30 nov. 2009

Beneficios de la poesía

No voy a negar que la actitud poética
es casi igual de necesaria
que la misma poesía del poeta.
Respirar el aire contaminado
tras la sombra opresiva del fracaso,
desenmarañar tanta palabra omitida,
transitar mañanas fantasmales
con ansiada posibilidad de pérdida.

Pero, sobre todo, no claudicar nunca
ante la atractiva incertidumbre,
esa vanidad artificial
del actor que representa sus virtudes
algo mejor de lo que fueran.

Solo la humilde certeza del poema
debería dejar su fuerza abierta
sobre la desnuda frente de la inconsciencia.
Y eso habría de bastar a quien comprenda.

Cualquier lector puede ser también el héroe.
Cualquier poeta, el aprendiz anónimo
que haga de su vida una proeza,
oculta la mirada fija en el poema.

28 nov. 2009

El extraño

(Vuelvo a publicar algo de hace, tal vez, demasiado tiempo. Espero puedan perdonar los defectos que puedan haber todavía en el conjunto del texto, pues para mí aún pasan desapercibidos)



A diario algo se detiene y cambia.

Y de inmediato resulta la oquedad,
divisoria fuente que ahonda en el hábito
de preguntarle otra vez a la sombra.

Entonces, marioneta del sueño, inquiero…
(algo se detiene y cambia, entonces veo)

No sé cual será el fin de mi recinto,
de mi espacio contemplado desde antes.
Antes yo pretendía mis pasos,
sin prestar atención al camino errado.
No sé desde cuándo, ni hasta dónde
fui avanzando por entre los pasillos
de una oquedad más vasta que este imperio.

A diario me interrogo acerca de este modo,
de esta fija imposición de hacer las cosas…
Duermo, amo, lloro…
Mas mi conducta es igual a la de otro
que ignorase su existencia difícilmente ajena.
Si me detengo, si razono la huella antes que el paso,
puedo discernir un rostro inhumano
que cavila su tristeza en el interior del recinto.

Mi espacio, fría posesión de noches en vigilia,
está habitado por la curiosidad de un extraño.

27 nov. 2009

Nada ha cambiado. Solo que ahora
me queda menos tiempo todavía.
¿Nostalgia? La misma que afloraba
si el alba me encontraba al ser yo mismo.
Ahora la luz me invita al juego,
insensible y demente,
de observar lo que he perdido
por vivir a ciegas con la noche.

No hay juegos ni manzanas
que acaso puedan devolverme al paraíso.

La fuga de mis horas es el alba
cuando llega al mismo punto
cardinal de la memoria.

26 nov. 2009

Juego del elegido

Amparándome en la posibilidad
de que nada de esto sea cierto,
reconstruyo en toda soledad
el espejismo vano de la gloria.

Y sueño un difícil sueño:
convencimiento casual
que hoy hace de la vida
un loco juego,
ajeno, incluso,
a cualquier otra derrota.

Me amparo en la común debilidad
de no ser más que otro invento de la historia.

Rebelión

Todos lo sabemos:
algún día será el día
en que despertar
definitivamente
a una noción más cierta
de lo que pudo haber sido.
Qué importarán entonces
el tiempo empleado
en luchar contra molinos,
o el rostro entenebrado
por la más vasta decepción.
Qué importarán el pasado
o el presente verdadero,
si ya ni siquiera
podrías suponer otro futuro.

Y lo primordial, te dirás,
no es en sí admitir la derrota:
lo peor será ignorar siempre
de qué otro modo
pudiste haberlo conseguido.

Ármate, pues,
contra la posibilidad misma
de ser solamente
la misma realidad que eres.

Así, de llegar el supuesto decisivo,
pensarás también
que quizá pudiste haber sido
ese otro que desde hoy podría
confabularse contra el destino.

25 nov. 2009

Arrepentimiento

Quizás no quieras oírlo.
En verdad, no debería contártelo.
He perdido el pudor: soy alguien.
Estoy solo con mi sangre,
escucha: estoy solo.
Quisiera amar, incluso,
hasta lo más falso,
llorar de plenitud o de importancia,
morir sin atavíos: feliz, descalzo.
Soy alguien, y aún puedo ser más…
Ser yo mismo, indecente, cansado.
Le he dicho al árbol mi secreto.
Y el árbol me ha escuchado.

Ahora todos dicen saber quien soy.

Pero quizás no quieras oírlo.
En verdad, no debería contártelo.

Autorretrato



Hoy hace mucho tiempo que me aparté del camino. Mas el relato de una vida desperdiciada ha dejado de ejercer sobre mí cualquier atisbo de consuelo poético. Hoy mi noche es tan larga como la de cualquiera. Debo decir que el buen ángel que aún me guarda, deplora estos excesos de realidad, pero también es cierto que me convertí en marioneta de los vanidosos, que me rechazaron mujeres demasiado hermosas y que, en más de una ocasión, me golpearon hasta la extenuación del alma.

Acaso esta os parezca una confesión mediocre, como tantas otras que no terminan de conmover a quien no comprende. ¿A dónde quiere llegar este caballero, hasta dónde es capaz de jugar con la paciencia del lector? ¿Por qué apela tan negligentemente a los sentimientos de quien le observa? Si, quienquiera que me esté leyendo, está pensando eso mismo, es que está siendo demasiado generoso con mis palabras. O no. Lo que quiero decir es que uno siempre es libre de dejar de leer cuando le apetezca… ¿no es así?

