados placeres
que arrasan lentamente mis entrañas.
De entre todas las muertes posibles,
tengo el macabro privilegio
de haber elegido precisamente esta,
que ennoblece por la intensidad de su belleza.

En mi mano duerme aquello que es eterno.
Mi muerte será mía,
así poseeré el dudoso aire que respiro.

Fuera de mí se gestan
los absurdos caprichos
que enloquecen la inercia de la vida.

20 mar. 2010

Inflexión

Lúcida melancolía, de ti he aprendido
a convencerme cada nuevo día de mi error.
Por tanto no te escondo de los otros,
de quienes te observan tras las puertas entreabiertas,
sorprendidos por los mismos gestos
que reservas para el umbral vacío
de inconstante misericordia.

Tu edad interna es la del polvo
que se interpone entre tu sol y el mundo,
y así debo temerte:
a ti y a tu público de sombras expectantes.
A ti, a tu solemne espectáculo
de espejos que no olvidan tu mirada
cuando más falsa es la ingenuidad que anhelas.

Mas yo también traigo por encima de la noche
el acento salvaje de los pájaros
y la mañana que emprenderá desnuda
su retorno al limbo luminoso de los sueños.

De tu escoria íntima de sangre,
de tu tan blanca máscara de miedo
brotan los últimos verdores
que debiera consentirle a mi esperanza.

El ateo

...Y enfrentar también la dirección del mundo
para que el tácito artificio de sus leyes
no encuentre más cabida en mi inocencia.

Para gobernar el fuego de mis noches,
habría de renunciar a todo lo que he sido
en aras de un aciago tiempo de ilusiones.
Y atravesar guiado por inhóspitas sospechas
la tierra que muchos supondrían destinada.

No, no es mío este modo de afirmar
el murmullo eterno que concordan los más necios,
ni el melancólico delirio
que sopesan en su cerrazón los santos.

Negadme, negadme hasta que encuentre
una presencia propia desnuda de mi mano.

Dadme solo aquel amor que no se sabe,
que acaso nace cuando la última palabra
se aquieta en la dudosa trama de los días.

Negadme. Que no sea yo como vosotros,
los que afirmáis que es justo todo cuanto existe.

19 mar. 2010

Para cerrar el círculo

Llegue la hora, sea breve el daño
y larga la elección del sueño último.

Quede completo el ser cambiante
que amaneció más de mil veces
deseoso de saberse ya definitivo.

No ha de serme posible saber si al fin seré
de la misma estatura
que detesto o que amo.

No hasta que la fortaleza viva de mis actos
se desvanezca en mí hacia la respuesta
que, como el niño ante el castigo, se rebela
tratando de hacer ver toda su luz
en la frontera temblorosa de mis labios.

17 mar. 2010

Inconformismo

En el mal poema que escribo para mí mismo,
un objeto imprevisto
anuncia que esta encrucijada
es de nieve y de espanto.
Y ya no quedan respuestas para mí
que no alimenten nuevas flores o preguntas.

Hablo para todos desde el limbo de la fiebre
que allana los caminos
con su sed encendida de espejismos.
Porto en mi silencio el mito ciego de la luz.
Y mi corazón es el perro que se oculta
entre fieles afectos y lunáticos instintos.

¿En verdad crees que habrá un sitio para mí
en este laberinto de patética blancura?

Ven, abramos en el mar otro destino
más fácil de alcanzar
que un estático infinito de cadenas.

Las trampas del amor fraternal




I

Las decisiones de las que más me arrepiento, son aquellas que tomé influenciado hasta la ceguera por los que se consideraban mis maestros. Es decir, me arrepiento sobre todo de las consecuencias de aquello que no quise prever cuando otros decidían por mí.


II

Si nadie es mejor ni peor que nadie, es imposible que haya dos seres humanos que sean ni lejanamente iguales. La igualdad es el justo término medio entre superioridad e inferioridad. Y, llámenme loco, pero creo que es imposible que haya término medio alguno entre dos extremos que en realidad no existen.

Este razonamiento nos llevaría de vuelta a la evidencia social más clara de cuantas afirma el sentido común: la que dice que siempre seremos diferentes los unos de los otros. Acaso para que nadie esté por encima de nadie, tendríamos que defender nuestra categoría de seres únicos, por encima de todo lo demás.

