30 oct. 2009

Nuestro silencio

Casi insoportable permanece
el silencio impuesto a tanta soledad.
Llénalo, vacío estéril,
de simples ruidos y memorias,
préstate a esparcirlo entre las sombras,
que su triste armonía
no te quite la esperanza
necesaria para hablar contigo mismo.

Casi insoportable o inaudible,
un silencio impuesto es otra forma
de esperar a que la nada se disuelva
en el ácido sonido de tus quejas.

Recuerda que este permanece
siempre en los rincones más tranquilos.
Pues allí donde cualquier hogar
es incierta música de niebla,
el silencio es también esa nostalgia
que entre los años deja
sus perfectas respuestas sin sentido.

Mas este silencio no es tan sólo mío:
es también tuyo, de las calles nocturnas,
de los días en que nadie nos sorprende.

Porque el íntimo silencio
en que por temor se pierden
nuestras verdades más íntimas,
es también un ruido sutil
que creemos evidente
al sentir la misma soledad
que nadie más advierte.

La otra normalidad

I

Alguna vez admiró un paisaje fugitivo y sintió que la vida era sencillamente eso: un hermoso paisaje que nadie puede aprehender con la mirada perdida en su propio mundo interior.

II

No es fácil llorar la desesperación que supone sentirse inválido para la normalidad. Pero acaso sea el único modo de demostrarme a mí mismo que todavía estoy capacitado para sentir cosas que la gente corriente no puede siquiera imaginar.

III

Ciertas madrugadas me da por frecuentar lugares concurridos por jóvenes bebedores y artistas bohemios. Es en esos tugurios donde suelo sentir con mayor desesperación la necesidad de reírme de mí mismo. Pues, por un lado, sé perfectamente que todos buscan allí los placeres que una fatigosa semana les ha negado impunemente.

Así mismo, también sé que el placer no puede hallarse donde nadie, a excepción del camarero y algún discreto personaje de aire misterioso, sabe cuál es su papel en la eterna mascarada de la noche.


IV

Cuando alguien es consciente de estar desperdiciando su vida en una sucesión de perfectos sueños inútiles, sólo puede salir de dicho trance despertando a una realidad semejante a la que ha creado en su impotencia.

Esto es: enloqueciendo.

29 oct. 2009

El propio fuego

Sólo hay un modo de atenerse
a las razones consabidas de este juego.
Y el que acepta sabe que la paz que gana
consiste en un vacío consentido,
común deber que, si se cumple,
no deja de por sí espacio a lo anhelado.

Toda intensidad se nos ofrece
yendo alguna vez en contra de estas leyes.

Sólo al oponerte a lo que acaso sea cierto
encontrarás un poco de ese zumo amargo,
mal llamado en tu inocencia libertad o abismo.

Es sabido que ese hermoso fuego
consume la razón del que lo obtiene,
pudiendo calcinar también
a todo aquel que admire
su licenciosa belleza ilimitada.

Arde, lector, si así lo quieres,
en la intensa llama de tu propio deseo.

Pero nunca olvides que al final
toda ilusión fielmente realizada
tiene algo de espejismo
extrañamente distinto a lo soñado.

28 oct. 2009

Equivocadamente cierto

I

Sólo hay una forma de saber cuándo estamos preparados para transitar el camino que anhelamos. Todo consiste en correr alguna vez el riesgo, en intentarlo. Aunque siempre quepa la posibilidad de perder parte de nuestro amor propio en un acto enloquecido, tarde o temprano tiene que llegar el momento en que nos convirtamos en audaces jugadores que no teman por sí mismos, ni por la fortuna de ser derrotados en el momento preciso.

Lo más probable es que sea preferible caer mil veces como si fuera siempre el primer intento, antes que transitar sin estar preparados el camino que anhelamos.


II


Para ver lo que llevo dentro tendrías que soñar mucho y creer sin mesura en la palabra. Quizás entonces pensarías, no sin cierta posibilidad de error, que la realidad interior de cada cual es más que evidente.



III


Ya no tengo necesidad de que nadie me alabe. Supongo que para equivocar lo que soy me basto yo solo.


IV


Nuestros errores no han de ser sólo comprensibles, sino también necesarios. En mi opinión, si nunca nos hubiéramos equivocado hasta ser conscientes del fallo en cuestión, viviríamos engañados por nuestra propia inocencia.


V

Un error no es siempre un error. En ocasiones, cuando un músico improvisa al límite de sus conocimientos, sólo puede pulsar la nota precisa equivocándose.

27 oct. 2009

Recomenzar

Imposible quererse siempre.
Ni siquiera al tratar de asumir
las últimas renuncias
—altas todavía, e imposibles—,
esas que toleraremos sólo comprendiendo,
ni siquiera entonces
te decidas a saberme
ángel triste o paisaje eterno.