Por tanto, me tomo la licencia de no perdonarme, de acusarme, de atreverme a ser la víctima, que es, al fin y al cabo, lo que a todos nos apetece ser a ciertas horas de la noche. Porque puede que en ciertos momentos de la vida, en verdad seamos eso mismo: víctimas inocentes de un juego demasiado terrible para ser solo un juego.

Bien. Creo que he vuelto a romper el hielo. Espero que haya más en lo más profundo de su alma, porque les va a hacer falta para sobrevivir a tanta tragedia como la que guardamos allí, en lo más cierto de nuestra común experiencia con la desesperación.

Pero yo también quiero saber por qué. Por qué la desesperación nos empuja a explicar aquello de lo que nos avergonzamos. Y supongo que aquello de lo que nos avergonzamos es la desesperación misma. Yo hace mucho que me aparté del camino, y de ese mismo argumento pretendo hacer otra vía para mis metas. Lector, te lo cuento a ti porque sé que alguna vez te sentiste destinado hacia algo más grande. Todos los que tienen el vicio de la lectura se sienten alguna vez en esa tesitura, aunque solo sea durante esos breves segundos que lindan con la inconsciencia total de uno mismo.

A veces es una calle soleada; a veces, el ritmo de la lluvia que golpea de modo nostálgico la lejana intimidad de la conciencia, pero todos hemos llegado a sentirnos parte de un algo más grande que nosotros mismos, dentro del plan que la realidad le reserva a los que son diferentes. Porque, acaso, el ser diferente solo consista en sentirse como tal.

En cualquier caso, solo hay una cosa de la que avergonzarse, y yo creo que es el llegar a comprender que no hicimos las cosas tal y como debíamos, ni para nosotros mismos, ni para con los que nos han acompañado fielmente en algún momento del trayecto. Y al final, ya sabemos todos que ambas diatribas se parecen demasiado. Y por eso mismo hay que ir hacia delante, ¿verdad? Siempre hacia delante, siempre con el furioso viento que guía a los desesperados. Y que el buen ángel nos ampare cuando el ruido de las horas se haga tan insoportable, que no merezca la pena seguir hablando, ni siquiera para explicar aquello que nos causa tanta vergüenza como para no querer ser nosotros mismos.






24 nov. 2009

En préstamo

No deseo más que el mismo ritual
abierto a la belleza, constancia del poema
que aniquila la noche con su cuerpo.
No, la última palabra no puede perdurar:
los blancos metales del delirio
han de tañer en el destierro
al evocar solitarios ecos que son música.
El poema no puede perdurar
mientras la incierta fábula del verbo
consista, todavía, en retomar la luz
que copara este futuro
de ángeles distantes y tácitas preguntas.

Mejor así: aún quiero pensar que es preferible
que el poema se pierda siempre en la tiniebla.
Que la belleza de todo lo esperado
igual de fugitiva sea que la vida.

Solo entre tantas sombras únicas y efímeras
ha de tener sentido un tiempo
ofrecido cada día en préstamo no dado.

23 nov. 2009

rencor

Gracias, Amaia, por la idea…

Un rencor lentamente aprendido,
ganado al tiempo de la común derrota.
Hacerse mayor también consiste
en negar deliberadamente
cuanto pueda haber de ingenuo
en los vitales juegos del afecto.
Y guardar también el daño,
como el que guarda en su pasado
una esperanza fría y sin remedio.
Guardar, guardar la vida
de todo lo que pueda herir de nuevo
esta inocencia improcedente.

En mí solo la burla de los años,
maestra indiferente del destino.

22 nov. 2009

Del error a la conveniencia

I

A veces me permito reconocer mis errores. De ese modo, hay quien se aventura a confesarme que también se ha equivocado, lo cual no creo que sea ni bueno ni malo, pues solo reconforta en la medida en que algún otro soñador perdido se encuentra en el mismo callejón sin salida que uno.

II

De todo lo que me prometí que nunca volvería hacer, voy extrayendo, poco a poco, la triste sabiduría del que tanto se ha traicionado a sí mismo, del que de algún modo ya se haya en la tesitura de aconsejar a otro sobre el mejor método para permanecer fiel a sus propios principios.

III

Puede que muy a menudo nos decepcione este modo de complacer al más fuerte. Pero algo me dice que es el vencedor el que sale perdiendo: el único aliado que gana es el que a menudo deseará traicionarlo.

IV

Grandes poetas, os envidio. Mi obra se limita a lo que aprendo de vosotros. Poetas menores, ya podéis insultarme: nunca seré tan bueno como ellos. En esta pretensión desproporcionada hallaré mi merecido.

el siguiente paso

Arriba, más arriba.
Siempre hacia otro sol,
cúspide de lo pasado,
sin más premura incierta
que un deseo contenido
en el cálido cansancio.
Más allá de la mañana,
altura de temblor rosado,
insignificancia de dios,
hambre eterna de los astros.
Arriba, más arriba
está abriéndose tu canto.
(La muerte te ha engañado:
tu corazón no es la noche
que titubea en el hallazgo.)
Más arriba está el tiempo
que reservas a la vida,
que te acoge como un niño
sorprendido en lo invisible.