Aquello que iguala al común de los mortales tal vez sea completamente inaprensible, ya que toda semejanza universal es incontrastable con ninguna cualidad opuesta o diferente a la misma. Así pues: ¿a qué tanto defender una igualdad que no podemos comprender y sobre la que tantas veces se obvian los mismos abusos que pueden hacernos sentir inferiores a aquellos que pese a todo debemos considerar “nuestros semejantes”?



16 mar. 2010

Juegos

Hicimos el ridículo al odiarnos.
Torpes desconocidos,
obstinados en superarse
cuando más simple era la cota
que impone la expectativa del adiós.

Y parecíamos feroces,
sobre todo, amor, cuando de los dos,
ninguno sabía detener aquel torrente
de aguas turbias, veloces; de errores
tan comunes como lo fuera el perdón.

No me malinterpretes.
Hubo tardes de abrigo, y también noches.
Te quise en la vertiente de un río
que solo es navegable
al sumergirse hasta su lecho de azul.

Solo me arrepiento del daño
que los dos nos hicimos
amparándonos en las cicatrices
que abrieran tantos juegos al sol.

La culpa es un dolor duradero.
La culpa y su reflejo enajenado de amor. 

Imagen: David Alfaro Siqueiros

15 mar. 2010

Vindicación




No podrá llevarme la palabra
más allá de este solsticio, fuera de mí,
hacia la herencia fortuita
de mejores recintos.

La poesía transcurre en el ahora.
Es aquí donde su importancia
cobra sentido de llegada,
de norte clandestino
visible solo para los que aguardan
regresar al fin de un imposible.

El tiempo del poema es nuestro tiempo.

En sus jardines
no hay eco que reemplace
la música que encienden sus silencios.

Hallen los que vengan ya mañana
su propia condición
de eternos herederos de sí mismos.
De íntimos deudores de un poema
que afirme hasta la muerte
lo ya sabido para siempre por sus hijos.


imagen: Georges Seurat

14 mar. 2010

Hipótesis sobre la eternidad




Escritas estas líneas desiguales
a fuerza de asomarme
a ese desierto insomne de la soledad,
algún día podrán pertenecer sus ecos
a alguien que nada sepa sobre mí,
nada sobre aquellos que también me hollaron
cuando más alta era su forma de tenerme.
La literatura, con sus llamas y sus juegos,
está ardiendo desde antes de quemarnos.
Y si estos versos sobreviven tercamente
a mi propia franqueza,
serán sus límites de escarcha rumorosa
—no mis horas sin ti, mi única vida—
el barro del que algún lector hipotético
podría llegar a moldear
una imagen más clara de su propia locura.

Así pues, si estos versos sobreviven
a la extraña noción que aún tengo de mí mismo,
sea porque tú, que nada sabes
sobre alguien a quien no le debes más afecto,
encuentres por mí lo que yo he perdido
en el esfuerzo inconsecuente de reconocerme
tras las líneas desiguales de toda literatura.

Estos versos también son tuyos, lector eterno.
Rómpelos o hállate en ellos, a su vez desnudo:
pues la palabra solo alcanza para eso.






A la deriva


Iba a la deriva. De niño le dijeron que la vida suele cuidar a los errantes. Y así estaba. Trataba a diario con gente que hasta para él tenía ese no sé qué espectral, moneda de cambio tan frecuente en los círculos de desarraigados. Estaba cansado como el que más, y se sentía como el crío más idiota de su mediocre círculo de amigos. Vagaba. Tenía treinta y dos, y se sentía como un escalador metido a submarinista. No. Esto no es lo mío, se repetía una y otra vez. Yo valgo para más, puedo tener éxito social, puedo acostarme con mujeres hermosas. Hasta puedo charlar sobre la inmortalidad del más perverso de los artistas. (Lo que nuestro protagonista no terminaba de entender, era que la sociedad entera, desde el portero de discoteca ocasionalmente violento hasta el camarero más amable de la cafetería que estuvo hace unos meses de moda, llevaba años, décadas —quién sabe: puede que siglos— sumida en un trágico letargo, el sueño de la inteligencia individual y, por ende, el de la inteligencia colectiva.)