Mejor huye conmigo por los años
negando la importancia de toda soledad,
de ese claro infierno ineludible
que es tener tan sólo
la torpe compañía de uno mismo.

Y entendámoslo, amor,
es todo cada vez más simple.
La verdad es un tiempo indemostrable,
y no podemos querernos cada día
sólo porque fracasen en su anhelo
los únicos relojes a los que confiamos lo pasado.

Aún habrá errores impensables
cuyo único perdón posible
sean la distancia más oscura
o un silencio más dudoso que el olvido.

Mas yo también creo, amor,
aunque apenas lo diga con certeza
por pretender también otra inocencia,
que nadie puede saber siempre
habitar un mundo tan hermoso,
porque este a veces se deshace
en una duda, una traición
o tras una última palabra de esperanza.

Es todo cada vez más simple…

¿Y no será el amor esa inocente deuda
que debemos de pagar para recomenzar intactos?

26 oct. 2009

Talión

Herida hiriente, equilibrio insano.
El rencor es la justicia del más fuerte,
y siempre parece superior a lo acallado.

Pero, si eres otro, entonces ama,
juega sin debilidad y sin fuerza.

Y hoy acaso reconozcas al leal amigo
porque sus templadas respuestas
no podrán dañarte más que tus preguntas.

Herida hiriente, infinita herida
la que no puede cerrarse en el olvido.

Se tú el más inconsecuente,
comprende que sólo hay tal dolor
contenido en la expresión de lo que eres.

Y si en sueños tú también devuelves
el golpe eterno que te será devuelto,
despierta: la sangre del oscuro círculo
no debe manchar nunca
la inmediata belleza del silencio.

25 oct. 2009

Más aforismos

Cuidado. El orgullo intelectual suele demostrarse humillando a los que piensan de otro modo. Si quieres evitar ese tipo de conducta, aprende de tus semejantes a ser otro.


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Recuerda siempre que la vida miente a los demás mejor que tú.


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Si en verdad quieres ser mejor que el resto, no te compares en esos términos con nadie. Ser diferente es el único modo de no ser inferior en nada.



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Calla lo que tengas que callar. Hablar de más sólo tiene una enseñanza, y es que siempre llega un punto en que uno no sabe qué decir.


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Tener treinta años no puede ser tan malo. Es a esta edad cuando empieza a estar justificado el tener una vocación, acaso porque ya todo el mundo se dé cuenta de que es demasiado tarde para cambiar.


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Hasta para un soñador enfermo lo más fácil es seguir soñando.


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Soledad, divino tesoro.


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Ya he sido el que tú querías que fuera. Y lo he hecho por mi propia voluntad. Así que, si te ha parecido que conmigo cometiste un error, puede que la responsabilidad sea sólo mía.

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Ya he luchado por lo que creía correcto. ¿Es, por tanto, mal momento para comprender que estaba equivocado?

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Obstínate un poco y tendrás tu parte de razón en cualquier debate.

El veneno

No hay tal veneno.
Sólo la seguridad de estar despierto
cuando toda noche se avecina
desde la incierta soledad de lo que sueñas.
No dejes que haya quien te quiera
temeroso de esas duras tempestades,
ni desnudo ante los fríos ojos del invierno.
¿Tú también has visto el buen final
que debería correspondernos, a nosotros,
los injustamente heridos
por la afilada sombra de la vida?

No hay tal veneno en la palabra.
Sólo una razón que hemos juzgado
más poderosa que cualquier silencio verdadero.

Pues el daño tiene hoy la misma altura
que supones comprendida en tu futuro.

Y el futuro, tu futuro,
es el mismo humo que alimentas
si te sueñas despierto, e inevitablemente
se avecinan en tu nombre la esperanza o el olvido.

24 oct. 2009

A lo hora de perder el juicio

I

Una cosa es que deba ser tolerante en mis juicios morales. Otra, muy distinta, es que en ocasiones no quiera comprender que ciertas acciones malintencionadas puedan ser tomadas a la ligera o consideradas de naturaleza ajena a esa voluntad de juicio. Más allá del bien y del mal, sólo podremos encontrar a algunos sabios ya casi perdidos, a otros tantos locos y a aquellos a quienes la vida ha rehusado comprender en cualquier término moral.


II

Sé que hago mal hablando de ciertos temas en público. Lo que aún prefiero ignorar es por qué.


III

Es cierto que la vida cotidiana exige de unas buenas dosis de frívola teatralidad. Pero basta. No puedo aparentar siempre que ignoro cuanto pasa a mi alrededor.