La alegría es solo un paso.

Primavera del dolor

Aún no. Todavía es pronto
para que el dolor florezca
como simple eco del vacío:
el ánima sensible de algún objeto mudo
se abrirá primero a tu ancestral silencio.
Entonces será hora de presencias oscuras,
oscuras fragancias en la tarde
si los mirlos se abandonan a la vida.
No tengas prisa: ni siquiera el ángel
que somete a la más primaria bestia,
conocerá el momento exacto
en que tu llanto florezca
por algo innecesario.

Evádete del peso de los astros,
hasta que una luz constante
se asiente nuevamente
en el dolor furtivo de tu mirada esquiva.







.

21 nov. 2009

hondura

Qué profundidad la vuestra,
corrientes individuos, cotidianos;
cuánta sustancia latente
esperando aletargada
en el filo taciturno de los años.
Todos, sin excepción,
sabéis el secreto que han guardado
tantas generaciones solemnes
de angelitos sometidos por el llanto.

Ahora que adivino la hondura
escondida en vuestros actos,
puedo amar y devolveros
la mirada contenida en el espacio.

Sed todos, sin excepción,
acto y periferia de lo amado.

20 nov. 2009

Imaginario de la bondad



Mantener una actitud moral coherente, ser lo que se dice “bueno”, entraña desde hace mucho tiempo en esta sociedad el mantener también un delicado equilibrio con las circunstancias para que a uno no lo tachen de tonto.

La relación entre estas dos cualidades puede parecer arbitraria, pero algo nos dice que no es del todo así. El que se considera bueno, se considera, muchas veces, bueno por naturaleza. Y quien se considera bueno por naturaleza, no puede evitar pensar que sus semejantes también lo son… pero es ahí donde la cosa flaquea.

Que al nacer todos seamos inocentes, no quitará para que, de un modo que a algunos se les antojará “antinatural”, haya quien se corrompa poco a poco, aunque solo sea por deseo de no parecer alelado bajo ese ansia de sumisión e insignificancia que parece perseguir al verdadero moralista. No olvidemos que el ángel caído fue considerado un rebelde por los románticos, o que para Baudelaire, poeta maldito donde los haya, lo artificial y la belleza irían siempre de la mano en este mundo tan moderno que nos ha tocado vivir.

Acaso no entiendan los más cándidos que todo lo que nos debemos los unos a los otros es el respeto necesario para no hacernos daño, lo cual al final se traduce en una suerte de indiferencia ante el mundo que nos rodea.

Ah… pero entonces interviene mágicamente el afecto.

He ahí la única bondad verdadera, la única energía moral que puede contener el mundo. Solo amando es posible pasar de un indiferente respeto, a un solidario enternecimiento que nos involucre en el dolor de otro. Porque al final, el bien tampoco consiste en dejar hacer. Yo casi diría que se trata de no dejar sufrir a nadie, y menos aún a quien nos haya tocado la fortuna o la desgracia de amar obstinadamente.

Esto, que puede parecer una lección filosófica digna de un profesor de primaria, no es tan simple cuando se trata de impedir que alguien trate de autodestruirse. Y no hablemos del fastidioso y repetitivo caso que se da cuando alguien a quien amamos intenta destruirnos a nosotros, pobres salvadores, cándidos actores del deber.

Ante estas dos situaciones que he mencionado, creo yo que solo cabe un difícil movimiento: comprender profundamente las motivaciones de ambos males, que es casi lo mismo que buscar una justificación para tolerar todo lo que no nos parezca correcto en la persona amada o, por qué no, en quienes despreciamos profundamente.

Comprender es la única manera de estar en paz, de no sufrir por otro y, tal vez, de no dejar que el otro a quien amamos nos haga ningún daño. Quien puede comprender la maldad, esto es, justificarla de un modo racional, es prácticamente inmune, si no al daño, sí al rencor y al impulso de venganza, que vienen a ser el eco más sórdido de la crueldad humana.

Así, llegar a comprender que en verdad puede haber algo pernicioso en el solo hecho de aprender a ser hombre, podría ser el primer paso hacia una bondad más inteligente que la que predican aquellos que obvian que, sin un convencimiento moral del todo realista, acaso no podremos amar ni ser amados hasta la expiación.


















Reescripción: Umbral

Para P.C., por su saber hacer...

Para que nadie comprenda
más que yo de la vida,
he arrastrado hacia mí
las últimas cenizas del poema.

Para que nadie sepa más que yo de mi vida,
contengo un corazón más en el mundo,
amenazado por los últimos astros
que hoy refulgen, en alta certidumbre,
bajo un verano de nubes plañideras.

Decidme, estrellas, naturaleza, llanto:
¿podéis comprender en tal silencio
un lento aprendizaje, luchando, dentro?

Vengo de mis furiosas esperanzas
a llorar el límite cóncavo del agua.
Todo se ha difuminado en el camino,
dejando expuesto al canto
el íntimo contorno de la duda,
la médula de fuego,
el vacío inmaculado.

Os digo que estoy listo.
Llegará la señal acérrima
que divida en dos el alba.

Aprendo, perdido en esta hora,
a contener en mí lo próximo,
la luz inevitable del hallazgo.

19 nov. 2009

Umbral

Para que nadie sepa nunca
más que yo de la vida,
he arrastrado hacia mí
todas las heridas del poema.