Tenía treinta y dos años, sí. Y un porvenir en el mundo que parecía sacado de una película rodada sin más presupuesto que la ilusión escénica de un actor que nunca ha sabido interpretarse a sí mismo. También tenía un nombre, claro, además de tanta desazón en el doble fondo de su alma. Se llamaba Paco. En verdad, a nadie le parecía casual que alguien con ese apelativo tan común, tuviera una vida tan insípida, tan predecible en sus detalles íntimos. Paco era un personaje típico de los barrios donde la mañana llega como un gran animal lleno de vida al mundo que debe devorarlo. Yo le quise y le quiero, por eso escribo sobre él. Paco soñaba. Entre la ciega cerrazón de su esperanza y la luminosa escoria que siempre fue la realidad, soñaba. Y claro, lo que Paco aún no sabía, es que todos soñamos con convertirnos en dueños de algo más grande que nosotros mismos. Aunque a él le hubiera bastado con ser más grande que sí mismo.

Cuando me enteré de que se había enamorado, me entró una especie de pánico infantil, un miedo absolutamente cerval a mirarle a los ojos. Temía observarle de frente y ver en él el estigma violeta del amor, esa luz que le haría sentirse especial en su desgracia o qué sé yo… Paco, amigo, le dije cuando por fin, después de un largo paseo sin mediar palabra, me atreví abordar el tema: ¿entonces… te enamoraste? Paco no dijo nada. Esta vez el pánico estaba en sus ojos, sonriendo con sus fiebres insomnes, con su gesto de polilla aterida… Sí, Diego, me enamoré. Pero si tuviera ganas de hablar del tema, lo habría sacado yo mismo, ¿no crees? A la mierda, pensé. Y si alguien sabe que se suele hacer en estos casos, que me lo digo clarito y a la cara. Que los amores de la madurez son como una cacería de unicornios, ya lo sabemos todos. Pero Paco… ¿Qué sabía Paco de la vida? Menos que yo, o eso creo.

Paco tenía treinta y dos, y un miedo cerval a ser distinto de la mayoría, un terror casi tan grande como su esperanza de encontrar un paraíso. A los dos meses me enteré de que se llamaba Lidia, que era hermosa y distinta. Qué perro es el amor, pensé. Pobre Paco. Llegados a este punto, consideré justo volver a sacar el tema. Total, si quiere salirse por la tangente, lo hará. Siempre ha tenido maña para eso.

Así que estando un día de copas, aproveché un rato de intimidad para preguntarle, como si ya fuera algo de dominio público, por su historia con aquella mujer. ¿Entonces… se llama Lidia? Respuesta: coño, Diego… que aún no es el momento. Te repito que por ahora es solo asunto mío. Vale, objeté, lo que tú quieras. Si no estás preparado, lo asumo. Pero déjame darte un consejo, ¿de acuerdo? Solo uno, y pequeñito. Ah, por fin. Paco casi sonreía como un enamorado corriente. Se sabía parte del mundo oyéndome hablar de aquel modo. Así que continué: Mi consejo es simple, ya lo habrás oído muchas veces, pero como a mí me funciona, ahí va… Se bueno. Pero solo cuando os hayáis acostado unas diez veces. De otro modo, todo le parecerá fácil y… Paco se echó a reír con una suavidad que a mí me pareció inocente. Diego, Lidia no me quiere ni me querrá nunca. Ella es distinta. Es hermosa y distinta. Y tiene la capacidad de hacerme sentir tan cobarde como soy en realidad. Venga, Paco, le reproché, no seas idiota. Estas cosas tienen un orden propio, uno no ama porque sí. Ama porque en ese preciso momento está siendo amado desde algún punto estratégico del cosmos… Y Paco se volvió a reír. Esta vez no había nada inocente en su carcajada. Era, más bien, una burla dramática ante ese pequeño filósofo de andar por casa en el que me había convertido. Ambos sabemos, Diego, que ninguno de los dos tiene ni la más remota idea de qué es el amor, de dónde viene o a qué se parece. Tú también tienes treinta y dos años. Y que yo sepa, jamás has estado realmente enamorado. Ni falta que hace, respondí convencido de lo que le iba a decir a continuación. El amor se aprende por los libros, por las baladas románticas, Paco. Por la poesía que nos conmueve desde que somos niños. El amor no existe, eso es lo que en verdad quería decirte desde el principio. Si llegas a verlo así, podrás amar tanto como quieras, y luego no habrá dolor. Terminé de hablar y en la mirada de Paco había algo que otra vez me inspiró ese miedo inmenso ante su vergüenza. ¿Y qué hay luego, entonces? Si no hay dolor, quiero decir. No hay nada, Paco, respondí en tono solemne, seguro al fin de haber ejercido de maestro en la lid más compleja de cuantas pueden arrasar el espíritu humano.