IV

Todo nuestro entendimiento radica en nuestra voluntad de juicio, capacidad que a veces choca con la mentalidad de nuestros semejantes. Se trata, pues, de un dilema puramente humano. Si piensas que los árboles, la densidad abstracta de la luz o la cambiante arquitectura del mundo intervienen en tu necesidad de comprender a los que te rodean, te equivocas. Y si en verdad intervinieran, entonces sí te aseguro que errarías de pleno.


V

He perdido la cuenta de los años que hace que perdí el juicio. Puede que cada frase que haya dicho desde entonces, sea parte de un trágico intento por recuperar la cordura. Pero, bien por una cosa o por otra, ya no me arrepiento nunca de intentar hacer lo correcto.


VI

Vale, lo admito. No habría sido capaz de encajar una mala crítica. ¿Pero era mucho pedir un solo elogio coherente?

Una larga noche

Una noche, acaso una larga noche incierta,
casi por una eternidad única, en un tiempo
que ya nadie podrá transitar de nuevo,
tal vez tengamos que fingir llorando
que aún seguimos siendo seres inocentes.

Para ese entonces, un niño cualquiera
debería medir este infeliz cansancio
con la tierna duda de sus ínfimos besos.

Mereceremos que una noche,
una larga noche sin paciencia,
un niño nos enseñe a recordarnos
como si todavía fuéramos
inocentes deudores
de una hermosa vida a la deriva.

Pues es posible que una noche
acaso nos reencontremos
con la sencilla certeza
que ayer nadie tuvo que explicarnos.

Si tal momento llega pronto...
¿soñarás otro mundo por mí?
Y por ti, por todos nosotros.

(Ayer no supimos comprender
que aquella última inocencia
sería sólo otra nostalgia,
igual de triste, sí,
que la tan dudosa sombra
de una errada culpa
aprendida cada noche
del absurdo sueño de la nada.)

23 oct. 2009

De la A a la Z

(Otra vez me tomo la licencia de publicar algo demasiado real. Es un breve fragmento de mi propia vida, la página del diario de alguien que sólo necesitaba desahogarse. Mala literatura, supongo. Sé que acaso los pocos lectores fieles que tengo no me lo perdonen. Pero como tantos otros blogers, hoy tengo la necesidad de publicar una entrada de este tipo, quizás porque necesite un poco de vuestra complicidad con esta historia, una de esas señales que a veces llegan en forma de feliz comentario. Me gustaría que de ser así, la intención fuera la de ser objetivo hasta donde lo permita el juicio de cada cual.)




Empiezo a sospechar que mi estupidez no tiene límites. ¿Cómo puedo haberme considerado amigo de una serie de personas que me ven como algo accesorio en sus vidas? ¿Cómo puedo desear la compañía de gente que me ve como alguien que no soy?

Hoy he discutido con alguien, una mujer a quien aquí llamaremos A. Todavía no me puedo creer lo que le he dicho yo a A y lo que me ha dicho ella. He intentado explicarle lo de Z, el animal que me partió la cara hace cosa de dos años. He intentado decirle de un modo coherente, y no he podido, que su actitud, que la actitud de todos los que nos conocen a los dos me da asco. No lo ha entendido. Ante el ejemplo más claro que he podido plantearle, que venía a suponer que si alguien, pongamos por ejemplo a cualquier amigo común, la golpeara de tal modo que ella terminara en el hospital preguntando si tenía algo roto, ante ese ejemplo, yo, personalmente, le negaría el saludo al indeseable en cuestión, a él y a toda su familia. La respuesta de A me ha dolido más de lo que esperaba, “yo no sé lo que pasó, cada uno tiene una versión. Además, me parece algo tan triste que allá se las entiendan”. Vale… pero al menos podría ahorrarse lo de ponerse a hablar con él como si nada delante mía, ¿no? Lo cierto es que no he podido terminar la conversación. No es que me diera por pensar que no tengo la razón. Sé perfectamente que la tengo. Podemos hablar de relativismo moral y de lo que A quiera, pero yo sé que la tengo. Lo que en verdad me impidió seguir hablando un segundo más con ella fue la sensación de estar arrastrándome, de estar perdiendo la dignidad al tener que exigir un gesto que me parece que, en cualquier otra situación social, surgiría de un modo natural, incluso ante alguien que hubiera golpeado brutalmente a un pobre diablo que no fuera amigo de nadie.

Ahora todo el mundo puede decir que no tenía claro lo que pasó o, como siempre, no decir nada, pero, si en verdad somos todos amigos: ¿por qué nadie me preguntó a mí mi versión de los hechos? A mí, precisamente, que fui el que recibió todos los golpes.


22 oct. 2009

La interpretación

Siempre seré mejor actor de lo que crees.