Para que nadie sepa más que yo de mi vida,
contengo en mi corazón
el suntuoso secreto de los astros salvajes,
certidumbre de las altas nubes plañideras.

Decidme, pájaros:
¿aún podéis comprender por mí
tanto silencio aletargado entre los días?

He llevado mis furiosas esperanzas
hasta el límite cóncavo del agua.
Y todo se ha difuminado en el camino,
dejando expuesto ante el fluido
el íntimo contorno del abismo.

Estoy listo para percibir
la señal acérrima del alba.
He aprendido en esta hora
a contener dentro de mí
lo próximo inevitable.

Ya podéis negar todo mi llanto
o incendiar mi triste mundo
con la llama fervorosa de parajes fugitivos.

18 nov. 2009

Llanto

Esa sensación
demasiado inmensa
muriendo dentro.

Tres supuestos de contradicción



I

Conocí a un hombre que parecía destacar por sus cualidades morales. Esto se demostraba en su capacidad para censurar de modo crítico todo lo censurable. Al tiempo me percaté de que en constantes ocasiones aquel caballero cometía muchos de los errores que pretendía sojuzgar. Tanto me enfureció aquello, que incluso pensé en tramar alguna absurda venganza para su escarmiento. Fue solo cuando le conocí un poco mejor, que llegué a percatarme de lo mucho que este individuo, toda una contradicción andante, debía despreciarse a sí mismo por predicar con su propio ejemplo las mismas faltas que acaso era incapaz de tolerar.


II

Es cierto que la contradicción puede llegar a ser tan necesaria como desgarradora. Esto acaso se deba a que todos nuestros actos aspiran a perdurar secretamente. De vivenciar nuestra identidad como un orden sucesivo de acontecimientos, lo que afirmamos ocuparía siempre un lugar bien distinto a lo que pretendemos negar al día siguiente. Así, el hecho de que haya estaciones cálidas y estaciones frías, no hace que haya situación alguna en la que el clima sea cálido y frío al mismo tiempo.

Puede que al tratar de observar la realidad desde el confuso prisma de la eternidad —plano temporal que Borges consideraba más propio de una percepción animal—, la inconsciencia de nuestros gestos tienda a lo definitivo, como si cada instante contuviera en sí mismo la esencia de una realidad absoluta.


III

Es evidente que el presente, como tal, es pura percepción. Nos ubicamos en este mismo instante en la medida en que somos capaces de percibir la realidad con los cinco sentidos. ¿Pero lo que no podemos percibir directamente, en qué plano perceptivo-temporal deberíamos situarlo?








17 nov. 2009

compromiso

Es inútil luchar tanto. Siquiera en lo más cierto.
Porque un dolor lento y cotidiano,
tejido torpemente con nombres de violetas,
emerge a cada rato ante mis fuerzas.
Y de tanto oponerme al daño absurdo,
acaso habré justificado
un rencor apenas restringido
por la deuda que hoy mantengo con la vida.

¿Y tan cruel ha de serme la experiencia,
que a su paso sólo deje impresa la vergüenza,
imperdonable y precisa,
de tantísimos sucesos sin sentido?

Pienso que ya he tenido suficiente.
Ya podéis decir que no soy quien
para censurar en pie humillación alguna...
Así es: en mi pensamiento hay vejaciones
igual de lamentables que un golpe voluntario.
Porque igual que cualquier otro,
también yo mismo, miserablemente herido,
podría hacer sufrir a quien me estima.

Aun así claudico, mas no comprendo.
Será porque me niego todavía
a disfrutar de que al final, si me descuido,
de tanto perdonar al desalmado,
me dé por igualar su juego invicto.

16 nov. 2009

La muerte y sus hijos





Devorar cada resto de alegría con la intuición pretendida en nuestro ascenso hacia la nada. Amanecer. Regresar al alba, siempre. Y si la mañana nos sorprende despiertos, que sólo quepa volver a despertar de las pesadillas conscientes de este insomnio. Ya no recordarás haber cedido ante la duda, ni ante las vértebras calcinadas de un amor sin importancia. Padre, yo sé, porque tu corazón era una flor demasiado furiosa, porque arrojaste mil piedras hacia una infancia desdibujada en negro, que nada de lo que soy es tan distinto de la sangre, ni de aquel silencio hermético. Pero entonces: ¿a qué tanta verdad difuminada?, ¿de quién todo este sueño? Aunque sea tarde para comprender la mirada que sostenías tras la noche, y los pájaros del atardecer no vengan a quitarnos las migajas del olvido, ¿por qué ha de ser tu memoria el solitario espejo donde rompa el infinito oleaje de la muerte? A veces sólo puedo recordar las heridas que guardabas contra un viento inexorable… Hay que amanecer. Regresar al alba siempre que la noche pretenda devolvernos la alegría.

Toda soledad se aprende. No hay maestros. La curva de tus fuerzas se repite en mis palabras. Toda soledad nos quita el privilegio de perdernos. Ante la muerte, siempre ante la muerte se escucha la verdad de cuanto no dijimos a su debido tiempo. No quisimos darte otra inocencia, y por ello nos dejaste una última deuda con el fuego de la duda. Hoy trato de sentir en mi vergüenza cualquier traición a ese dolor que gobernaba tus gestos. Pero sólo logro invocar un silencio inaprensible que se funde con mis manos y mis huesos.