Ah, Lidia, qué puedo decir yo sobre ella. Era especial, más especial que Paco. Soñaba también, eso seguro. Paco y ella no llegaron a conocerse bien. Al poco de empezar a conversar, a ella le salió un trabajo en no sé dónde… Holanda, creo. Era como esa niña a la que me hubiera gustado besar de pequeño. Tierna. Y compasiva. Sentía compasión por Paco, de eso no me cabe ninguna duda. A él lo vi bien después de la partida. Supuse que mi mensaje había calado hondamente en los viejos abismos de su alma, y no me preocupé por sacar el tema. Esta vez, tendría que sacarlo él si tenía ganas. Y cuál fue mi sorpresa cuando lo hizo. Diego, me dijo un día cualquiera de invierno, bajo un sol sin más vida que una lámpara de tristeza, con su mirada ausente indagando contra la mía, ¿tú crees que el amor es importante, que uno debes sacrificar aquello o lo otro por algo tan extraño como el amor? Bien, pensé, si quiero que relativice todo esto lo más rápido posible, tendré que hilar fino. El amor, dije con mi mejor voz afectada de adolescente que se culpabiliza por todo, es tan necesario como prescindible. Si no logras que funcione con una, siempre puedes intentarlo con otra… Paco regresó de su hermético trance y me miró como queriendo creerse lo que le estaba diciendo. Sabes que eso no es así, Diego. No te preocupes, prosiguió, me doy cuenta de que Lidia no era para mí, no pienso salir en su busca. Me aterra demasiado que llegado el momento me rechace. El problema es que estoy seguro de que no volveré a enamorarme. Sé que hay gente que quiere con locura a un montón de personas a lo largo de su vida. Pero sé por experiencia que ese no será nunca mi caso. Qué quieres que te diga…, dije, resuelto a acabar con la farsa que había empezado hacía ya demasiado tiempo. Te lo creas o no, sí he estado enamorado. No salió bien. Pero me hizo sentir especial, por lo cual siempre me sentiré agradecido. A la mierda, Diego, susurró mi amigo. Yo no me siento agradecido por nada. Desde que se fue, no hago sino pensar en el suicidio. Y no es que ella tenga culpa de nada. Digamos, simplemente, que ha sido la gota que colmó el vaso de tanta sinrazón. Tengo treinta y dos, Diego, y los próximos treinta y dos años de mi vida me parecen totalmente predecibles. No habrá amor, no habrá más luz que la de la nostalgia por Lidia…

Y llámenme histérico, pero entonces me dio por descerrajar ante la atenta expectación de Paco una desesperada carcajada. Ya no sabía qué decir. Me sentía como una rata drogada en el laberinto más prolijo de la antigüedad. Pero como ya me había reído cuando no debía y ya que Paco estaba hundido como nunca, traté de resolver aquello con elegante cinismo. ¿Recuerdas lo que hablamos aquella vez? Sé que lo recuerdas, Paco. Y sé que para salvarte tienes que hacer las cosas por ti mismo. ¡A quién le importa el desamor después de unos meses! Tu problema está a tu alrededor, te pasas la vida queriendo estar en otra parte, desando vivir una ficción que sea más real que tu propia vida. Y Lidia, sí, Lidia: ella es la mejor excusa para volverte definitivamente loco. Paco, te repito que el amor solo existe en la medida en que queremos darle una importancia que al final no tiene.

Nuestra conversación acabó ahí. Al par de días me di cuenta de que no había tenido ningún efecto sobre él. Seguía retraído sobre su sombría fantasía, planeando inconscientemente el paso definitivo.