Si ya no parezco aquel niño introvertido,
ayer avasallado mil veces por la realidad;
si hoy no me crees capaz de gritar aquí mismo
las mentiras más sigilosas, esas tristes afrentas
que llenan de luz toda desesperación,
será porque, aunque tú me comprendas,
todavía soy mejor actor de lo que crees.

Yo también sé fingir el gesto paternal
de alguien que se sabe corrompido por la duda,
también sé sonreírle al hipócrita público.
Yo, aunque a veces parezca un soñador en paz,
también siento esa rabia
que consume lentamente
a los que acaso callan la humillación del débil.

Y no es fácil interpretar un papel
que exige de una vocación perpetua.

Pero mientras quiera recobrar un tiempo inasible,
tantas veces malgastado en esperar un sueño,
tendré que ser, ya no hay remedio, otro actor más
en el triste escenario del que no afronta la verdad.

21 oct. 2009

Leer el fuego entrelíneas




I

Las ideas que los más inteligentes obvian en sus conversaciones, sus libros o sus discursos, son el ruido cifrado de la angustia del individuo corriente. Se me ocurre que robar el fuego de esas gentes privilegiadas podría entrañar un difícil problema para todos: el de arder durante toda una vida, en las vertiginosas llamas del conocimiento subjetivo.


II

Cada vez más a menudo, observo a determinadas personas por mi barrio, personas que parecen haber perdido toda fe en la vida, en la belleza… En cualquier cosa que les haga suponer que la felicidad existe.

En sus rostros se adivina una realidad vulgar, un mundo sin más horizonte que el presente. Acaso me equivoque, pero casi juraría que son ellos, y no yo —ni ningún otro con aspiraciones a sabio—, los que han llegado a comprender algo sobre la triste naturaleza de la existencia.


III

Era ya de noche, y soplaba un asqueroso aire caliente. La única forma de seguir creyendo en la realidad era soñar con la secreta inocencia de fríos parajes invernales. Pero no me dormí. Al final comprendí que la realidad no necesita que creamos en ella para seguir siendo igualmente desagradable.


IV


Hay miles de formas de arder. La más coherente quizás sea la de obstinarse demasiado en ser uno mismo.


V

Pensándolo bien, creo que no debería publicar un solo libro. ¿Qué es lo mejor que puede llegar a pasarme? ¿Que mis ideas sean cosa de todos? ¿Que la gente venga a discutirme lo que sé y, acaso, también lo que soy? No es que me desagraden esas cosas, pero no me fío de los que dicen comprenderme mejor que yo mismo, aunque tal cosa no sea en verdad difícil.











Lenta costumbre del asombro

¿Qué nos quedará mañana, al leer de nuevo
el poema fugitivo que los años desgastan?
¿Qué queda todavía de ese asombro cotidiano
por el fuego, por la lluvia, por la dispar memoria
de un mundo que no será sino el recuerdo
de la incial presencia de aquella luz liviana?

Pues mi mirada del primer entonces
no pudo retener de su inocencia
más que una imagen caprichosa:
no la duda, tampoco la certeza errada
de creer que siempre hay una forma
de ver la realidad por vez primera.

Hoy creo que la muerte es la costumbre
que ciega lentamente las cosas más hermosas.
¿No consiste todo en un proceso necesario
que confunde la noche con las horas,
el cielo con otra vaga noción de lo infinito?

Insiste. Acaso cuando ya nada nos asombre,
la muerte nos parezca otro secreto
igual de tolerable que la vida contemplada.

20 oct. 2009

Bajo la extraña sombra del mal

I

El mal es quizás la forma más terrible de poder, y acaso por eso mismo podría ser la más seductora. Toda culpa exige de un dominio pleno de nuestros actos y de lo que somos. Si el arrepentimiento no llega para el violento, el asesino o el injusto ladrón que roba a quien poco o nada tiene; su lugar en el mundo no dependerá en absoluto del resto y, así, no se disolvería jamás su voluntad en la voluntad social de los millares de individuos que sólo pueden dejarse llevar por sus semejantes.

El criminal o el perverso son, en estos términos, extraños con la dudosa capacidad moral de bastarse a sí mismos.


II

En mi humilde opinión, nada ha hecho tanto daño al pensamiento moderno como el hecho de no distinguir correctamente entre pensamiento amoral y conducta inmoral. Un pensamiento amoral, incluso un acto de la misma índole, estaría más allá de todo juicio ético de su época, más allá, también, de la misma naturaleza que nos impulsa a juzgar un determinado suceso.