Aquella soledad tuya, aquella forma de rebuscar alguna estrella más allá del mundo, es la única herencia que podría ofrecer a los hijos que no engendraré nunca.

15 nov. 2009

El asesino

Sólo digo que el primer asesino de dios
acaso pudo llamarse nada más que Darwin,
y ser un hombre como todos los demás hombres...
Y también que pudo ser alguien descontento
por no haber pisado nunca el paraíso.

Digo también que no le pareció justo
el castigo divino, sudar tanto para ganarse el pan,
morir tarde o temprano, perder al fin y al cabo…

(Y sufrir en la ignorancia y todo eso.)

No le pareció justo. ¿O tal vez no le importaba?
Lo cierto es que hubo de negar
definitivamente
la nostalgia incierta ante cualquier paraíso.
Y desmintió el pecado. Y levantó el castigo.

Y acaso los primeros homínidos del mundo
tenían un alma inmortal como la nuestra,
o tal vez todos los hombres,
del primero al último,
fuimos siempre animales cartesianos.
Esto es: torpes criaturas sin alma ni destino…

De ser así, la única divinidad
en la que aún podemos confiar los más escépticos,
no es otra que el progreso, la imparable técnica,
la violenta industria que poco a poco nos convierte
en extraños dueños de un mundo condenado.

Sólo digo que hoy quizá seamos
una raza templada por el roce consciente del abismo,
pero también bestias pudorosas,
avergonzadas, acaso,
de haber traicionado su propia naturaleza
al admirar la belleza de unas sombras fugitivas.

14 nov. 2009

Audaces

No diréis que fue vana también
la llamada quimérica del viento:
¿que tantos sueños hoy dependan del olvido,
no concierne solo a los que se abandonan?
Y el mismo viento perdido de los años azules
todavía nos persigue cada noche por el mundo.
(También la primera luz que muere
necesita de nosotros, jóvenes y audaces perdedores
que llorando por la vida delatan su futuro.)
¿Pues acaso no fuimos hijos vacilantes
de una duda recelosa y terrible,
la misma que ahora muerde por el aire
toda ocasión perdida bajo un cielo moribundo?

Quedaos hoy con el último vacío de mi corazón.
Ya solo quiero pensar sin que haya tregua
en todo lo que ayer pudo haber sido
más hermoso que la penumbra impredecible del futuro.

(De hace ya algún tiempo...)

Ciertas huellas intervienen hoy
en el simple soliloquio inconsciente
de este amor voraz y de sus fuerzas:
dudas que abocan a existir
como la lluvia reciente que ha caído
abandonando un cielo oscuro.
Huellas sobre la arena del silencio,
impresiones de luz contra la noche.
Todos los que caminan hoy hacia sí mismos
esperan encontrarse nuevamente
con aquella sensación
que una vida corriente les quitara,
huellas que habrán al fin de convencerlos
del humano valor de un sueño extinto.

13 nov. 2009

Sobre la compasión


“Si puedes encontrarte con el triunfo y el desastre,
y tratar a estos dos impostores de la misma manera…”

No estoy esforzándome en sufrir junto a ti tu derrota. Sentir lo que otros sienten está en mi naturaleza y en la de muchos. Si consideras que compartir tu dolor es algo voluntario, me estarás adjudicando un mérito inmerecido. Así, puede que cuando fracase a tus ojos, del mismo modo consideres que fracasar era parte de mi voluntad. Pero mi única voluntad es la de ser lo que soy. Triunfo o derrota, fracaso o mérito me serán indiferentes, si para lograr una cosa o evitar la otra, debiera también traicionarme a mí mismo.



Confidencia

Siempre a estas horas de la noche
se despide de mí con un beso. Mas hoy,
contrariado por su trato protector,
me he mostrado indiferente a sus afectos.
Es sólo un detalle más
de los muchos que suma
una ya larga convivencia.
No tiene mayor importancia.
Pero, aunque estuviera en mi derecho,
no podría perdonarme a mí mismo
el que esta misma noche
se la llevara la muerte.
La muerte, esa duda lejana,
pero siempre traicionera.

12 nov. 2009

Deberes y renuncias





Soy yo el que se equivoca. No hay obligación moral alguna hacia aquellos que aún no hemos conocido hasta el afecto. Las faltas que pueda cometer con ellos son totalmente inocuas. Pues sólo en el amor o en la inocencia puede darse el daño imperdonable.



Yo sé que eres lluvia. Y también árbol, y brisa inconsciente del pasado. Pero yo soy sólo ese pensamiento que, para poder comprenderte, esquivo sospechosamente mientras hablo.



La vanidad va estrechamente ligada a lo perecedero. Quien se cree demasiado hermoso, le oculta deliberadamente a su conciencia esa otra negación de la belleza, que es la muerte paulatina por indiferencia.


Hay quien se siente especialmente atractivo cuando sufre. ¿No será otra forma de afirmar que la realidad pertenece a los que así la enfrentan directamente?


Gobierna tu corazón. Ama sólo cuando tu pulso se rebele.


Si el silencio cobra un significado extrañamente hermoso, te estarás acercando a lo que buscas. Así pues, no digas nada. Sólo escucha o escribe.