Cuando me crucé aquella tarde con Lidia, tuve la revelación que finalmente salvaría a mi amigo. No hubo nada premeditado. Por lo que conozco a Paco o por lo que conozco al género humano en general, supe que mi plan funcionaría. Y así fue. La vi paseando por el centro, iba sola y distraída. La seguí un par de manzanas hasta su casa. Cuando localicé el sitio di media vuelta, decidido a esperar en otro lugar hasta la noche.

Cuando eran casi las once, me encaminé discretamente a casa de Lidia. Debe estar de paso, me dije por el camino. También puede que lo de Holanda no haya salido bien… Pero confiar en las dotes amatorias de Paco me pareció un exceso. Así que adelante, me dije. Cuando llegué a su edificio, esperé unos veinte minutos cerca del portal, esperando que alguien abriera para no levantar sospechas. Finalmente vi salir a una pareja de ancianos de aire fatigado, y aproveché para colarme dentro. Bien. Lo próximo era averiguar el piso. Miré los buzones. Sí, allí estaba: el tercero C. Lidia Guerrero. Subí por la escalera dispuesto a hacer lo que tenía que hacer.

Al día siguiente la noticia salió en algunos periódicos locales. Ninguno daba el nombre completo de mi víctima, pero Paco conocía la dirección, y después de hacer un par de llamadas se quedó inmóvil. Cuando rompió a llorar le abracé como se abraza a los hijos que han cometido una locura y a los que nada cuesta perdonar después de recobrar el sentido común.

De haberla dejado vivir, la idea de que ella nunca le correspondería, habría acabado con mi buen amigo Paco. Después de esto, no tuvo más remedió que olvidarla. Y caso cerrado. Paco tenía treinta y dos años. Y toda la vida por delante para desperdiciarla como quisiera.



13 mar. 2010

Dos metáforas vitales

I

Tenías razón:
es agua la vida.

Cuánto más intento
controlar su destino,
más desesperadamente

rompe

contra mis ansiosas manos.



II

Para que entiendas,
para que reconozcas acaso,
en qué árida tierra
hunde sus primeras raíces
el árbol que soy —el ser de mi espera—,
te entrego los frutos
de una primavera consciente,
anunciada, tal vez,
por la muerte de un mirlo
que aún vuela en la noche.

12 mar. 2010

Desaprender principios

El primer paso es jugar a amar la vida.
Apostar la mañana
a un daño imperdonable,
a menudo lleno de áridos pretextos.
Quién sabe si el amor regresa
cuando por fin se encuentra solo,
extraviado de tanto arrepentirse
en el dudoso corazón de las mareas.
El primer paso es partir a oscuras,
y prescindir después de lo aprendido
por amores indecibles o quiméricos.
Lo demás es perderse en la distancia
divisible toda vez a su infinito.

Y qué difícil ha de ser
llegar pensando a unas manos tibias,
desnudarse a través del canto
que intenta siempre disfrazar
el silencio con sus faltas de sentido.

Así que solo hay que acercarse, dar razón
a lo que no puede ser dicho…

Porque acaso así descubren los amantes
por qué delirio eterno,
después de qué segundo
nace un sentimiento tan común
como las luces singulares
que predicen el comienzo de uno mismo.

10 mar. 2010

Naturaleza interior

No temo a tanta soledad:
solo al vértigo que despunta cada día
hacia la callada intemperie,
solo, porque no merezco ver las azaleas,
al inquietante arbitrio de la luna.

¿Temerle a los cuerpos que se olvidan,
doblegar al testigo de todos los espejos,
contemplar la desnudez del muérdago,
que crece cada noche
hacia un futuro ya sabido?

Temer a tanta soledad es excesivo.

De extrañarme ante la inmanencia cotidiana
que es mi rostro medido en la sospecha,
habré de esconderme donde el viento
aprende a ser presencia de otros días.

Donde la máscara cubra la miseria
del tedioso espectáculo del tiempo.

Si nada temo,
es porque nunca he estado solo:
me acompañan los árboles que observo,
abriendo sus raíces sempiternas
hacia un jardín que no lamenta mi destino.