Si un padre, en un primer arrebato ciego, mata a los que han violado y torturado a la que un día fue carne de su carne: ¿podríamos emitir un juicio al respecto con la total seguridad de no equivocarnos? Incluso conociendo perfectamente la realidad de los hechos, ¿podríamos decidir si lo que ha hecho entra dentro de las, supongamos matizadas, categorías del bien o del mal?


III


Es posible que quien se sienta culpable por lo que le hayan obligado a hacer desde la inconsciencia, esté tratando, equivocadamente, de ser parte de algún modo del raciocinio moral de aquellos que se aprovecharon de una feliz ingenuidad.

Tan triste es la maldad, que la culpa, esa infeliz nostalgia de una lejana inocencia, se puede contagiar también a cualquier víctima que ya no sepa cómo creer en la justicia.


(Especialmente dedicado a Bruno, por el sencillo apoyo que está demostrando a mis aforismos. En verdad me gustaría que estos pensamientos también fueran un poco suyos.)


19 oct. 2009

Los pasos hacia el alba

Me dicen los años que aún nada sé.

Se desbordan las aguas, muchas veces.
Se rompe el corazón si todo lo supone,
y así canta hasta creer…

Pero al final:
¿qué hay de cierto en ti o en mí?
¿Qué sabemos de esta ciega oscuridad,
de este silencio que ya siempre albergaremos
porque no quisimos llamar vida a lo que fue?

Es la vida la que dice
que nada aprenderemos sin errar
entre pasillos solitarios,
lugares atestados de rabia sin futuro
y vergonzosa ignorancia.
Así me enfurezco con ella, la sufro,
pues fue ella la que nunca dijo
que también al herirnos mentiría.

Mas no puedo arremeter, no es justo,
contra esa luz que me supera
al doblar las últimas esquinas de la noche.

Acaso no quiero comprender.

Todos dicen que es mejor seguir,
siempre de largo,
entre ruidosas multitudes.

Acaso no quiero comprender esa verdad
que guardan todos tras sus últimos pasos.

Más pensamientos dudosos



I

Hoy tengo ganas de decirle a todo el mundo que se equivoca. Lo gracioso del caso es que hoy yo tampoco sé cuál es la verdad.

II

Ha entrado usted en terreno poético. Cualquier cosa que diga podrá ser utilizada en su contra.

III

Llevo diez años escribiendo. Diez años equivocando la verdadera simetría del silencio. ¿Qué pasará cuando por fin diga lo que quiero decir? ¿Podré ser yo mismo de una vez por todas o al fin seré lo que el lector haya querido comprender de mí? Con un poco de suerte, ambas cosas serán igualmente ciertas si llega el ansiado día.

IV

Va tan ligado el orgullo a la hipérbole, que un buen escritor siempre acaba avergonzándose de todo rasgo de autenticidad solitaria. La humildad de este gremio consiste en reconocer que la mayoría de lo que escribimos surge de las ideas de otros. Eso, como pretende casi toda la literatura, es triste y a su vez hermoso. Pero, sobre todo, es algo tan cierto como un poema de Valente o una confesión del mismísimo Borges.

V

No hay mayor ignorancia que no saber que en verdad ignoramos ciertas cosas.


VI

Discutamos como amigos. Si antes de empezar a hablar ya estamos en desacuerdo y por ello desconfiamos el uno del otro, este debate se va a convertir en una especie de ring donde sólo quedará en pie un afanado gritón reaccionario.






18 oct. 2009

Dos pensamientos dudosos

I


No sé defenderme de aquellos que me consideran de cualquier manera, ni siquiera de los que me consideran su semejante. Así, el drama está servido. Una vez asumes que no quieres exhibir tu identidad, cuando entiendes que la vanidad es un lujo que nadie puede permitirse: ¿qué posibilidad queda de ser alguien para los demás? Creo que por más que trato de salvarme de mí mismo, sólo consigo que todos se equivoquen conmigo, haciendo que su error sea también el mío.


II

Cuando me enojo, rara vez pienso durante el trance en las consecuencias o en las razones de mi enfado. Ahora bien, cuando me enojo trato, de un modo casi desesperado, de ser consecuente con lo que siento, así creo liberarme de lo que ni yo mismo comprendo de mi propia rabia.

Las razones o las consecuencias de esa clase de situaciones nunca terminan de quedarme del todo claras.

Pero algo me lleva a suponer que cualquier forma de justificar una emoción destructiva, se presta al consabido engaño de considerar necesaria la destrucción en sí misma, cuando lo más fácil, una vez asumimos lo poco que nos conocemos, es convencernos a nosotros mismos de que la rabia, como cualquier otro impulso repentino, es la respuesta que repetimos enajenados, una y otra vez, para demostrar que dentro llevamos un ser tanto o más hermoso, más vivo o más humano que el resto.