11 nov. 2009

La risa equivocada

Ríe con las finas lluvias de noviembre,
a la sombra de un árbol milenario;
búrlate del sol y del interminable tráfico,
o del cristal, tan frágil, que has quebrado;
muéstrate bajo el cielo no previsto del otoño,
entre esas nimias visiones repletas de hojarasca.

Como el tonto de aire trágico,
que hoy frecuenta la noche a la intemperie,
así, ríete de todo. Y ríete muy alto,
como el genio que recuerda
que la vida es un festejo inexplicable.

De la muerte y de los ángeles,
de los dioses y de los héroes…
Haz que una carcajada portentosa
se libere poco a poco de tu cuerpo:
llora de verdad o de alegría,
ríe hasta notar que algo en este mundo
acaso se merece que compartas
el profundo respeto
del dolor más contagioso.

10 nov. 2009

La edad del alma

Hoy tengo la edad silenciosa de todos los objetos.

Será porque me niego desde ahora
a tener un alma apenas perdurable,
será que no quiero renacer de nuevo
al tiempo de la angustia y el reloj incendiado.

Pues ya mi cuerpo es la osadía y es el hambre.

Y he escuchado entre gentes improbables
la palabra irreductible del filósofo.
Mas no creo que haya esencia verdadera,
ni trasmundo de caminos melancólicos
más allá de las horas más oscuras de la tarde.

Hoy tengo la edad que ostentan los espejos,
la experiencia del libro en los estantes…
Hoy mis manos son la piedra insensible
que de niño lancé hacia las sombras del mundo.

Y mis ojos, mis dedos, todas mis extremidades,
mi espalda, los pulmones, la lujuria o la sangre,
son también parte de un silencio furioso
que hoy escribo con letra casi inerte.
Y también hoy sin asombrarme.

Página para un lector futuro




Insufla, lector, si por azar me crees digno, tu suave aliento a este leve resto de mi rabia, inútil hoy para su primer propósito de sangre. Revive, si en tu pensamiento padeces estas mismas ansias por creer, a un cadáver de sueños intranquilos, que tan bien conserva el silencio del sencillo anaquel en que reposa. No, la palabra no nos da más tiempo que el sabido. De mí sólo quedan algunas páginas de retórica grosera, grisácea monotonía de una jungla que confundes entre los pasillos subterráneos de la noche. Pues la ciudad es, querido amigo, la verdadera señora del olvido…

Así, piénsala tuya, gobiérnala con el sumo desconcierto de sus ecos más oscuros. Sabes bien por qué sueños te conoce, por qué en tu corazón viven sus transeúntes invisibles. La ciudad es el mundo que te acoge tras su ritmo de mentiras y blancas alucinaciones. Gobiérnala con la mirada que conduces aún más lejos. La ciudad, esa dudosa encrucijada de esperanzas nimias, es el escenario que tanto necesita la literatura.

Pues un libro ya leído es siempre otro peldaño hacia la civilización. Y la última palabra de esta incierta arquitectura de espejismos, también se perderá bajo las sombras de una autodestrucción más que consentida.

Para ti, lector a quien ya nada debo, este ingrato juego de imposibles…





Puertas

Abrirlas todas. Cerrarlas
sólo cuando toda realidad entre
repleta de remotos estigmas.
Que no las abra el viento.
Que tu voz sea ese ariete
sutilmente dedicado a no rendirse.

Puertas. Puertas del azar en vela.
Abiertas todas con el juego de la mente.
Cerradas con el ímpetu secreto
del que anuncia otro futuro
más cercano que la propia muerte.

Llama... Y entra, y dime,
si albergas otro entendimiento,
por qué hay tantísimas presencias
en un lugar ya casi vacío.

9 nov. 2009

Retrato de M.


De hace algún tiempo... No es muy fiel a la realidad, pero como me ha emocionado encontrarlo entre mis papeles, aquí se los dejo. Ya me dirán.

8 nov. 2009

... literatura, amor, locura, muerte

Hasta donde alcanzan mis rudimentarios conocimientos de psicología, la psicosis, enfermedad que suele embelesar al soñador empedernido, suele tener un punto de partida más que definido. El enfermo, en cualquier caso, termina siempre por vislumbrar un instante que a mí sólo se me ocurre definir como de “realidad absoluta”. Un instante que desmiente todo cuanto haya aprendido a lo largo de su vida, para dotarlo de unos principios de actuación totalmente nuevos y, por qué no, cambiantes al punto de favorecer en todo momento la plena libertad del que parece sufrir una herida profundísima en su amor propio.

De todo esto, me interesa especialmente la convicción definitiva del que padece este desequilibrio. Pocas cosas en esta vida tienen un poder tal sobre nosotros, que al final podamos deducir que después de tal o cual suceso somos ya otra persona, alguien a quien las circunstancias han convertido de por vida en un extraño para sí mismo.

A mí, personalmente, sólo se me ocurren dos hechos en la existencia de cualquiera que no sufra de psicosis, que tengan tanto poder sobre su psique. Uno es el amor. El otro, como ya se habrán imaginado, es la cercanía definitiva de la muerte.

Ambos espectros son invocados una y otra vez por la literatura, creo yo que con la intención de hacer reparar al lector sobre la verdadera dimensión de lo irremediable, cualidad del ser que, por citar un ejemplo, lo es todo un día, y al día siguiente, o bien ya es nada, o acaso ya haya dejado de habitar el plano tangible de la realidad corriente.