9 mar. 2010

Nostalgia del infinito

Ahora queda un sutil velo grisáceo,
tienen los días
la vacua manera del orden.
Y las aves ya se sienten prisioneras
de un vuelo que se niega
a detenerse para siempre.

El precio es estar cada vez más cerca.

Ahora sabes que el cuerpo,
en su callada cerrazón de soledades,
no puede competir
con el tiempo que solo tú interpretas.
Antes todo eran distancias que salvabas
con el llanto en la cúspide del juego.

Ahora, rota tu alianza con la vida,
el niño aprende
desde esta silenciosa densidad
un falso lenguaje que niega sus respuestas,
que fragmenta en dudosas percepciones
el mundo que hoy supones terminado.

Paraíso para un amigo imaginario




No eres ángel, ni bestia. El poeta se contentaría explicándote la carga sutil de los acomodados, de esos niños que no aprendieron a ser niños. Viejos que nunca le temieron a la muerte. No eres ángel. Si en tu frente brillara el blanco candor de los infantes, te sabría derrotado por la lluvia incesante de las revoluciones o por algún cuerpo de insoportable belleza. Si fueras tú la bestia, nadie lloraría frente a tu tumba lágrimas de sentida vergüenza.

No; no eres ángel, ni bestia.

Pareces, más bien, un producto del progreso, un cruce intranquilo entre maquinaria para la guerra y pintura depresiva vendida al último impostor insobornable. Llevas la negrura del amor en la alegría que disfrazas de inocencia. Pero a mí me gustas así. Inútil. Hermoso. Con esa normalidad tan poco frecuente en la mirada. Extraño para todos en este mundo hipócrita.

Ah, si te conociera, hablaría bien de ti, rendiría pleitesía a tu poca importancia. Pero eres solo un producto de escaso valor literario… Un hombre corriente. Nunca se ha hecho tanto daño con un solo adjetivo. Los hombres, y esto se sabe bien desde el diecinueve, son ángeles o bestias. Simios o superhombres. O ambas cosas fundidas hasta la náusea sobre la tierra. Pero déjame suponer que existes, que en algún lugar próximo a esta noche, yo también puedo ser tan normal como la desnuda idiosincrasia del objeto más irrelevante. Porque en realidad, yo tampoco existo fuera de estas sombras tamizadas de impotencia. Sueño conmigo mismo desde el atronador silencio de mi nombre. Alguien me escribe, y sabe que rezuma soledad su testimonio. Todos sabemos que ese producto tan corriente que aparentamos ser, se suicida durante la madrugada pensando en su verdadera belleza, esa que nunca podrá demostrar en este tiempo de sueños improcedentes.

Amigo, no creas que miento: en mis ojos se destila el llanto alegre de los que se saben comprendidos. Véngate del mundo aprendiendo a ser feliz con un ritual de amores sin secreto. Ten por seguro que este barco naufragará tarde o temprano. Todos saben que el progreso es un dragón imperturbable, y en alta mar tal vez seamos bienvenidos por el cielo ilimitado de la noche.

Soñemos, compañero imaginario, que aún no es tarde para reconocernos.





8 mar. 2010

Idea del amor

La mujer que me tenga
deberá soñar con paisajes de bruma
y asombrar a los niños
con sus ojos de nieve.

Penden mis cielos de la luz de su luna.
Pues, por más que me tenga,
esa mujer no pertenece a la noche
que entra impasible por sus horas en celo.
Pues del viento que nace, obtengo su rostro,
y lo dibujo con trazo seguro
en la más precisa intención de mi mente:
soy yo sin más luz que su esencia.

¿Cómo explicar que el invierno más íntimo
ha de caber en sus manos de niña?

En su imagen futura estoy sonriendo
a mi propia ilusión de años sin ella.
Soy yo quien a veces pregunta
el nombre primero que la hace imperfecta.

7 mar. 2010

Intuición tardía

Aun cuando la siesta ha sido larga,
necesito demorar, prófugo ser a solas,
mi juego de no estar en todas partes.
Necesito detenerme ante la luz vencida
de la tarde en camino.
Y así, releer cada silencio,
releer el motivo ya soñado
sin voz en el asombro
que pudiera contener mi soledad.

Alargar cada segundo hasta el ahora,
huir, llegar tarde al delirio cotidiano
de ser también lo que codicio amando,
aunque aún no pertenezca a los demás.