Principio de intimidad

¿Que por qué el pudor o la muerte?

Eres lo que guardas de ti,
la confidencia que nunca has de hacerme
mientras nadie revele un secreto semejante,
el miedo a todas tus pálidas miserias:
la verdad que así dejas cifrada contra el aire.

Y cualquier intimidad necesitará siempre
de alguien que pierda el pudor al conocerse…
Pero también de aquellos que te escuchan,
que añaden un silencio sin juicio
cuando la noche rompe en las ventanas de la mente.

Cuídate del resto, de todos los que dicen
no haber sentido todavía la vergüenza
de estar solo o de no haberlo estado nunca.

Cuídate de mostrar la belleza gris que late
en el desnudo inútil de todas tus miserias.

Porque esa soledad te pertenece.

Guarda para ti el oscuro ofrecimiento
de decirle en esta hora a todo el mundo
quién eres y cuánto sufres realmente.

17 oct. 2009

El asombro de reconocerte

¿No exige el silencio que cantemos?
En soledad nos invita el canto
a escuchar tras de sí
un silencio tan hondo
que apenas se escucha en nuestros actos.

¿No lo oyes, amor?

Es tu propio silencio, que abre un lugar
ante el asombro olvidado
de la azarosa sospecha
que nos convierte en extraños.

Es tu silencio, amor,
tu silencio el que dice,
el que nos hará confiar
en las reglas de un viejo juego,
el que se presta a soñarnos
si, por callar, no somos más
que jugadores cansados
de suponer lo que saben.

Aun así, hablemos otro rato más largo...
Quizá ya nos conozcamos,
así tu silencio sería también esa voz
que yo mismo he inventado.

Pues en el asombro de reconocerte
acaso deje de sentirme un extraño.

16 oct. 2009

Tres renuncias a la soledad







I

¿Cómo puedo reconocerme en ti, si cargas la piedra del dolor por el que nadie se arriesga a llorar las últimas flores de la desolación? Mas contra todos los vientos que arrastran mi brutal soledad, te ofrezco mi palabra. Reconocerse en ella, amor, no es difícil. Sigue hablando para que las infinitas formas que he aprendido de nombrar el mundo te nombren sólo a ti cuando reniegue del silencio que me quitas.


II

Hasta que todos nuestros pensamientos, nuestras miradas y también nuestras voces, tan cambiantes, no sean reconocibles a lo lejos, no estaremos solos, amor: tú y yo en las inmediaciones del crepúsculo más lejano, más allá de las tardes empapadas de azul de la discordia primera.


III

Llévate cuánto quieras de mí. Si un día me llenan tus gestos y alcanzo la verdadera altura de lo que sientes, habré vencido ante mí mismo. Estarás en mí. Y del que fui sólo ha de quedar una comprensiva sonrisa.








14 oct. 2009

Evidencia del silencio

Porque hoy sé que no hay nadie
que sea capaz de escrutar
la larga noche en llamas que me habita,
sé que no podéis suponer el porqué
de estos versos ruidosamente ajenos.

Pues del dolor nos avergonzamos
como de cualquier terrible secreto.

Y hoy guardo para mí
el más oscuro reflejo de mí mismo,
la canción más sombría, el rayo
que sólo puede iluminar la herida
que los años ensanchan con descuido.

Es la sangre que no veis
la más impúdica,
la que ofende por igual
a discretos verdugos
y a cada testigo inútil
que no sabrá nunca lo que ha visto.

Miradme: soy sombra perpetua,
escondida en la mirada gris del mundo.
Para estar aquí y seguir entre la gente,
debo interpretarme a mí mismo
huyendo felizmente de mi propio silencio.

13 oct. 2009

De la fe en los demás






¿Quieres saber qué pasa cuando crees firmemente en la persona equivocada? Pues que poco a poco te conviertes en ese alguien, y así tu ego crece monstruosamente, y entonces te odias a ti mismo por no ser capaz de ser simplemente como eres. Pues todos necesitamos creer en alguien, del mismo modo que necesitamos que alguien crea en nosotros para poder, de ese modo, protagonizar también la vida de esa persona.

Pero tranquilo, no todo es tan malo.

A veces sucede que alguien cree en nosotros pero no siente la necesidad de estar en nuestra piel. Y si la siente, y sin saber muy bien cómo, acaba comportándose como nosotros, puede que en el mejor de los casos se sienta un poco mejor consigo mismo al poder aprender de quien sea que la fe en los demás está a la orden del día, pero que sólo aquellos que tienen la humildad de reconocer que dependen de esa fe, son dignos de la misma durante toda su vida.

12 oct. 2009

No se cansan los astros de dar luz,
ni desiste el cielo de albergar la mañana.

