31 dic. 2007

Un día me preguntarás,
tal vez mañana temprano
-incluso antes de entenderme-
por qué creeré firmemente,
aunque pasen los años,
en tu tristeza desnuda.

Por qué te hablo desde la noche
en busca de una clara respuesta
cada vez más oscura.
Por qué te quiero incondicionalmente
cada vez que aflora el llanto
desde la oquedad de tu vientre.

La razón es sencilla:
presta atención a la gente.
Verás que no hay nadie en el mundo
que sea capaz de fingir
el modo en que todo se pierde,
ni el ruido infinito del tiempo,
ni la sombra que todo lo puede.

Verás que algunos se ofrecen,
a fin de evadirse mintiendo,
a ganar la alegría que otros
abarcan desde un hondo secreto.

Mas la tristeza nos lleva a lo cierto,
a la verdad simple y última
de no poder guarecernos
en nuestro propio silencio.

La tristeza no puede fingirse.
Por más que esta otorgue
un sentido completo
a la verdad de estar vivo,
nadie sabría, ni querría fingir
el mal que nos hace imperfectos.

Retrato de una filosofía abstracta


27 dic. 2007

Confórmate con esa vida
que guardas en el recuerdo.

La memoria es sombra pura,
atajo que un abismo recupera
en pos de otro presente.

Pero aunque la sombra prevalezca,
siempre contendrá algún momento
que la nostalgia perfeccione
cuando el mundo se detenga.

Recuerda, tú que has pisado la luz,
que has habitado la alegría ciega
de estar debidamente agradecido;
recuerda que los años corroboran
el sitio que a la luz le corresponde.

El tiempo agota la creencia
de vivir acorde a un sueño.

Confórmate, pues, con la vida
que guardas en el recuerdo:
la infancia inacabada,
el gesto de aquel beso.

El día en que empezaste
lo que por ti ya estaba hecho.

Si no quieres ser lo que ya eres
-esclavo de secretos sueños
dictados por lo imposible-
confórmate con esta vida.

La vida irresoluta
que guarda el dulce cáliz
de todos tus recuerdos.

25 dic. 2007

A ti, otra vez, porque no estás sola...




Sé que entre nosotros
aún queda un poema,
una estancia para la tarde,
un verbo para extinguir el dolor,
paciente e inconcluso,
que lo dirá todo.

Todo lo que nos queda por decir
se filtra por entre las rendijas
anaranjadas del deseo.
Todo lo que nos queda por decir
nos quita la palabra desde el aire
y nos devuelve un día de más,
un espejo de menos.
Un invierno sin lluvias ni molinos,
sin cantos ni promesas. Sin abrigo.

Sé que el poema que queda entre nosotros,
incierto como un niño que dormita
en la blanca bañera de agua fría
con las blancas yemas arrugadas,
nos espera al alba
con sus versos trémulos de piedra,
sus esquinas de sol y su indulgencia
inexplorada como un sueño sin testigos.

El poema que queda entre nosotros
se escribe si escuchamos la marea
rompiendo contra el día.
Tu voz frente a mi voz,
mi voz frente a la tuya
reescriben la memoria de las noches
en que éramos ajenos a nosotros,
ajenos al poema
que escribe poco a poco
esta lucha contra la inconsciencia,
este delirio de verdades
que ganamos frente al tiempo
para no estar solos.

23 dic. 2007








Hablemos de la vida,
de la juventud que duerme
impertérrita y doliente
en su negro asilo de excepción.
Hablemos sin saber,
como hablan aquellos charlatanes
que saben ser felices
hablando.

Aunque ya no quede por decir
más que la última palabra,
hablemos del dolor y la inocencia
que invaden el silencio interpretado.
Hablemos hasta recordar el amor:
el lacónico canto del niño exhausto
que vino a morir en tus brazos.

