29 jul. 2007

Pasa el sol primero sobre el terrible rostro opaco,
que mi viejo amigo ya se obstina en ocultar,
porque la noche ha sido como un viaje,
un viaje lleno de oscuras tardanzas,
pesadas reminiscencias, y juegos,
salvajes como enredaderas arrancadas al azar.
Me pregunto de qué habrá servido, qué propósito,
si es que hubo alguno, se diría que ha tenido
el pasar la noche entera asustando a las damas,
tratando de parecer, como cada noche agotada,
el más febril, el más aciago de los hombres febriles.
Porque la noche ha pasado como un rayo violentísimo,
para iluminar el entierro de estas almas,
las cuales no se han saciado aún
como el viejo buda se saciara,
ahondando cada noche en la oscura noche oscura
hasta extraer su mal de sí. Hasta purificarse.
Lo cierto es que una noche en esta ciudad indigna
puede costarte el amor o la vergüenza.
Y aunque ninguna de ambas cosas importe demasiado
he dejado de beber, de parecer el más aciago,
de asustar a las damas con mi ostentada hombría.

Ahora sólo quiero que me dejen en paz,
que me dejen contemplar en paz el rostro de mi amigo
mientras el sol mortifica su embriagada angustia.
Ahora él merece todos mis respetos
por haber continuado con los ritos de la noche
hasta la inesperada salida del sol,
merece que le sonrían tranquilamente;
porque la noche ha sido como un viaje
del que él tendrá que regresar solo.

Ensayo en Movimiento (II)


25 jul. 2007

Mientras los necios sobreviven al amor y al desastre,
y tú hablas del precio del progreso y un animal cautivo,
de ademanes infinitamente tristes, te sonríe con ternura;
mientras todo pasa y envejece y un beso es un enigma,
que no cabe más que en la noche hacia tu frente,
mientras tu renaces y yo pienso en la otra vida
es posible que hayan sucedido cosas casi inevitables.
Porque sólo está escrito lo pasado
y lo pasado sólo dicta lo que es viejo.
Porque mientras tú sueñas y olvidas,
es posible que esté próximo el momento.






Mi vida es el mudo soliloquio de la sangre. Soy emisario de la perversión que la palabra engendra en los espíritus soñadores. Tú eres testigo. Soy sangre. Escribo para salvarme de mí mismo y de mi vergonzosa incapacidad para consumar la venganza. Escribo para todos los grandes espíritus soñadores que, castrados por la necesidad más profunda, se amotinan contra los de su especie durante la sombría madrugada. Escúchame ahora. Tú y yo hemos amado siempre el poder de la belleza, el dulce susurro del abocamiento poético. Porque ambos sabemos que conduce a lo que hay más allá, a lo que no puede verse y de antemano sabemos restringido a la locura. La belleza envilecería hasta al ser más puro si no fuera porque éste ya porta dicho mal en su interior; lo acaricia levemente cuando la tristeza pinta su corazón de colores marchitos. Pero escucha…. He oído decir que también la belleza ha muerto a manos de un honrado poeta. Se trata sin duda de un crimen pasional, pues un poeta jamás haría tal cosa. Es posible que en su fascinación llegase a considerar que la belleza sería aún más resplandeciente si estuviera muerta. Piénsalo… Estando muerta, la belleza alcanzaría al fin la perfección, del mismo modo que sólo las imágenes que perduran en la memoria son perfectas. Piénsalo. Porque si la belleza aún no ha muerto es posible que la mate yo mismo.

23 jul. 2007

He aquí la moneda tibia;
el precio, que aprendido,
es igual a todo lo que es nuestro.
Aunque imitemos a los vencedores,
tú y yo caeremos
desde la cima inmortal
hasta que duden de nosotros.

El precio es la verdad.
Pero aunque compremos el amor
yo prefiero pensar en lo sucedido.