Mas la existencia del amor,
la difícil luz que le nace a dos almas
cuando se enfrentan al morir cotidiano,
no brilla por si sola.

Primero han de encontrarse dos cuerpos.

Y esos cuerpos
no pueden desnudarse de sí mismos:
es lo más difícil.
Porque los cuerpos cantan,
motivan caricias,
se elevan si la noche es clara;
pero no saben existir sin buscarse,
apenas saben amar la soledad.

Por ello tratan siempre de alejarse,
de ocultarse en las duras tareas
que precisan el azar o la muerte.
O de mostrar la prueba más certera
de que es real lo que sienten:
su alma.

Dos cuerpos, por sí solos,
no comprenden que el alma
es la tibia desnudez
a la que no puede llegar el cuerpo.

Pero a fuerza de buscarse
mucho más allá del frío,
hay cuerpos que hallan un último amor.
Y cuerpos que rozan la muerte
con la emoción que los hace mostrarse
como aquello que finalmente son:
el refugio de un sueño infinito,
aun sin una vaga razón que los salve.

Creer o saber

Hubo un día en que juzgaste cierto
el extraño arte de creer que hay algo dentro,
algo que no ha de ser ni esa flor ni la muerte,
que nunca supiste muy bien si era amor
—aunque acaso te pertenezca por siempre
la noche encendida de su silencio primero.

Desde ese día has sabido
que tu mundo es tan sólo el secreto
que has de guardar ante un mundo
más real y más viejo:
aquel en el que algunos se entienden
con la complicidad ancestral
del verdugo y el juez inocente.

Y quizás lo importante
no es saber que algo nuestro
a ratos canta y sufre por dentro.
Eso todos sentimos
desde ese día, casual y corriente,
en el que, porque quisimos creer,
creímos también en nuestro propio reflejo.

Hoy todos sabemos
que algo incierto
a ratos canta y sufre por dentro

Pero prueba a nombrar tu silencio:
que algo de tu mundo propio
sea parte de ese otro mundo
que a nadie pertenece del todo.

Aprende a explicar lo que sientes,
y dime si es más importante saber
o poder decir la verdad en la que crees.

10 oct. 2009

Sobre todos los sueños

Sé de esta única vida
lo mismo que aún sé
sobre este yo fugitivo.

Pensamiento evidente al trasluz
—invisible horror que no entiendo—,
ignoro si soy dueño de aquello
que nace en mi cifra interior,
al margen, tal vez,
de mis propios deseos.

Pues acaso el destino
me ha hecho albergar esa íntima sombra
que graba otro nombre en mi cuerpo.

…Y la ciudad, ese ángel perverso,
me ofrece al callar su canción
de puentes en llamas y altos espejos,
de anónimos juegos secretos,
de hermosas muchachas que huyeron,
con su gran soledad de crepúsculo,
más allá de la luz de mi tiempo.

Sé de esta vida lo mismo que sé
sobre todos los sueños que no se cumplieron.

8 oct. 2009

Qué se le va a hacer, amor…
Si esta vital distancia se vacía,
y, aun así, la lluvia de los años
nos sigue conmoviendo como a niños.

Si igual que ángeles perdidos,
caemos cada noche de la luna.

Es fácil amar un triste sueño,
hasta que algo más te nombra o se me triza
al ritmo de ese último poema
que no hay forma de escribir de nuevo.

A veces pienso que el destino
es sólo la eterna amenaza del silencio,
la sombra de ese río que pasa hacia el olvido
mientras regreso algo más viejo del infierno.

Mudo de esperanzas, me sincero contigo.

Pues para ti reservo la palabra verdadera,
la que todavía no he medido
a fin de hacerla más común
a oídos de la gente que juzga mis secretos.

6 oct. 2009

Contra las veloces aguas del mundo

Porque no me acostumbro
a contemplar cada día
los nuevos detalles,
apenas perceptibles,
que cada día proyectas.
Matices que tú misma percibes
como la única luz visible
de una identidad, la tuya,
tan evidente y tan antigua,
que ya no puedes observar despierta,
pues sólo se te presenta
en lúcidos sueños
que apenas comprendes.

Aun así, yo sólo veo
lo que para ti es
invisible costumbre,
lo que para mí, por ahora,
es tu hermosa permanencia
contra las veloces aguas del mundo.

Así pues, guarda siempre
un poco de tu tiempo para ti misma,
no lo compartas conmigo del todo:
que no me acostumbre nunca
a verte ser quien no sabes que eres.
Que para observar mejor
tu clara luz a través de los años,
aún debo acostumbrarme al que soy
cuando tú misma te sueñas distinta.