Bueno, dicho esto, acaso debería concluir aquí mi reflexión, ¿no? Pero como dos amigos muy amables han venido a socorrerme después del giro tremendista de mi última entrada, me veo en la obligación de decir que ni un nuevo amor ni la indeseable cercanía de la muerte han pasado por mi vida en estos días. Con lo que la decisión de dejar de escribir es, como casi todo lo accesorio que pasa por la mente de uno, igual de voluble que la de volver a hacerlo.

Es terrible, pero me he dado cuenta de que, si escribir me conduce a la infelicidad, no escribir me llevaría a un infierno todavía peor: el de una desdicha infinitamente tediosa dada la inactividad que acarrea esta contemplación sin límites.

Así pues, continuemos donde lo habíamos dejado…

Y perdonen por el susto.



6 nov. 2009

Buena suerte a todos...

Hoy, ante la sola perspectiva de abandonar definitivamente la escritura, he recuperado el ímpetu de mis mejores días… Para quien crea que otra vez estoy diciendo sandeces, me veo en la obligación de explicarle las razones que posiblemente me lleven a dejar este oficio definitivamente.

Es fácil. Llevo ya algunos años intentando ganarme la vida como escritor, pues mi sueño bien podría ser ese. Ni renovar los cimientos de nuestro ilustre castellano, ni salvar el mundo de la miseria moral en la que vive, no. Mi ilusión era ganarme la vida haciendo algo que me gusta y que, creo, se me da medianamente bien. ¿Qué cual es entonces el problema? El problema es que por intentar cumplir mi sueño soy sólo otro infeliz que no tiene donde caerse muerto. No sé si me explico…

El ser escritor no depende tanto del tiempo o del talento que uno tenga, como del hecho de contar o no con el apoyo del un amplio público, de las editoriales o de los medios de comunicación. Repito: no soy de los que escribe sólo por el puro placer de hacerlo, mi interés en esta historia es otro. Pues bien, he aquí que al plantearme, después de perder o de no ganar el que debe ser el decimocuarto concurso al que me presento, he aquí, decía, que al plantearme seriamente el dejarlo, no se oscurece un ápice ni el rincón más sensible de mi alma. Al contrario. Vuelvo a sentir que mi vida no depende del beneplácito de ningún imbécil al que en verdad no le debo nada.

Ya se va viendo más claro, ¿no? No sé si tengo talento o no, no sé si merezco más que aquel o que aquel otro ganar tal o cual concurso. La única conclusión fehaciente a la que he llegado es pensar que mientras mi proyecto vital dependa de una serie de personas a las que les soy totalmente indiferente, no seré feliz. Y punto.


Espero que en verdad alguien haya llegado a disfrutar con este blog, pues tratar de mantener el hábito de todo esto es más complicado de lo que parece.

Finalmente, me despido de todos ustedes. No olviden ser felices….

D.

Flores

Salíamos a buscar las flores
más hermosas
que ocultan los vertederos,
o el lirismo de los ángeles
que aún entienden el dolor
de pequeños animales huérfanos.

Todos nos decían
que la belleza es el consuelo
que algunos encuentran dentro,
al creerse aún inútiles y audaces.

4 nov. 2009

Días de luz

Estos días nos devuelven la mirada, amor.
Y hoy somos un tiempo mil veces huido
hasta los tristes vertederos de la razón.
¿Mas con qué llenar tanta distancia?
¿Cuál será el final de todo invierno?

Piensa en un juego que revele lo que somos,
en un cuerpo que quizás lo fuera todo.
Sombras que huyendo de la luz adviertan
que estos días son apenas
la mirada incierta que sueña su horizonte.

Ya no hay voz de la razón, amor…

Pues hoy soñamos la evidente cifra del dolor
que ya nunca sentiremos por querernos tanto.

3 nov. 2009

Sacrificio

Abismarme en tu forma de esperar,
sentirte en mí hasta que me sientas.
Llenar de blanca sal, de clara nieve
los mismos mares que hoy rompían
en la playa más lejana de tu mente.

Que yo también comprenda,
mientras bailas tú con tu silencio,
en qué tranquilo hogar, cuartel de invierno,
se consuma lentamente el sacrificio.

Tantas palabras cotidianas nos superan…
son pequeños mundos, amor,
los que trato cada día de encontrar
implicándome desde un simple teléfono,
objeto imprescindible en toda esta quimera.

¿Y acaso querrás que conversemos siempre?
Yo a veces quiero suponer
que toda esta cruel distancia
ocurre sólo por creer de más en nuestros cuerpos.

Pues ya sabrás que a ratos adivino,
en la vital escena de tu soledad última,
esos tristes festejos que la carne adolece.

Primeros consejos




Hoy no he podido evitar recordar cierta conversación ajena que acabé escuchando hace ya tiempo en la cafetería de alguna plaza de Santa Cruz. Un padre le explicaba a su hijo que en realidad nadie debería ser juzgado por su forma de ser, ya que, decía, nuestra conducta —siempre hay grados, claro está— es algo tan subjetivo, que no merece la pena entrar en ese tipo de berenjenales a la hora de relacionarse con quien sea. Ese comentario no se me ha olvidado todavía, acaso porque las palabras del padre me parecieron de una sabiduría casi terapéutica.

