26 may. 2008

¿Cuál es el límite del odio?
¿Qué palabra define nuestra muerte?
¿A qué tanto silencio cosificado
emborronando mi conciencia?
He sido testigo del dolor,
artífice de tantísimos poemas
que pretendían remediarlo.
Estoy cansado de observar la noche,
el triste ritmo de la vida, lo imposible.

El límite del odio son tus besos.
La palabra terminará algún día
de tornar memoria mi silencio.
Ojala me sientas escribir, para ti,
los versos definitivos.

24 may. 2008

Hoy el día es otra muerte
que vacila en las estancias del recuerdo.
Sé que tuve un alma y un momento
por los que vivir a ciegas,
sé que tuve un sueño que empezaba
dibujando un espejismo y una nada.
Hoy el día es esta muerte
que consiste en contemplarte a ti,
dolorosa fuente de esperanza,
amor que rompes contra el tiempo,
tal oleaje ciego que insistiera ante un espejo
que no podrá nunca contentarnos.

Lejos estás y lejos te espero.
Como muerte enamorada de la vida,
me enfrento a este delirio inexplicable
para que sepas que te quiero.
Si hoy el día es sólo muerte, amor,
será, tal vez, porque estás lejos.
Y así la vida es un camino inexistente
que avanzara, como un sueño,
hacia las sombras de un tranquilo olvido.

20 may. 2008

Hoy amaneció ayer.

Has de saber que la rabia es mi secreto,
que mi silencio, angustia del olvido,
se ha dormido en la palabra.

Que me duelen nuestros sueños.

¿Soledad, amor?
Soledad es todo,
todo lo que nace y vive dentro,
por eso sé que amar no es mi derecho.

Ese dulce privilegio sólo lo merecen
los que sufren el dolor de otros,
y tú no quieres que te sufra
para que mañana no amanezca
la muerte en las aves de tu aurora.

Hoy amaneció ayer.
Y todavía es pronto para saber
a qué lado de la vida despertaron nuestros sueños.

¿Soledad, amor?
Soledad es la raíz del pensamiento,
mundo sin dolor que nace y vive dentro.
Pero yo te sufro, amor.
Te sufro como esa nostalgia de la vida,
porque puede ser más hermosa la nostalgia
que la vida transitada por costumbre. Te sufro.
Te guardo compasión y rabia.
Y también dolor. Amor. Ternura.

El reino de mis soledades te reservo,
para que mi soledad, de ti
lo aprenda todo.

Hoy amaneció ayer. Así que esperaré
hasta que reanudemos la vida cotidiana
con palabras nuevas de esperanza.
O hasta que esta otra vida impredecible
reanude su curso indiferente hacia el olvido.
Hacia el mismo ayer que ya vivimos.

Abstracto (versión definitiva)


13 may. 2008

Nuestra historia es ya
un tiempo pleno de palabras,
un tiempo impostergable
que reescribe la certeza
de encontrarnos tras un beso.
Corremos junto a la memoria
que copa la mañana de temblores,
nos acercamos
y el día se convierte
en fábula que florece,
mundo de amores jóvenes,
sombra de luz secreta.

Nuestra historia también es viento.
Viento que habla el lenguaje de la noche.
Música sombría, dolor antiguo,
nuestra historia también sueña
con ser sueño solamente.
Hasta que uno de los dos despierta,
el otro no comprende
que el sueño era irreal,
que nuestra historia vence
por ser el tiempo que ganáramos
viviendo frente a la sombra.
Y no hay sombra a la que los dos,
unidos por el cuerpo y la memoria,
no podamos derrotar
con palabras de derrota.
No hay sombra entre nosotros
que no se extinga tras nombrar
la verdad de nuestra sombra.

7 may. 2008

Porque faltas allí donde tus huellas
quedaron impresas sobre el alma,
el tiempo es la semilla del regreso
que siembro porque faltas.
Y te adivino, en horas de nostalgia,
pensando en todos los olvidos
que enmienda la palabra.

Es esta ausencia
el día descifrado en soledades.
Que cae la sombra, como nieve impura,
sobre el día azul que cae
hacia una noche cerrada.
Te veo en mis palabras, discernida,
como un sueño que se alarga
porque es sueño en el que el cuerpo
encuentra las razones de su alma.

Veo en mis palabras el recuerdo
del sentido que obrase en nuestro tiempo.

Y veo en el silencio cada olvido,
la ausencia que se agranda
si tu voz falta a mi ausencia.

4 may. 2008

Con la premura viva de nacer
más allá de hogar alguno,
esta habitación se convierte
en escenario de la función
que represento por derecho,
solo, a solas con el sueño
de empezar de nuevo,
lejos de lo que ya sé,
olvido que no soy,
ni seré nunca
lo que sueño.

Y así, como afirmó Auden,
reincido en mis crímenes,
me convierto en víctima voluntaria
de un juego que jamás tuvo ganadores,
pues todo consiste en perder
esta noción adquirida del peso
que ha cobrado el negro sedimento,
la verdad de mis errores.

Sueño. Mas sueño sin libertades.
Busco ingenuamente, en mi estancia,
el tiempo artificial de lo dictado.
Y así, entiendo que mi sueño estriba
en ser aquello que otros han soñado.
De ese modo,
soñar se vuelve vergonzoso,
por ser otro viejo modo
de apaciguar el común deseo
de ser único ante los otros.

(Hay que dejar de soñar para salir al mundo.)

Algo, tal vez el silencio,
me hace suponer
que el sistema participa también
de esta compleja agonía,
de esta muerte viva y sin duelo.

Sueños propios y ajenos
para vender la miseria.
Para encontrarse a salvo y adentro.
Para ser feliz en este mundo incierto.

3 may. 2008

Ciertas horas se escriben
de un modo frío e inexacto.
Confusa es la forma de luchar
contra un pensamiento extraño,
y casi me avergüenza esta rabia,
este delirio simulado
que acaba siempre con un acto
totalmente inusual,
pero, tal vez,
anhelado.

Un gesto sombrío,
una mirada huraña.
Una forma de enterrar la palabra
bajo un montón de sombras,
se trata, sólo y precisamente,
de ese malestar por nada,
de esa furia secreta que conjuga
el vidrio resquebrajado de los días
y el sueño incontrolable del cansancio.
Por más que me paro a analizar
los motivos de este turbio enfado,
sólo encuentro la irreprochable verdad,
el motivo más que claro:
soy quien soy. Y eso es lo raro.

No debería haber secreto,
ni embuste, ni desengaño.
No hay fingimiento alguno
en mi rechazo por el mundo.
Mas el mundo me acoge,
justamente, en esos ratos
en los que así me desplazo
un instante hacia mí mismo,
hacia el consciente fracaso
que me conduce al vacío.

¿Por qué?
¿Qué batalla es esta?
¿Qué juego infantil
en contra del desencanto?
Acaso las máscaras que he empleado
han cobrado vida y retuercen
este corazón aciago,
y ahora me atormenta
ser, para los demás,
mi propio esclavo.

La marioneta tenaz que la muerte
manejase con amoroso tacto.