5 oct. 2009

Reivindicación de la duda








Sé que lleváis años y años magnificando a vuestros enemigos, todo para justificar esa cómoda indiferencia, esa injusta y triste indiferencia. Lleváis años y años diciendo que el mal no existe, que el enemigo estará siempre dentro de todos y de cada uno, que cada día nos lavan el cerebro, que la publicidad es demasiado engañosa, que la clave está en ser uno mismo, que no es bueno tener enemigos. Que no es bueno tener enemigos. Pues bien, yo os digo: ya tenéis muchos enemigos. Demasiados. Y son todos mucho más débiles de lo que os han hecho creer las consignas del sistema. Yo os digo: estáis aburridos, condenados al aburrimiento eterno, y por ello jugáis a ser las víctimas definitivas de un mundo que quiere devoraros. Porque en verdad quiere devoraros. Quiere extraer hasta la última gota de sangre de vuestra roja voluntad. Quiere veros producir todo lo que se os ha pasado alguna vez por la cabeza. Pero jugáis a ser víctimas de todo eso por puro aburrimiento, por comodidad, por pereza de pensamiento. No, mis queridos amigos, nadie va a venir a salvaros. Cada vez que un líder trata de obedecer a los intereses de una noble mayoría, algo sucede con su vida, algo tan terrible como la implacable verdad que nos han enseñado a todos. Pero la educación no es tan importante como os han hecho pensar. No. Basta con juntarse con gente que no le dé importancia a hechos como la sumisión, para volverse sumiso de una vez por todas. Y si uno se junta con aquellos que no creen en líderes, que tampoco se consideran ellos mismos líderes, ¿qué pasaría? Pues que no habría más sumisión, ni más liderato, ni más masas convencidas de que el individuo está perdido en su seno. ¿Queréis ver individuos en lugar de abstracciones sociales? Yo quiero ver individuos. Quiero ver masas convencidas de que pueden hacer cosas juntas sin dejar de formarse por multitud de individuos inteligentes. Porque somos seres inteligentes. Y los seres inteligentes han de saber que el mal sólo acarrea complicaciones, incluso para los que creen estar por encima de cualquier convencimiento moral.

Entonces, si todo es tan fácil: ¿por qué la sociedad ha de continuar convencida de que, en última instancia, es más débil que aquellos que pretenden manipularla? Yo os digo: porque los que quieren manipularla lo han querido así.






4 oct. 2009

Una vieja diatriba









Los demás creen que soy como quiero ser. Si me da por llorar de puro desconsuelo, lo más probable es que todos piensen: ya está otra vez; es evidente que así, de ese modo tan burdo, trata de conseguir algo de quien sea. Pero eso es falso. Un llanto es siempre un llanto, y no está en manos de nadie el controlarlo. No puede haber ficción, ni intenciones ocultas en la expresión de una emoción súbita, ni en la extraña necesidad de ser totalmente espontáneo. Un llanto es siempre un llanto. E intentar comprender sus razones es del todo inútil.

Actuar de acuerdo a un sentimiento propio, supone también, pues acaso para el alma no haya espejos, actuar ciegamente, como si fuera otro el que al reír o al cantar estuviera mostrándose ante todos los demás, ante todos los que creen que soy siempre como quiero ser.

Lo cierto es que cuando me da por representar directamente la mala función de mis sentimientos, nunca sé si soy yo el que se expone a las miradas indiscretas o si los demás miran más de lo que debieran. Mucho más de lo que les gustaría que les observaran si también ellos estuvieran totalmente desnudos en mitad de un desfile de disfraces.




3 oct. 2009

más allá del mundo

Y llorar de amor, a la intemperie,
arrancar del alma una oración
para un dios que nace del olvido,
que muere, tan solo y tan triste,
en todo lo visible y lo invisible.

Y ser feliz, acaso con cualquier cosa;
pensar siempre que algo pudo ser mejor,
que los días son el hábito sagrado
del que observa las hermosas formas de la luz.

Creer que aún hay tiempo y fuerzas
para amarse con la clara voluntad
del otro más perfecto que no fuimos.

Todo para buscar más allá del mundo
el mundo fugitivo que perdimos, sin saber
que no hace mucho también éramos
dueños de esa realidad que ahora
a ratos añoramos desde un confuso sueño.

Porque ya parece que esta vida
consiste tan solo en anhelar los días
que pasaron siempre raudos,
siempre sin la más mínima conciencia
de habitar, mientras tanto,
el efímero paraíso de lo que no había pasado:
el mismo que ha quedado para siempre
idealizado en mi memoria por su sol lejano.

Vaga estrella que apenas prende cierta luz
en esta noche tranquila, herida sólo
por una íntima nostalgia de otra vida.