Quién se sirviera de tus besos
como el amante maldito se sirviera
de la sombra amada de otro cuerpo.
Como la desnudez del extraño
se sirviera de la confianza común
hasta apresurar el llanto.

Hasta llenar un instante árido
hablando con tristeza del pasado.









Foto: Retrato de mi madre (Juventud)

22 dic. 2007






Y bajar a los infiernos, morir
para merecer los amores
de una mujer compasiva.
Y huir. Huir de la luz
hasta sentir añorar el día
en lo más hondo de la carne ciega.

Y morir cuando la noche llega,
y olvidar cuando el amor comienza.

Y sentir hasta sangrar,
y sangrar hasta vivir.

Y desnudar el alma muerta
para que renazcan las palabras
desde las sombras del silencio
hasta el último beso intenso.

Y bajar a los infiernos -morir o renacer-
para ser digno de toda la belleza
que pasa desapercibida
dentro.


21 dic. 2007

Poética








Alzando teorías me alejo de la vida.
Reduzco el cuerpo de la flor
a una triste aproximación
que bien podría ser mentira.
Quisiera el pensamiento percibir
la esencia fértil del silencio
que habita el alma de las cosas.

Pero yo quisiera poder nombrarte a ti,
que tú fueras el nombre que te invoca.

19 dic. 2007

Sin título


Bailemos

Bailemos al amanecer lo que dura un beso.
Que somos testigos de excepción
y viejos admiradores secretos,
hijos de la más profunda tristeza
y favoritos de este fuego eterno
que se extingue lentamente.
Los continentes, el tiempo, la tragedia
no deberían importarnos a nosotros,
que sabemos que esta música inaudible
nace en el vacío que soporta el corazón.
Bailemos, bailemos… Al amanecer,
como graciosas marionetas del deseo
entre las ruinas de la noche; amando…
Amando bailemos, soñando la alegría.
Qué importa el orden de este mundo
o el frío vuelo de todos los aviones.

Qué importa la calle del olvido
si ya hemos sido tan pacientes
que alcanzamos a postergar el comienzo.

Bailemos al amanecer lo que dura un beso.
Lo que dura un beso en la distancia,
aunque nada pueda ser eterno.

18 dic. 2007






Son los últimos silencios de la tarde.
Se demora lento en las ventanas
un triste pájaro que sueña febril
con los límites del cielo.

Roza el invierno mi mirada,
acecha la verdad en el horizonte.
Se presiente el verso en la palabra
igual que un cataclismo en los colores.
Recuerdo el timbre exacto de tu voz,
el tono en que me hablabas sonriendo
al comenzar de nuevo esta extraña tarde.
Tu voz en el teléfono se alarga, resplandece,
contribuye a que me pierda en los sonidos
que emite diariamente la distancia.

La distancia,
ese conjuro del presente
que nos ata y nos aleja
de un modo imprevisible
a las palabras.

Y ya la tarde termina,
son sus últimos silencios.
Las palabras -las voces y los ecos-
se funden en una leve música.
Ya la tarde termina.

La soledad sólo concierne al extraño.

17 dic. 2007

Ayer ardieron los retazos
del tejido que es la vida.
Nada queda de la fábula funesta
que escribieron por nosotros,
forzados comensales en la mesa
donde se sirvió la falacia
de la vieja hipocresía.

Ayer quemamos la madeja
de nuestras complejas relaciones sociales.

Por eso
quiero ver la luz del nuevo día
deslizándose como un susurro perezoso
por la quietud de tu rostro.
Por eso,
porque ayer arrojamos sobre esa misma luz
la materia superflua de nuestros ciegos actos.

Ya sólo nos queda lo que somos.
Entraré a mediodía en tu cama
y lloraré una lágrima secreta,
y creeré, acaso porque estás conmigo,
que aún me amas como a un niño.
Porque no basta el ser lo que somos,
aunque lo demás sea el falso exceso
que nos conduciría a una muerte fingida.