Solo necesito un rato diferente, inmóvil
entre la ambigua interpretación de un sueño
y la vida que ya no puede tardar.

5 mar. 2010

Negación del tiempo

Salí a buscar la eternidad.
Profané con pasión los cementerios.
Igualé la rabia taciturna de los santos.
Pernocté en salones nocturnos, malolientes,
cóncavos salones de inútiles hallazgos.
Eternidad es el lazo que la muerte
estrecha con otra soledad que se avecina.

Eternidad eres tú, amor que acaso esperas
recobrar la vergüenza perdida en tus espejos;
tú y tu canción sencilla
hambrienta de otros cielos casi vivos.
Adivinas la oración que no podrás negar,
porque no son tuyos los motivos
que justifican tus noches en silencio.

Tengo, eternidad, tu fiebre ya madura
ardiendo en todas las esquinas de mi sueño.
Tu azul de fuego es la verdad postrera
que determina los caminos
vedados en nombre de la duda primitiva.

4 mar. 2010

Diversiones

Ayer reímos con la burla sombría, descendimos
al foso inmaculado de la igualdad. Amigos:
ni un solo corazón fue más áspero ayer
que la violenta comedia
de ser niños en la oscuridad.

Si fuera importante ser o haber sido alguien
con la frente herida por el llanto, yo abriría,
antiguos amigos, las puertas blancas de mi casa
a todos los espectros de la infancia corrompida,
a los hijos de la náusea, al viento y a la luna
que imploran su delirio al infeliz orate.

No hay culpa: el perdón es la palabra
que buscamos solo para no ser nadie.
Nuestro error fue creernos semejantes
al hombre que se oculta en vano de sí mismo,
desnudo en la mañana que le niegan
los furiosos, estériles jardines de la infancia
.

2 mar. 2010

Comprensión del instante

Todo estaba dispuesto para el amor.
Había flores —flores del amor en vela—
donde soñamos, casi niños ciegos,
que la duda no nos convendría.
Había espejos también donde la lluvia.
Donde la muerte,
la explicación sencilla
de un profesor a su último alumno.
Todo estaba dispuesto.
El sol, la tarde, tu rostro en mi retina.
El mundo nos esperaba en silencio,
con la palabra huída más allá del instante
en que los pájaros regresan del frío.

Fue tan claro el joven abismo de hallarte,
tan simple el camino que abrir en la noche…
Que no supe avanzar sin perderme
en vanas preguntas sin luz,
ni en torpes temores sin nadie.

No definitiva

Pudiera ser definitiva esta luz,
hallar en mí su huída y su retorno.
En mí, que aún hablo de lo que sucede
al otro lado de un muro sin conciencia.
Definitiva esa infancia que la luna
contiene en el rostro eterno de mi madre…
(los años son la noche si nos miran
desde el ciego pedestal de la inconsciencia).
Pudiera ser definitiva
esa mano que ofrezco en el estío,
cuando retroceden las íntimas mareas
que agitan un silencio
que no llego recobrar contigo.
Pero en la pretensión del olvido
se pierde el equipaje interminable
que guardo para el viaje de regreso.

Pudiera ser definitiva la noche y su quimera.

Cuando reconozco la cifra herida en el reloj,
detengo mis banderas en el viento…
Y alzo la expresión que corroboran
los años que me inducen a pensar
en la importancia de ver como quien sueña.

Vuelo invisible

Estas alas están cortando la lluvia.
No hay canto de mí que atraviese el mundo.
Pero estas alas están bajo la lluvia, y duelen
sus roncas cavidades de futuro.

Os digo que he volado ya mil veces.

He contemplado la sombra del albatros,
y he enmudecido ante el silencio
que abre su vertiginoso desnudo
en las lindes de aquel océano mítico.

Os digo que estas alas se atemperan
con el viento que presagia la fortuna,
con el fruto callado que se oculta
en la altura sensible de algún árbol antiguo.

Estas alas no me anuncian cuando vuelvo.
Son ya el acto mismo
de cruzar furiosamente otro horizonte.

Y podrá llover todo espejismo…

Estas alas están cortando el instante
de ser solo otro extraño viajero
que debiera perderse tras el mundo.