Atardecer con árbol (retocado)



"Atardecer con árbol"

12 jul. 2007

Se apresura el germen impaciente de los días.
Los libros comprendidos, los gestos detallados,
la lujuria corrompida por extraños pesares,
las frías pinturas, que adornan lo vacío,
los nombres olvidados por un bien abstracto.
Las canciones feroces, los halagos, la inocencia…
La burda ingenuidad de creernos felices.
El canto conmovido de lo que la noche encierra,
el amor enemistado, su compleja paciencia,
la franqueza imposible, el destino anhelado.

Busca por ti mismo el sentido a estas cosas,
insiste, en lo que tu corazón consienta,
por amar la ruidosa prosperidad del mundo.
Mas no te convenzas nunca en tu contra;
no permitas que el mundo tanto te influya
hasta hacerte pensar que todo funciona.

Observa los densos matices del alba,
ten por maestra a tu luz y a tu sombra.
Ama la ruidosa prosperidad del mundo
creyendo que el amor todo lo torna.

Porque se apresura, lentamente,
el germen impaciente de los días futuros,
en que no seremos ya sino esta común historia.

11 jul. 2007

Ética y Estética (II)






En todas las cosas que creí bellas está implícita la muerte. Para que el sol brille al amanecer, haciéndonos creer que el mundo está sujeto a la belleza, es necesario que algo muera con delicada resistencia, que un sentimiento distante se apague lentamente mientras la muerte presta su caricia al alma. Es necesario suponer que el mundo es el estado de ánimo que el corazón inventa, y así, observar como las bestias se guarecen en su propia inconsciencia a fin de no temerle al sórdido vacío de la noche. Porque la noche, con su búsqueda hacia lo perdido, le devuelva al hombre su concepción de esa sustancia redentora que es la belleza, que no es nunca un ideal, pues los ideales sólo los conciben las ansias inmortales de los corazones que tratan de perdurar sobre la sangre. Dioses conscientes del tiempo que les queda, los idealistas se aferran a una perfección que saben imposible. Y la belleza sólo es posible renunciando a lo que hay de imposible en el deseo de belleza. Ese juego del alma predilecta; abandonar lo esencial para que lo esencial busque su sitio en los sentidos, hace del ideal una ilusión que se expande en tanto que se aleja. Pues un ideal de perfección no puede ser percibido a menos que renunciemos a éste. Así, poco a poco, éste irá revelando su propia verdad al individuo que tanto ha deseado experimentar dicha perfección, que no es nunca tal y como podría imaginarla.

5 jul. 2007








Van pasando los días, atardeceres contados,
pasan dejando al alma su tranquila lejanía.
El río refleja su misteriosa tristeza dorada,
transformada en luz por lo sagrado,
revuelve al alma herida por los días
en que el amor fuera el reverso de la nada.
De todo aquello queda apenas el legado
que es pensar que el río acaso volvería.
Pasan días, mientras pasa el mismo río,
caudal de espejos engañosos, profecía:
si han de retroceder las aguas presurosas,
que vuelvan para mostrar el tiempo dado.

Si nada nos conforta, si así pasan los días,
que al menos borren estas aguas caudalosas
la idea de vivir según lo ya dictado.


4 jul. 2007

Si te hablara de mí con tímida sencillez,
igual que hablan los jóvenes enamorados,
cada palabra interpretada en su tibio sentido
contendría un extraño matiz amargo de tristeza.
Y si quisiera partir lejos de aquí, lejos contigo,
de igual manera que dos jóvenes enamorados,
el viaje culminaría el mismo día grisáceo
en que ya no supiéramos decidir soñando
quién o qué somos cuando amamos.

Este pudoroso silencio contiene la verdad,
la verdad de un tiempo acaecido esperando
en un jardín de soles y cipreses.

Lo pasado, pasado está.

Pero en estos días faltos de misericordia,
el amor nos mira con ojos huraños,
haciendo que ciertas heridas sean
la enseñanza más cruel que no olvidamos.

Y así, si quisiéramos hablar de nuevo,
y sentir como dos jóvenes enamorados,
hablaríamos el lenguaje de las sombras,
usaríamos las manidas palabras del cansancio.

Lo pasado, pasado está. Hasta el amor y el daño.