15 dic. 2007

Tal vez me buscabas desnuda,
como yo a mi sombra buscaba
desnudo entre la multitud despavorida.
Tal vez tu sombra callada ha arrastrado
el peso invisible, la huella olvidada
de un segundo infinito,
de una estancia en la nada.
Tal vez y sólo tal vez,
aún quede otra forma sencilla
de atar el calor de mi sangre
al frío temblor de tu silencio mudo:
esa triste guarida, sombra anegada
tras los ruidos secretos
del alma que ha huido.

Sólo tal vez, porque un día,
un solsticio cualquiera,
una aurora distante
acalló la tenue voz del poema
dejando apenas la duda de un todo,
una página en blanco,
una herrumbre de luz intranquila
que se bifurcará despacio
en las lluvias del tiempo.

Tal vez. Y digo tal vez.
Porque los grises recodos,
pasos tardíos, ecos errantes,
que muestra este verbo angustiado,
esconden también tras su fondo
mi triste guarida, mi voz anegada:
la desolada memoria del llanto.

13 dic. 2007








Hace tiempo –quizás años-
que escondo en mis valijas
el naipe extraviado
de cierta partida imposible.
Jugué, como corresponde al aciago,
el mal juego que el destino
le reserva a quienes han perdido
la razón de sus pasos.
El azar, compañero maldito, tirano
que rara vez entibia los anhelos
del hombre encolerizado,
observó en mis cartas el signo
trazado de mi ancestral fracaso.
Como corresponde al aciago,
presenté con calma una excusa.
La razón, perdida de antemano,
atribuí a un falso cansancio:
- he de irme. Para mí es tarde…
Y el amor no sabe de retrasos.

Sé, como corresponde al jugador insano,
que la partida debe decidirse despacio,
descartando el último naipe marcado.
El naipe extraviado que algún día
el destino y la mentira
querrán jugarse conmigo
para concluir su fatal llamado.


No sé cómo el amor, ese destello,
se borra de nosotros, los voraces;
apenas una esquina, un vericueto,
nos tuerce los silencios,
robándonos las paces.
Tampoco sé cómo la sangre
altera derrota por derrota,
ni besos rotos en la tarde.
Los nombres claves:
el dolor,
la falsa hora,
el nuevo viaje.
No sé si vengo de la sombra,
ese elemento oculto en el poema
que calla lo que sabe,
que sabe y nos controla
desde tus blandos pasos de amapola
hasta la curva abierta de mi espalda.
Así pues, me limito a decir
con incierta saña enamorada:
este es nuestro amor,
bailemos al ritmo de sus horas.
Su tibia sangre empapa
los rojos horizontes
de roja sombra consumada.

Gracias, mi lejana musa, por las correciones y por todo lo demás...

6 dic. 2007

Cuando te vayas, cuando te hayas ido,
definitivamente, de todo pensamiento,
del espacio vacuo que preservo
contra todo lo que pienso.

Cuando no estés,
siquiera en los silencios
que fuerzo por tu ausencia.
Siquiera tras tu ausencia.

Cuando te hayas ido, definitivamente,
de donde no estuviste, perenne,
despierta más que en sueños.
De donde no estuviste
más que huyendo de tu nombre,
más que amando -amor incierto-
la tierna brisa del momento.
De donde no estuviste
habré de regresar, mintiendo,
seguro acaso de salvar
la sombra del paisaje muerto,
que desde ayer, te ofrezco.

1 dic. 2007

máscara (versión definitiva)


La noche y tu rostro


Para ti, que guías algo más que la noche


Todavía conozco mejor la noche
poblada por soñadores huérfanos,
que tropiezan contra el insomnio.
La noche ha sido el reino que perdí
por derrochar, a solas,
tantas madrugadas fúnebres.
He recorrido sus sombras infinitas,
en busca de un rostro como el tuyo.
Mas, todavía, conozco mejor la noche
que la cifra inexplicable de tu rostro.