Si alguien de mi familia me hubiera hecho comprender ese tipo de conceptos durante mi infancia, creo que a día de hoy no me preocuparía ni lo más mínimo el tener tal o cual grado de afinidad con la gente que conozco. Ni tampoco desconfiaría, yo me acuso, de un gesto determinado o de una forma más o menos errática de mirar a los ojos. Lo más probable es que un comentario así a tiempo, desmonte cualquier temprana tendencia a la suspicacia emocional o, por qué no decirlo una vez en confianza, a la cotidiana psicosis que nos remite, una y otra vez, a montar esa película mental que somos los primeros en sobrevalorar.

Asumámoslo: si hay algo que tiene un peso excesivo en este entramado de admiraciones y desprecios que es la sociedad, es la forma de ser. Eso que todos llamamos personalidad, no es más que una suma de cualidades que no siempre están ahí porque nos guste ser de un modo que a la mayoría de nuestros congéneres pueda causarle cierto rechazo en un grado admisible (las más de las veces, claro está). Rechazo que, al fin y al cabo, puede agudizarse cuanto más extraña o atípica se vuelva nuestra conducta.

Sí… Tenía razón aquel bondadoso maestro de andar por casa, cuando decía que todo juicio sobre lo que aparentamos siempre será demasiado subjetivo. Tan lúcido me pareció su comentario, que ahora entiendo por qué sólo puedo recordar la frase en sí. Posiblemente, si nada en aquel hombre era llamativo o memorable, era porque no se creía quién para entrar a formar parte de tan espléndido circo de vanidades. Un sencillo padre de familia, sólo eso. Sólo alguien obstinado en preparar a su hijo para la que se avecina.

¿Será eso lo que llaman humildad?







2 nov. 2009

Entre los años

Quitar del sexo la mentira,
abstraer de la carne la dudosa posesión;
que sólo queden nuestros cuerpos
flotando todavía en el abismo más alto:
el de la plena libertad de amarnos...


(Pues sólo el llanto debe delatar
la insólita locura de querernos.)

Dejémonos llevar por la inocencia
que a veces guía ciegamente al extraviado.
Pues todos los juegos son a vida o muerte,
menos aquel que sabemos ya perdido
si la única victoria es del azar.

Dejémonos llevar por lo sentido,
hasta alzar el hogar último
que todo anhelo forma entre los años.

Que aún debemos comprender de nuevo
esa verdad que sólo será nuestra
de reunir los ambiguos restos del pasado.

El río inexorable

I

Voy de la soledad a la muerte, de la muerte a tus brazos… Y de tus brazos regreso siempre a la soledad. Mas no me es posible comprender nada que no sea más que evidente. Nada sé, salvo aquello que un observador extraño también podría deducir mañana de la expresión de tus ojos.

II

Me pregunto de cualquiera si habrá perdido la capacidad del llanto. Supongo que lo más lógico es pensar que sí, pues rara vez se ve a alguien desahogándose de ese modo por las calles.

III

Ya sé que mi tiempo aquí es limitado. Acaso por eso el desperdiciarlo me parezca un acto tan heroico como el de malgastar la paciencia en una infinita empresa imposible de llevar a cabo.

IV

Para suicidarse hace falta un valiente que le tema demasiado a la vida y un cobarde capaz de enfrentarse un día en soledad a la propia muerte.

Derrota del soñador

Has negado, con infinita paciencia,
los signos indelebles que vienen de la noche.
Estar en ti es ya bastante. Pesa tu vergüenza.

Has negado, sin saber siquiera tu destino,
los altos signos que tentaban tu futuro.

Conténtate, si así lo quieres,
sabiendo que a ratos sufriste en tu silencio.
Celebra el tibio advenimiento de la noche
creyendo que sólo tú leíste el libro
que no podía sino hablar sobre ti mismo.

Mira: esta ciudad que has comprendido,
es la indolente testigo que ignora tu derrota.
Han caído ya tus ángeles.

Y acaso no existieron nunca
aquellos locos soñadores
que un día despertaron a la sombra
de su propio imposible.

Ya sólo puedo aconsejarte,
si es que algo esperas,
seguir empecinado en tu caída
y soñar como león lo merecido.

Pues el fracaso es ahora la mentira misma
que te salva, no lo niegues,
de jugar en vano al vano juego de la vida.

1 nov. 2009

Fulgor

Tu reino es hoy este fulgor de cada verbo.
Sabes que no hay plenitud en la rosa,
ni abismo más allá del casual nombre
que le diera sentido a su ancestral silencio.
Pues, que la rosa no se mezcle con el fuego,
ni el fuego con la voz de la memoria,
es la única misión que la palabra
encuentra por sí misma en cada término.

Mas, por hablarte, sé que hay fuerzas
que se tocan al cifrar un sentimiento.
Que al nombrar la rosa, es cierto,
hablamos de esa flor que nos recuerda
la muerte que reclama perfecciones
cuando pasa por el mundo de las formas.

Y acaso por hablarte
también hay sombras en camino.
Palabras que sólo esconden en su ruido
la herida que no termina nunca de contarse.

Así, si acaso olvidas tu origen o destino,
nada temas: el verbo es la memoria contenida
por voces infinitas que se crean en el hombre.

Que, porque sabes que la rosa ya está escrita,
tu reino es hoy el mágico fulgor de cada verbo.